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331 SPA Introduccin a los Estudios Literarios Primavera, 2008 Dr. Agustn Boyer 1 ndice: Mdulo I: Aproximacin al Cuento Hispanoamericano Introduccin al Curso Gregorio Lpez y Fuentes (Mxico, 1897-1967), Una carta a Dios ( Cuentos campesinos de Mxico, 1940) Primera Unidad (Introduccin al cuento): Don Juan Manuel (Espaa, 1282-1349?), Lo que sucedi a un mozo que cas con una muchacha de muy mal carcter, (El conde Lucanor (1335) [Aprox. 41-45] Segunda Unidad (El Cuento Hispanoamericano): Ricardo Palma (Per, 1833-1919), La camisa de Margarita, Tradiciones peruanas. [Aprox. 45-49] Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937), El hombre muerto, Los desterrados, 1926. Hernando Tllez (Colombia , 1908-1966), Espuma y nada ms, Cenizas para el viento y otras historias, 1950. Gabriel Garca Mrquez (Colombia, 1928-), La siesta del martes, Los funerales de la Mam Grande, 1962. Juan Rulfo (Mxico, 1918-1986), No oyes ladrar los perros, El llano en llamas, 1953. [Aprox. 68-72] Julio Cortzar (Argentina, 1914-1984), La noche boca arriba, Final del Juego, 1964. [Aprox. 59-65] Luisa Valenzuela (Argentina, 1938-), De noche soy tu caballo, Cambio de armas, 1982. Sabine Ulibarri (Nuevo Mxico, 1919-2003), Mi caballo mago, Tierra Amarilla: Cuentos de Nuevo Mxico, 1964 Ana Lydia Vega (Puerto Rico, 1946-), Pollito Chicken. Vrgenes y mrtires, 1977. Mdulo II: Aproximacin a la Poesa Poesa medieval (Siglos XIII-XV) [Cfr. Aprox. pp. 147-49; 160-62] Introduccin: Jarchas, Alfonso X y la poesa gallego-portuguesa, Poema de Mio Cid, Mester de clereca: Gonzalo de Berceo; Cancionero y Romancero; Jorge Manrique Tema: Caractersticas de la cosmovisin medieval. La alegora. 2 Anlisis: Romances: En Santa Gadea de Burgos, El enamorado y la Muerte y El prisionero. Coplas: Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. Poesa de los Siglos de Oro (Siglos XVI y XVII) [Cfr. Aprox. pp. 149-50; 162-79] Introduccin: Garcilaso de la Vega; Fray Luis de Len, Santa Teresa de Jess y San Juan de la Cruz; Luis de Gngora, Lope de Vega y Francisco de Quevedo; Sor Juana Ins de la Cruz Temas: Caractersticas de la cosmovisn renacentista y barroca. Anlisis: Sonetos: En tanto que de rosa y azucena, Mientras por competir con tu cabello, Rosa divina que en gentil cultural, En perseguirme, Mundo, qu interesas? y Este que ves, engao colorido. Letrilla: Que se nos va la pascua mozas El romanticismo (Siglo XIX) [Cfr. Aprox. pp. 151-52; 180-89] Introduccin: Jos de Espronceda , Gustavo Adolfo Bcquer, Gertrudis Gmez de Avellaneda Temas: Caractersticas de la cosmovisin romntica Anlisis: Cancin del pirata y Volvern las oscuras golondrinas La potica modernista y postmodernista (Siglos XIX-XX) [Cfr. Aprox. pp. 152-59; 190-205] Introduccin: Rubn Dario (Nicaragua, 1867-1916); Antonio Machado (Espaa, 1875-1939); Juan Ramn Jimnez (Espaa, 1881-1958); Juana de Ibarbourou (Uruguay, 1895-1979); Alfonsina Storni (Argentina, 1892-1938); Gabriela Mistral (Chile, 1885-1957) Temas: Caractersticas de la cosmovisin modernista Anlisis: Sonatina, Vino primero pura, Meciendo y Al olmo viejo La potica vanguardista y posmoderna (Siglo XX-XXI) [Cfr. Aprox. pp. 154-57; 20536] Temas: Caractersticas de la cosmovisin posmodernista Las vanguardias (los ismos) El compromiso social Introduccin: Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948); Federico Garca Lorca (Espaa, 1898-1936), Octavio Paz (Mxico, 1914-1998); Pablo Neruda (Chile, 1904-1973), Miguel Hernndez (Espaa 1910-1942); Gabriel Celaya (Espaa, 1911-1991) Nuevos temas poticos: Luis Pals Matos (Puerto Rico 1898-1959), Nicols Guilln (Cuba 1902-1989), Nancy Morejn (Cuba, 1944-), Gloria Fuertes (Madrid 1917-98), Daisy Zamora (Nicaragua, 1950), Gina Valds (USA, 1943-), Francisco Zamora (Guinea Ecuatorial, 1948-); Luis Antonio de Villena (Espaa, 1951-), Luis Garca Montero (Espaa, 1958-) ANTOLOGA DE CUENTOS 3 INTRODUCCIN AL CUENTO Una Carta a Dios, Cuentos campesinos de Mxico, 1940. Gregorio Lpez y Fuentes (Mxico, 1897-1967) La casa--nica en todo el valle--estaba subida en uno de esos cerros truncados que, a manera de pirmides rudimentarias, dejaron algunas tribus al continuar sus peregrinaciones... Entre las matas del maz, el frijol con su florecilla morada, promesa inequvoca de una buena cosecha. Lo nico que estaba haciendo falta a la tierra era una lluvia, cuando menos un fuerte aguacero, de esos que forman charcos entre los surcos. Dudar de que llovera hubiera sido lo mismo que dejar de creer en la experiencia de quienes, por tradicin, ensearon a sembrar en determinado da del ao. Durante la maana, Lencho--conocedor del campo, apegado a las viejas costumbres y creyente a puo cerrado--no haba hecho ms que examinar el cielo por el rumbo del noreste. --Ahora s que se viene el agua, vieja. Y la vieja, que preparaba la comida, le respondi: --Dios lo quiera. Los muchachos ms grandes limpiaban de hierba la siembra, mientras que los ms pequeos correteaban cerca de la casa, hasta que la mujer les grit a todos: --Vengan que les voy a dar en la boca... Fue en el curso de la comida cuando, como lo haba asegurado Lencho, comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia. Por el noreste se vean avanzar grandes montaas de nubes. El aire ola a jarro nuevo. --Hagan la cuenta, muchachos--exclamaba el hombre mientras senta la fruicin de mojarse con el pretexto de recoger algunos enseres olvidados sobre una cerca de 4 piedra--, que no son gotas de agua las que estn cayendo: son monedas nuevas: las gotas grandes son de a diez y las gotas chicas son de a cinco... Y dejaba pasear sus ojos satisfechos por la milpa a punto de jilotear, adornada con las hileras frondosas de frijol, y entonces toda ella cubierta por la transparente cortina de la lluvia. Pero, de pronto, comenz a soplar un fuerte viento y con las gotas de agua comenzaron a caer granizos tan grandes como bellotas. Eso s que parecan monedas de plata nueva. Los muchachos, exponindose a la lluvia, correteaban y recogan las perlas heladas de mayor tamao. --Eso s que est muy mal--exclamaba mortificado el hombre--; ojal que pase pronto... No pas pronto. Durante una hora, el granizo apedre la casa, la huerta, el monte, la milpa y todo el valle. El campo estaba tan blanco que pareca una salina. Los rboles, deshojados. El maz, hecho pedazos. El frijol, sin una flor. Lencho, con el alma llena de tribulaciones. pasada la tormenta, en medio de los surcos, deca a sus hijos: --Ms hubiera dejado una nube de langosta... El granizo no ha dejado nada: ni una sola mata de maz dar una mazorca, ni una mata de frijol dar una vaina... La noche fue de lamentaciones: --Todo nuestro trabajo perdido! --Y ni a quin acudir! --Este ao pasaremos hambre... Pero muy en el fondo espiritual de cuantos convivan bajo aquella casa solitaria en mitad del valle, haba una esperanza: la ayuda de Dios. --No te mortifiques tanto, aunque el mal es muy grande. Recuerda que nadie se muere de hambre! --Eso dicen: nadie se muere de hambre... Y mientras llegaba el amanecer, Lencho pens mucho en lo que haba visto en la iglesia del pueblo los domingos: un tringulo y dentro del tringulo un ojo, un ojo que pareca muy grande, un ojo que, segn le haban explicado, lo mira todo, hasta lo que est en el fondo de las conciencias. 5 Lencho era hombre rudo y l mismo sola decir que el campo embrutece, pero no lo era tanto que no supiera escribir. Ya con la luz del da y aprovechando la circunstancia de que era domingo, despus de haberse afirmado en su idea de que s hay quien vele por todos, se puso a escribir una carta que l mismo llevara al pueblo para echarla al correo. Era nada menos que una carta a Dios. Dios--escribi--, si no me ayudas pasar hambre con todos los mos, durante este ao: necesito cien pesos para volver a sembrar y vivir mientras viene la otra cosecha, pues el granizo... Rotul el sobre A Dios, meti el pliego y, an preocupado, se dirigi al pueblo. Ya en la oficina de correos, le puso un timbre a la carta y ech sta en el buzn. Un empleado, que era cartero y todo en la oficina de correos, lleg riendo con toda la boca ante su jefe: le mostraba nada menos que la carta dirigida a Dios. Nunca en su existencia de repartidor haba conocido ese domicilio. El jefe de la oficina--gordo y bonachn--tambin se puso a rer, pero bien pronto se le pleg el entrecejo y, mientras daba golpecitos en su mesa con la carta, comentaba: --La fe! Quien tuviera la fe de quien escribi esta carta! Creer como l cree! Esperar con la confianza con que l sabe esperar! Sostener correspondencia con Dios Y, para no defraudar aquel tesoro de fe, descubierto a travs de una carta que no poda ser entregada, el jefe postal concibi una idea: contestar la carta. Pero una vez abierta, se vio que contestar necesitaba algo ms que buena voluntad, tinta y papel. No por ello se dio por vencido: exigi a su empleado una ddiva, l puso parte de su sueldo y a varias personas les pidi su bolo para una obra padosa . Fue imposible para l reunir los cien pesos solicitados por Lencho, y se conform con enviar al campesino cuando menos lo que haba reunido: algo ms que la mitad. Puso los billetes en un sobre dirigido a Lencho y con ellos un pliego que no tena ms que una palabra, a manera de firma: DIOS. Al siguiente domingo Lencho lleg a preguntar, ms temprano que de costumbre, si haba alguna carta para l. Fue el mismo repartidor quien le hizo entrega de la carta, mientras que el jefe, con la alegra de quien ha hecho una buena accin, espiaba a travs de un vidrio raspado, desde su despacho. 6 Lencho no mostr la menor sorpresa al ver los billetes--tanta era su seguridad--, pero hizo un gesto de clera al contar el dinero...Dios no poda haberse equivocado, ni negar lo que se le haba pedido! Inmediatamente, Lencho se acerc a la ventanilla para pedir papel y tinta. En la mesa destinada al pblico, se puso a escribir, arrugando mucho la frente a causa del esfuerzo que haca para dar forma legible a sus ideas. Al terminar, fue a pedir un timbre el caul moj con la lengua y luego asegur de un puetazo. En cuanto la carta cay al buzn, el jefe de correos fue a recogerla. Deca: Dios: Del dinero que te ped, slo llegaron a mis manos sesenta pesos. Mndame el resto, que me hace mucha falta; pero no me lo mandes por conducto de la oficina de correos, porque los empleados son muy ladrones. Lencho. 7 Lo que sucedi a un mozo que se cas con una moza de muy mal carcter (El Conde Lucanor, 1335) del Infante don Juan Manuel (Espaa, 1282-1349) Otra vez, hablando el conde Lucanor con Patronio, su consejero, djole as: -Patronio, uno de mis deudos me ha dicho que le estn tratando de casar con una mujer muy rica y ms noble que 1, y que este casamiento le convendra mucho si no fuera porque le aseguran que es la mujer de peor carcter que hay en el mundo. Os ruego que me digis si he de aconsejarle que se case con ella, conociendo su genio, o si habr de aconsejarle que no lo haga. --Seor conde--respondi Patronio--, Si l es capaz de hacer lo que hizo un mancebo moro, aconsejadle que se case con ella; si no lo es, no se lo aconsejis. El conde le rog que le refiriera qu haba hecho aquel moro. Patronio le dijo que en un pueblo haba un hombre honrado que tena un hijo que era muy bueno, pero que no tena dinero para vivir como l deseaba. Por ello andaba el mancebo muy preocupado, pues tena el querer, pero no el poder. En aquel mismo pueblo haba otro vecino ms importante y rico que su padre, que tena una sola hija, que era muy contraria del mozo, pues todo lo que ste tena de buen carcter, lo tena ella de malo, por lo que nadie quera casarse con aquel demonio. Aquel mozo tan bueno vino un da a su padre y le dijo que bien saba que el no era tan rico que pudiera dejarle con qu vivir decentemente, y que, pues tena que pasar miserias o irse de all, haba pensado, con su beneplcito, buscarse algn partido con que poder salir de pobreza. El padre le respondi que le agradara mucho que pudiera hallar algn partido que le conviniera. Entonces le dijo el mancebo que, si l quera, podra pedirle a aquel honrado vecino su hija. Cuando el padre lo oy se asombr mucho y le pregunt que cmo se le haba ocurrido una cosa as, que no haba nadie que la conociera que, por pobre que fuese, se quisiera casar con ella. Pidile el hijo, como un favor, que le tratara aquel casamiento. Tanto le rog que, aunque el padre lo encontraba muy raro, le dijo lo hara. Fuese en seguida a ver a su vecino, que era muy amigo suyo, y le dijo lo que el mancebo le haba pedido, y le rog que, pues se atreva a casar con 8 su hija, accediera a ello. Cuando el otro oy la peticin le contest dicindole: --Por Dios, amigo, que si yo hiciera esto os hara a vos muy flaco servicio, pues vos tenis un hijo muy bueno y yo cometera una maldad muy grande si permitiera su desgracia o su muerte, pues estoy seguro que si se casa con mi hija, sta le matar o le har pasar una vida mucho peor que la muerte. Y no creis que os digo esto por desairaros, pues, si os empeis, yo tendr mucho gusto en darla a vuestro hijo o a cualquier otro que la saque de casa. El padre del mancebo le dijo que le agradeca mucho lo que le deca y que, pues su hijo quera casarse con ella, le tomaba la palabra. Se celebr la boda y llevaron a la novia a casa del marido. Los moros tienen la costumbre de prepararles la cena a los novios, ponerles la mesa y dejarlos solos en su casa hasta el da siguiente. As lo hicieron, pero estaban los padres y parientes de los novios con mucho miedo, temiendo que al otro da le encontraran a l muerto o malherido. En cuanto se quedaron solos en su casa se sentaron a la mesa, mas antes que ella abriera la boca mir el novio alrededor de s, vio un perro y le dijo muy airadamente: --Perro, danos agua a las manos! El perro no lo hizo. El mancebo comenz a enfadarse y a decirle an con ms enojo que les diese agua a las manos. El perro no lo hizo. Al ver el mancebo que no lo haca, se levant de la mesa muy enfadado, sac la espada y se dirigi al perro. Cuando el perro le vio venir empez a huir y el mozo a perseguirle, saltando ambos sobre los muebles y el fuego, hasta que lo alcanz y le cort la cabeza y las patas y lo hizo pedazos, ensangrentando toda la casa. Muy enojado y lleno de sangre se volvi a sentar y mir alrededor. Vio entonces un gato, al cual le dijo que les diese agua a las manos. Como no lo hizo, volvi a decirle: --Cmo, traidor, no has visto lo que hice con el perro porque no quiso obedecerme? Te aseguro que, si un poco o ms conmigo porfiis, lo mismo har contigo que hice con el perro. El gato no lo hizo, pues tiene tan poca costumbre de dar agua a las manos como el perro. Viendo que no lo haca, se levant el mancebo, lo cogi por las patas, dio con l en la pared y lo hizo pedazos con mucha ms rabia que al perro. Muy indignado y con la faz torva se volvi a la 9 mesa y mir a todas partes. La mujer, que le vea hacer esto, crea que estaba loco y no le deca nada. Cuando hubo mirado por todas partes vio un caballo que tena en su casa, que era el nico que posea y le dijo lleno de furor que les diese agua a las manos. El caballo no lo hizo. Al ver el mancebo que no lo haca, le dijo al caballo: --Cmo, don caballo? Pensis que por que no tengo otro caballo os dejar hacer lo que queris? Desengaaos, que si por vuestra mala ventura no hacis lo que os mando, juro a Dios que os he de dar tan mala muerte como a los otros; y no hay en el mundo nadie que a m me desobedezca con el que yo no haga otro tanto. El caballo se qued quieto. Cuando vio el mancebo que no le obedeca, se fue a l y le cort la cabeza y lo hizo pedazos. Al ver la mujer que mataba el caballo, aunque no tena otro, y que deca que lo mismo hara con todo el que le desobedeciera, comprendi que no era una broma, y le entr tanto miedo que ya no saba si estaba muerta o viva. Bravo, furioso y ensangrentado se volvi el marido a la mesa, jurando que si hubiera en casa ms caballos, hombres o mujeres que le desobedecieran, los matara a todos. Se sent y mir a todas partes, teniendo la espada llena de sangre entre las rodillas. Cuando hubo mirado a un lado y a otro sin ver a ninguna otra criatura viviente, volvi los ojos muy airadamente hacia su mujer y le dijo con furia, la espada en la mano: --Levntate y dame agua a las manos. La mujer, que esperaba de un momento a otro ser despedazada, se levant muy de prisa y le dio agua a las manos. Djole el marido: Ay, cmo agradezco a Dios el que hayas hecho lo que te mand! Si no, por el enojo que me han causado estos majaderos, hubiera hecho contigo lo mismo. Despus le mand que le diese de comer. Hzolo la mujer. Cada vez que le mandaba una cosa, lo haca con tanto enfado y tal tono de voz que ella crea que su cabeza andaba por el suelo. As pasaron la noche los dos, sin hablar la mujer, pero haciendo siempre lo que l mandaba. Se pusieron a dormir y, cuando ya haban dormido un rato, le dijo el mancebo: 10 --Con la ira que tengo no he podido dormir bien esta noche; ten cuidado de que no me despierte nadie maana y de prepararme un buen desayuno. A media maana los padres y parientes de los dos fueron a la casa, y, al no or a nadie, temieron que el novio estuviera muerto o herido. Viendo por entre las puertas a ella y no a l, se alarmaron ms. Pero cuando la novia les vio a la puerta se les acerc silenciosamente y les dijo con mucho miedo: --Pillos, granujas, qu hacis aqu? Cmo os atrevis a llegar a esta puerta ni a rechistar? Callad, que si no, todos seremos muertos. Cuando oyeron esto se llenaron de asombro. Al enterarse de cmo haban pasado la noche, estimaron en mucho al mancebo, que s haba sabido, desde el principio, gobernar su casa. Desde aquel da en adelante fue la muchacha muy obediente y vivieron juntos con mucha paz. A los pocos das el suegro quiso hacer lo mismo que el yerno y mat un gallo que no obedeca. Su mujer le dijo: --La verdad, don Fulano, que te has acordado tarde, pues ya de nada te valdr matar cien caballos; antes tendras que haber empezado, que ahora te conozco. Vos, seor conde, si ese deudo vuestro quiere casarse con esa mujer y es capaz de hacer lo que hizo este mancebo, aconsejadle que se case, que l sabr cmo gobernar su casa, pero si no fuere capaz de hacerlo, dejadle que sufra su pobreza sin querer salir de ella. Y aun os aconsejo que a todos los que hubieren de tratar con vos les deis a entender desde el principio cmo han de portarse. El conde tuvo este consejo por bueno, obr segn l y le sali muy bien. Como don Juan vio que este cuento era bueno, lo hizo escribir en este libro y compuso unos versos que dicen as: Si al principio no te muestras cmo eres, no podrs hacerlo cuando t quisieres. 11 El CUENTO HISPANOAMERICANO La camisa de Margarita (Tradiciones peruanas, 1872-1918) de Ricardo Palma (Lima, Per 1833-1919) Probable es que algunos de mis lectores hayan odo decir a las viejas de Lima, cuando quieren ponderar lo subido de precio de un artculo: -Qu! Si esto es ms caro que la camisa de Margarita Pareja. Habrame quedado con la curiosidad de saber quin fue esa Margarita, cuya camisa anda en lenguas, si en La Amrica, de Madrid, no hubiera tropezado con un artculo firmado por D. Ildefonso Antonio Bermejo (autor de un notable libro sobre el Paraguay) quien, aunque muy a la ligera habla de la nia y de su camisa, me puso en va de desenredar el ovillo, alcanzando a sacar en limpio la historia que van ustedes a leer. I Margarita Pareja era (por los aos de 1765) la hija ms mimada de D. Raimundo Pareja, caballero de Santiago y colector general del Callao. La muchacha era una de esas limeitas que por su belleza cautivan al mismo diablo y lo hacen persignarse y tirar piedras. Luca un par de ojos negros que eran como dos torpedos cargados con dinamita y que hacan explosin sobre las entretelas del alma de los galanes limeos. Lleg por entonces de Espaa un arrogante mancebo, hijo de la coronada villa del oso y del madroo, llamado D. Luis Alczar. Tena ste en Lima un to soltern y acaudalado, aragons rancio y linajudo, y que gastaba ms orgullo que los hijos del rey Fruela. Por supuesto que, mientras le llegaba la ocasin de heredar al to, viva nuestro D. Luis tan pelado como una rata y pasando la pena negra. Con decir que hasta sus trapicheos eran al fiado y para pagar cuando mejorase de fortuna, creo que digo lo preciso. En la procesin de Santa Rosa conoci Alczar a la linda Margarita. La muchacha le llen el ojo y le flech el corazn. La ech flores, y aunque ella no le contest ni s ni no, dio a entender con sonrisitas y dems armas del arsenal femenino que el galn era plato muy de su gusto. La verdad, como si me estuviera confesando, es que se enamoraron hasta la raz del pelo. 12 Como los amantes olvidan que existe la aritmtica, crey D. Luis que para el logro de sus amores no sera obstculo su presente pobreza, y fue al padre de Margarita y sin muchos perfiles le pidi la mano de su hija. A D. Raimundo no le cay en gracia la peticin, y cortsmente despidi al postulante, dicindole que Margarita era an muy nia para tornar marido; pues a pesar de sus diez y ocho mayos, todava jugaba a las muecas. Pero no era esta la verdadera madre del ternero. La negativa naca de que D. Raimundo no quera ser suegro de un pobretn; y as hubo de decirlo en confianza a sus amigos, uno de los que fue con el chisme a don Honorato, que as se llamaba el to aragons. ste, que era ms altivo que el Cid, trin de rabia y dijo: -Cmo se entiende! Desairar a mi sobrino! Muchos se daran con un canto en el pecho por emparentar con el muchacho, que no lo hay ms gallardo en todo Lima. Habrase visto insolencia de la laya! Pero adnde ha de ir conmigo ese colectorcillo de mala muerte? Margarita, que se anticipaba a su siglo, pues era nerviosa como una damisela de hoy, gimote, y se arranc el pelo, y tuvo pataleta, y si no amenaz con envenenarse fue porque todava no se haban inventado los fsforos. Margarita perda colores y carnes, se desmejoraba a vista de ojos, hablaba de meterse monja, y no haca nada en concierto. O de Luis o de Dios! gritaba cada vez que los nervios se le sublevaban, lo que aconteca una hora s y otra tambin. Alarmose el caballero santiagus, llam fsicos y curanderas, y todos declararon que la nia tiraba a tsica, y que la nica melecina salvadora no se venda en la botica. O casarla con el varn de su gusto, o encerrarla en el cajn con palma y corona. Tal fue el ultimtum mdico. D. Raimundo (al fin padre!), olvidndose de coger capa y bastn, se encamin como loco a casa de D. Honorato, y le dijo: -Vengo a que consienta usted en que maana mismo se case su sobrino con Margarita, porque si no la muchacha se nos va por la posta. -No puede ser -contest con desabrimiento el to.- Mi sobrino es un pobretn, y lo que usted debe buscar para su hija es un hombre que varee la plata. El dilogo fue borrascoso. Mientras ms rogaba D. Raimundo, ms se suba el aragons a la parra, y ya aqul iba a retirarse desahuciado cuando D. Luis, terciando en la cuestin, dijo: -Pero, to, no es de cristianos que matemos a quien no tiene la culpa. 13 -T te das por satisfecho? -De todo corazn, to y seor. -Pues bien, muchacho: consiento en darte gusto; pero con una condicin, y es esta: D. Raimundo me ha de jurar ante la Hostia consagrada que no regalar un ochavo a su hija ni la dejar un real en la herencia. Aqu se entabl nuevo y ms agitado litigio. -Pero, hombre -arguy D. Raimundo,- mi hija tiene veinte mil duros de dote. -Renunciamos a la dote. La nia vendr a casa de su marido nada ms que con lo encapillado. -Concdame usted entonces obsequiarla los muebles y el ajuar de novia. -Ni un alfiler. Si no acomoda, dejarlo y que se muera la chica. -Sea usted razonable, D. Honorato. Mi hija necesita llevar siquiera una camisa para reemplazar la puesta. -Bien: paso por esa funda para que no me acuse de obstinado. Consiento en que le regale la camisa de novia, y san se acab. Al da siguiente D. Raimundo y D. Honorato se dirigieron muy de maana a San Francisco, arrodillndose para or misa y, segn lo pactado, en el momento en que el sacerdote elevaba la Hostia divina, dijo el padre de Margarita: -Juro no dar a mi hija ms que la camisa de novia. As Dios me condene si perjurare. II Y D. Raimundo Pareja cumpli ad pedem litterae su juramento; porque ni en vida ni en muerte dio despus a su hija cosa que valiera un maraved. Los encajes de Flandes que adornaban la camisa de la novia costaron dos mil setecientos duros, segn lo afirma Bermejo, quien parece copi este dato de las Relaciones secretas de Ulloa y D. Jorge Juan. tem, el cordoncillo que ajustaba al cuello era una cadeneta de brillantes, valorizada en treinta mil morlacos. 14 Los recin casados hicieron creer al to aragons que la camisa a lo ms valdra una onza; porque D. Honorato era tan testarudo que, a saberlo cierto, habra forzado al sobrino a divorciarse. Convengamos en que fue muy merecida la fama que alcanz la camisa nupcial de Margarita Pareja. 15 El hombre muerto (Los desterrados, 1926) de Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937) El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltbanles an dos calles; pero como en stas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenan por delante era muy poca cosa. El hombre ech, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruz el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de pa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbal sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caa, el hombre tuvo la impresin sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo. Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como l quera. La boca, que acababa de abrrsele en toda su extensin, acababa tambin de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Slo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgan de su camisa el puo y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se vea. El hombre intent mover la cabeza en vano. Ech una mirada de reojo a la empuadura del machete, hmeda an del sudor de su mano. Apreci mentalmente la extensin y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquiri fra, matemtica e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al trmino de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un da, tras aos, meses, semanas y das preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginacin a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el ltimo suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiracin, qu de sueos, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! Qu nos reserva an esta existencia llena de vigor, antes de su eliminacin del escenario humano! Es ste el consuelo, el placer y la razn de nuestras divagaciones mortuorias: Tan lejos est la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir an! An...? No han pasado dos segundos: el sol est exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milmetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: Se est muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cmoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. Qu tiempo ha pasado? Qu cataclismo ha sobrevivido en el mundo? Qu trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento? Va a morir. Fra, fatal e ineludiblemente, va a morir. 16 El hambre resiste --es tan imprevisto ese horror! Y piensa: Es una pesadilla; esto es! Qu ha cambiado? Nada. Y mira: No es acaso ese su bananal? No viene todas las maanas a limpiarlo? Quin lo conoce como l? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. All estn, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven...Es la calma del medioda; pronto deben ser las doce. Por entre los bananos, all arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrev el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver ms, pero sabe muy bien que a sus espaldas est el camino al puerto nuevo; y que en la direccin de su cabeza, all abajo, yace en el fondo del valle el Paran dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendr que cambiar... Muerto! Pero es posible? No es ste uno de los tantos das en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? No est all mismo, a cuatro metros de l, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de pa? Pero s! Alguien silba. No puede ver, porque est de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las maanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando.. Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque l mismo, al levantar el alambrado, midi la distancia. Qu pasa, entonces? Es se o no un natural medioda de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en su bananal ralo? Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo... Nada, nada ha cambiado. Slo l es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que form l mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere. El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenmeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y montono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los das acaba de pasar el puente. Pero no es posible que haya resbalado..! El mango de su machete (pronto deber cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de pa. Tras diez aos de bosque, l sabe muy bien cmo se maneja un machete de monte. Est solamente muy fatigado del trabajo de esa maana, y descansa un rato como de costumbre. La prueba..? Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plant l mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! Y se es su bananal; y se es su malacara, resoplando cauteloso ante las pas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque l est echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los das, como se, ha visto las mismas cosas. 17 ...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde all arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprendern hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las dems, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: Piapi! Piapi! No es eso... ? Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo... Qu pesadilla...! Pero es uno de los tantos das, trivial como todos, claro est! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmvil ante el bananal prohibido. ...Muy cansado, mucho, pero nada ms. Cuntas veces, a medioda como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando l lleg, y antes haba sido monte virgen! Volva entonces, muy fatigado tambin, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede an alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por l construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcnico con gramas rgidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y ms lejos an ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los das, puede verse a l mismo, como un pequeo bulto asoleado sobre la gramilla --descansando, porque est muy cansado... Pero el caballo rayado de sudor, e inmvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve tambin al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como deseara. Ante las voces que ya estn prximas--Piapi!-- vuelve un largo, largo rato las orejas inmviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado. 18 Espuma y nada ms, Cenizas para el Viento y otras historias, 1950. Hernando Tllez (Bogot, Colombia 1908-1966) No salud al entrar. Yo estaba repasando sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconoc me puse a temblar. Pero l no se dio cuenta. Para disimular continu repasando la hoja. La prob luego sobre la yema del dedo gordo y volv a mirarla contra la luz. En ese instante se quitaba el cinturn ribeteado de balas de donde penda la funda de la pistola. Lo colg de uno de los clavos del ropero y encima coloc el kepis. Volvi completamente el cuerpo para hablarme y, deshaciendo el nudo de la corbata, me dijo: Hace un calor de todos los demonios. Afiteme. Y se sent en la silla. Le calcul cuatro das de barba. Los cuatro das de la ltima excursin en busca de los nuestros. El rostro apareca quemado, curtido por el sol. Me puse a preparar minuciosamente el jabn. Cort unas rebanadas de la pasta, dejndolas caer en el recipiente, mezcl un poco de agua tibia y con la brocha empec a revolver. Pronto subi la espuma Los muchachos de la tropa deben tener tanta barba como yo. Segu batiendo la espuma. Pero nos fue bien, sabe? Pescamos a los principales. Unos vienen muertos y otros todava viven. Pero pronto estarn todos muertos. Cuntos cogieron? pregunt. Catorce. Tuvimos que internarnos bastante para dar con ellos. Pero ya la estn pagando. Y no se salvar ni uno, ni uno. Se ech para atrs en la silla al verme la brocha en la mano, rebosante de espuma. Faltaba ponerle la sbana. Ciertamente yo estaba aturdido. Extraje del cajn una sbana y la anud al cuello de mi cliente. El no cesaba de hablar. Supona que yo era uno de los partidarios del orden. El pueblo habr escarmentado con lo del otro da, dijo. S, repuse mientras conclua de hacer el nudo sobre la oscura nuca, olorosa a sudor. Estuvo bueno, verdad? Muy bueno, contest mientras regresaba a la brocha. El hombre cerr los ojos con un gesto de fatiga y esper as la fresca caricia del jabn. Jams lo haba tenido tan cerca de m. El da en que orden que el pueblo desfilara por el patio de la escuela para ver a los cuatro rebeldes all colgados, me cruc con l un instante. Pero el espectculo de los cuerpos mutilados me impeda fijarme en el rostro del hombre que lo diriga todo y que ahora iba a tomar en mis manos. No era un rostro desagradable, ciertamente. Y la barba, envejecindolo un poco, no le caa mal. Se llamaba Torres. El capitn Torres. Un hombre con imaginacin, porque a quin se 19 le haba ocurrido antes colgar a los rebeldes desnudos y luego ensayar sobre determinados sitios del cuerpo una mutilacin a bala? Empec a extender la primera capa de jabn. El segua con los ojos cerrados. De buena gana me ira a dormir un poco, dijo, pero esta tarde hay mucho qu hacer. Retir la brocha y pregunt con aire falsamente desinteresado: Fusilamiento? Algo por el estilo, pero ms lento, respondi. Todos? No. Unos cuantos apenas. Reanud de nuevo la tarea de enjabonarle la barba. Otra vez me temblaban las manos. El hombre no poda darse cuenta de ello y sa era mi ventaja. Pero yo hubiera querido que l no viniera. Probablemente muchos de los nuestros lo habran visto entrar. Y el enemigo en la casa impone condiciones. Yo tendra que afeitar esa barba como cualquier otra, con cuidado, con esmero, como la de un buen parroquiano, cuidando de que ni por un solo poro fuese a brotar una gota de sangre. Cuidando de que en los pequeos remolinos no se desviara la hoja. Cuidando de que la piel, quedara limpia, templada, pulida, y de que al pasar el dorso de mi mano por ella, sintiera la superficie sin un pelo. S. Yo era un revolucionario clandestino, pero era tambin un barbero de conciencia, orgulloso de la pulcritud en su oficio. Y esa barba de cuatro das se prestaba para una buena faena. Tom la navaja, levant en ngulo oblicuo las dos cachas, dej libre la hoja y empec la tarea, de una de las patillas hacia abajo. La hoja responda a la perfeccin. El pelo se presentaba indcil y duro, no muy crecido, pero compacto. La piel iba apareciendo poco a poco. Sonaba la hoja con su ruido caracterstico, y sobre ella crecan los grumos de jabn mezclados con trocitos de pelo. Hice una pausa para limpiarla, tom la badana, de nuevo yo me puse a asentar el acero, porque soy un barbero que hace bien sus cosas. El hombre que haba mantenido los ojos cerrados, los abri, sac una de las manos por encima de la sbana, se palp la zona del rostro que empezaba a quedar libre de jabn, y me dijo: Venga usted a las seis, esta tarde, a la escuela. Lo mismo del otro da?, le pregunt horrorizado. Puede que resulte mejor, respondi. Qu piensa usted hacer? No s todava. Pero nos divertiremos. Otra vez se ech hacia atrs y cerr los ojos. Yo me acerqu con la navaja en alto. Piensa castigarlos a todos?, aventur tmidamente. A todos. El jabn se secaba sobre la cara. Deba apresurarme. Por el espejo, mir hacia la calle. Lo mismo de siempre: la tienda de vveres y en ella dos o tres compradores. Luego mir el reloj: las dos y veinte de la tarde. La navaja segua descendiendo. Ahora de la otra patilla hacia abajo. Una barba azul, cerrada. Deba dejrsela crecer como algunos poetas o como algunos sacerdotes. Le quedara bien. Muchos no lo reconoceran. Y mejor para l, pens, mientras trataba de pulir 20 suavemente todo el sector del cuello. Porque all s que deba manejar con habilidad la hoja, pues el pelo, aunque en agraz, se enredaba en pequeos remolinos. Una barba crespa. Los poros podan abrirse, diminutos, y soltar su perla de sangre. Un buen barbero como yo finca su orgullo en que eso no ocurra a ningn cliente. Y ste era un cliente de calidad. A cuntos de los nuestros haba ordenado matar? A cuntos de los nuestros haba ordenado que los mutilaran? ... Mejor no pensarlo. Torres no saba que yo era un enemigo. No lo saba l ni lo saban los dems. Se trataba de un secreto entre muy pocos, precisamente para que yo pudiese informar a los revolucionarios de lo que Torres estaba haciendo en el pueblo y de lo que proyectaba hacer cada vez que emprenda una excursin para cazar revolucionarios. Iba a ser, pues, muy difcil explicar que yo lo tuve entre mis manos y lo dej ir tranquilamente, vivo y afeitado. La barba le haba desaparecido casi completamente. Pareca ms joven, con menos aos de los que llevaba a cuestas cuando entr. Yo supongo que eso ocurre siempre con los hombres que entran y salen de las peluqueras. Bajo el golpe de mi navaja Torres rejuveneca, s; porque yo soy un buen barbero, el mejor de este pueblo, lo digo sin vanidad. Un poco ms de jabn, aqu, bajo la barbilla, sobre la manzana, sobre esta gran vena. Qu calor! Torres debe estar sudando como yo. Pero l no tiene miedo. Es un hombre sereno que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros. En cambio yo, con esta navaja entre las manos, puliendo y puliendo esta piel, evitando que brote sangre de estos poros, cuidando todo golpe, no puedo pensar serenamente. Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario pero no soy un asesino. Y tan fcil como resultara matarlo. Y lo merece. Lo merece? No, qu diablos! Nadie merece que los dems hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. Qu se gana con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y stos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre. Yo podra cortar este cuello, as, zas! No le dara tiempo de quejarse y como tiene los ojos cerrados no vera ni el brillo de la navaja ni el brillo de mis ojos. Pero estoy temblando como un verdadero asesino. De ese cuello brotara un chorro de sangre sobre la sbana, sobre la silla, sobre mis manos, sobre el suelo. Tendra que cerrar la puerta. Y la sangre seguira corriendo por el piso, tibia, imborrable, incontenible, hasta la calle, como un pequeo arroyo escarlata. Estoy seguro de que un golpe fuerte, una honda incisin, le evitara todo dolor. No sufrira. Y qu hacer con el cuerpo? Dnde ocultarlo? Yo tendra que huir, dejar estas cosas, refugiarme lejos, bien lejos. Pero me perseguiran hasta dar conmigo. "El asesino del Capitn Torres. Lo degoll 21 mientras le afeitaba la barba. Una cobarda". Y por otro lado: "El vengador de los nuestros. Un nombre para recordar (aqu mi nombre). Era el barbero del pueblo. Nadie saba que l defenda nuestra causa..." Y qu? Asesino o hroe? Del filo de esta navaja depende mi destino. Puedo inclinar un poco ms la mano, apoyar un poco ms la hoja, y hundirla. La piel ceder como la seda, como el caucho, como la badana. No hay nada ms tierno que la piel del hombre y la sangre siempre est ah, lista a brotar. Una navaja como sta no traiciona. Es la mejor de mis navajas. Pero yo no quiero ser un asesino, no seor. Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo honradamente con mi trabajo... No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada ms. Usted es un verdugo y yo no soy ms que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto. La barba haba quedado limpa, pulida y templada. El hombre se incorpor para mirarse en el espejo. Se pas las manos por la piel y la sinti fresca y nuevecita. "Gracias", dijo. Se dirigi al ropero en busca del cinturn, de la pistola y del kepis. Yo deba estar muy plido y senta la camisa empapada. Torres concluy de ajustar la hebilla, rectific la posicin de la pistola en la funda y, luego de alisarse maquinalmente los cabellos, se puso el kepis. Del bolsillo del pantaln extrajo unas monedas para pagarme el importe del servicio. Y empez a caminar hacia la puerta. En el umbral se detuvo un segundo y volvindose me dijo: "Me haban dicho que usted me matara. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fcil. Yo s por qu se lo digo". Y sigui calle abajo. 22 La siesta del martes, Los funerales de la Mam Grande, 1962. Gabriel Garca Mrquez (Aracataca, Colombia 1928-) El tren sali del trepidante corredor de rocas bermejas, penetr en las plantaciones de banano, simtricas e interminables, y el aire se hizo hmedo y no se volvi a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entr por la ventanilla del vagn. En el estrecho camino paralelo a la va frrea haba carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos espacios sin sembrar, habia oficinas con ventiladores elctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la maana y an no haba empezado el calor. --Es mejor que subas el vidrio --dijo la mujer--. El pelo se te va a llenar de carbn. La nia trat de hacerlo pero la ventana estaba bloqueada por el xido. Eran los nicos pasajeros en el escueto vagon de tercera clase. Como el humo de la locomotora sigui entrando por la ventanilla, la nia abandon el puesto y puso en su lugar los nicos objetos que llevaban: una bolsa de material plstico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de peridicos. Se sent en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riguroso y pobre. La nia tena doce aos y era la primera vez que viajaba. La mujer pareca demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los prpados y del cuerpo pequeo, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con la columna vertebral firmemente apoyada contra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tena la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza. A las doce haba empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estacin sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misterioso silencio de las plantaciones, la sombra tena un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagn ola a cuero sin curtir. El tren no volvi a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclin la cabeza y se hundi en el sopor. La nia se quit los zapatos. Despus fue a los 23 servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas. Cuando volvi al asiento la madre la esperaba para comer. Le di un pedazo de queso, medio bollo de maz y una galleta dulce, y sac para ella de la bolsa de material plstico una racion igual. Mientras coman, el tren atraves muy despacio un puente de hierro y pas de largo por un pueblo igual a los anteriores, slo que en ste haba una multitud en la plaza. Una banda de msicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo en una llanura cuarteada por la aridez, terminaban las plantaciones. La mujer dej de comer. --Ponte los zapatos--dijo. La nia mir hacia el exterior. No vi nada ms que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero meti en la bolsa el ltimo pedazo de galleta y se puso rpidamente los zapatos. La mujer le di la peineta. --Pinate --dijo. El tren empez a pitar mientras la nia se peinaba. La mujer se sec el sudor del cuello y se limpi la grasa de la cara con los dedos. Cuando la nia acab de peinarse el tren pas frente a las primeras casas de un pueblo ms grande pero ms triste que los anteriores. --Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora --dijo la mujer--. Despus, aunque te ests muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar. La nia aprob con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrpito de los viejos vagones. La mujer enroll la bolsa con el resto de los alimentos y la meti en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminoso martes de agosto, resplandeci en la ventanilla. La nia envolvi las flores en los peridicos empapados, se apart un poco ms de la ventanilla y mir fijamente a su madre. Ella le devolvi una expresin apacible. El tren acab de pitar y disminuy la marcha. Un momento despus se detuvo. No haba nadie en la estacin. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, slo estaba abierto el saln de billar. El pueblo flotaba en calor. La mujer y la nia descendieron del tren, atravesaron la estacin abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presin de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra. Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo haca la siesta. Los almacenes, las oficinas pblicas, la escuela municipal, se cerraban desde las 24 once y no volvan a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Slo permanecan abiertos el hotel frente a la estacin, su cantina y su saln de billar, y la oficina del telgrafo al lado de la plaza. Las casas, en su mayora construdas sobre el modelo de la compaa bananera, tenan las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas. En algunas haca tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacan la siesta sentados en plena calle. Buscando siempre la proteccin de los almendros, la mujer y la nia penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer rasp con la ua la red metlica de la puerta, esper un instante y volvi a llamar. En el interior zumbaba un ventilador elctrico. No se oyeron los pasos. Se oy apenas el leve crujido de una puerta y en seguida una voz cautelosa muy cerca de la red metlica; <<Quin es?>> La mujer trat de ver a travs de la red metlica. --Necesito al padre --dijo. --Ahora est durmiendo. --Es urgente --insisti la mujer. Su voz tena una tenacidad reposada. La puerta se entreabri sin ruido y apareci una mujer madura y regordeta de cutis muy plido y cabellos color de hierro. Los ojos parecan demasiado pequeos detrs de los gruesos cristales de los lentes. --Sigan --dijo, y acab de abrir la puerta. Entraron a una sala impregnada de un viejo olor de flores. La mujer de la casa las condujo hasta un escao de madera y les hizo seas de que se sentaran. La nia lo hizo, pero su madre permaneci de pie, absorta, con la cartera apretada en las dos manos. No se perciba ningn ruido detrs del ventilador elctrico. La mujer de la casa apareci en la puerta del fondo. --Dice que vuelvan despus de las tres--dijo en voz muy baja.--Se acost hace cinco minutos. --El tren se va a las tres y media--dijo la mujer. Fue una rplica breve y segura, pero la voz segua siendo apacible, con muchos matices. La mujer de la casa sonri por primera vez. --Bueno --dijo . 25 Cuando la puerta del fondo volvi a cerrarse, la mujer se sent junto a su hija. La angosta sala de espera era pobre, ordenada y limpia. Al otro lado de una baranda de madera que divida la habitacin, haba una mesa de trabajo, sencilla, con un tapete de hule, y encima de la mesa una mquina de escribir primitiva junto a un vaso con flores. Detrs estaban los archivos parroquiales. Se notaba que era un despacho arreglado por una mujer soltera. La puerta del fondo se abri y esta vez apareci el sacerdote limpiando los lentes con un pauelo. Slo cuando se los puso pareci evidente que era hermano de la mujer que haba abierto la puerta. --Que se les ofrece? --pregunt. --Las llaves del cementerio --dijo la mujer. La nia estaba sentada con las flores en el regazo y los pies cruzados bajo el escao. El sacerdote la mir, despus mir a la mujer y despus, a travs de la red metlica de la ventana, el cielo brillante y sin nubes. --Con este calor --dijo--. Han podido esperar a que bajara el sol. La mujer movi la cabeza en silencio. El sacerdote pas del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sent a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en las manos. --Qu tumba van a visitar? --pregunt. --La de Carlos Centeno --dijo la mujer. --Quin? --Carlos Centeno --repiti la mujer. El padre sigui sin entender. --Es el ladrn que mataron aqu la semana pasada --dijo la mujer en el mismo tono--. Yo soy su madre. El sacerdote la escrut. Ella lo mir fijamente, con un dominio reposado, y el padre se ruboriz. Baj la cabeza para escribir. A medida que llenaba la hoja peda a la mujer los datos de su identidad, y ella responda sin vacilacin, con detalles precisos, como si estuviera leyendo. El padre empez a sudar. La nia se desaboton la trabilla del zapato izquierdo, se descalz el taln y lo apoy en el contrafuerte. Hizo lo mismo con el derecho. Todo haba empezado el lunes de la semana anterior, a las tres de la madrugada y a pocas cuadras de all. La seora Rebeca, una viuda solitaria que viva en una casa llena de cachivaches, sinti a travs del rumor de la llovizna que alguien 26 trataba de forzar desde afuera la puerta de la calle. Se levant, busc a tientas en el ropero un revlver arcaico que nadie haba disparado desde los tiempos del coronel Aureliano Buenda, y fue a la sala sin encender las luces. Orientndose no tanto por el ruido en la cerradura como por un terror desarrollado en ella por veintiocho aos de soledad, localiz en la imaginacin no slo el sitio donde estaba la puerta sino la altura exacta de la cerradura. Agarr el arma con las dos manos, cerr los ojos y apret el gatillo. Era la primera vez en su vida que disparaba un revlver. Inmediatamente despus de la detonacin no sinti nada ms que el murmullo de la llovizna en el techo de cinc. Despus percibi un golpecito metlico en el andn de cemento y una voz muy baja, apacible, pero terriblemente fatigada. <<Ay, mi madre>>. El hombre que amaneci muerto frente a la casa, con la nariz despedazada, vesta una franela a rayas de colores, un pantaln ordinario con una soga en lugar del cinturn, y estaba descalzo. Nadie lo conoca en el pueblo. --De manera que se llamaba Carlos Centeno --murmur el padre cuando acab de escribir. --Centeno Ayala --dijo la mujer--. Era el nico varn. El sacerdote volvi al armario. Colgadas de un clavo en el interior de la puerta haba dos llaves grandes y oxidadas, como la nia imaginaba y como imaginaba la madre cuando era nia y como debi imaginar el propio sacerdote alguna vez que eran las llaves de San Pedro. Las descolg, las puso en el cuaderno abierto sobre la baranda y mostr con el ndice un lugar en la pgina escrita, mirando a la mujer. --Firme aqu. La mujer garabate su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La nia recogi las flores, se dirigi a la baranda arrastrando los zapatos y observ atentamente a su madre. El parroco suspir. --Nunca trat de hacerlo entrar por el buen camino? La mujer contest cuando acab de firmar. --Era un hombre muy bueno. El sacerdote mir alternativamente a la mujer y a la nia y comprob con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar. La mujer continu inalterable: --Yo le deca que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para 27 comer, y l me haca caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres das en la cama postrado por los golpes. --Se tuvo que sacar todos los dientes --intervino la nia. --As es--confirm la mujer--. Cada bocado que coma en ese tiempo me saba a los porrazos que le daban a mi hijo los sbados a la noche. --La voluntad de Dios es inescrutable --dijo el padre. Pero lo dijo sin mucha conviccin, en parte porque la experiencia lo haba vuelto un poco escptico, y en parte por el calor. Les recomend que se protegieran la cabeza para evitar la insolacin. Les indic bostezando y ya casi completamente dormido, cmo deban hacer para encontar la tumba de Carlos Centeno. Al regreso no tenan que tocar. Deban meter la llave por debajo de la puerta, y poner all mismo, si tenan, una limosna para la Iglesia. La mujer escuch las explicaciones con mucha atencin, pero dio las gracias sin sonrer. Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que haba alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metlica. Era un grupo de nios. Cuando la puerta se abri por completo los nios se dispersaron. A esa hora, de ordinario, no haba nadie en la calle. Ahora no slo estaban los nios. Haba grupos bajo los almendros. El padre examin la calle distorsionada por la reverberacin, y entonces comprendi. Suavemente volvi a cerrar la puerta. --Esperen un minuto --dijo, sin mirar a la mujer. Su hermana apareci en la puerta del fondo, con una chaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Mir al padre en silencio. --Qu fue? --pregunt l. --La gente se ha dado cuenta --murmur su hermana. --Es mejor que salgan por la puerta del patio --dijo el padre. --Es lo mismo --dijo su hermana--. Todo el mundo est en las ventanas. La mujer pareca no haber comprendido hasta entonces. Trat de ver la calle a travs de la red metlica. Luego le quit el ramo de flores a la nia y empez a moverse hacia la puerta. La nia sigui. --Esperen a que baje el sol --dijo el padre. --Se van a derretir --dijo su hermana, inmvil en el fondo de la sala--. Esprense y les presto una sombrilla. --Gracias --replic la mujer--. As vamos bien. Tom a la nia de la mano y sali a la calle. 28 No oyes ladrar los perros (El llano en llamas, 1953) de Juan Rulfo (Mxico, 1917-1986) -T que vas all arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna seal de algo o si ves alguna luz en alguna parte. -No se ve nada. -Ya debemos estar cerca. -S, pero no se oye nada. -Mira bien. -No se ve nada. -Pobre de ti, Ignacio. La sombra larga y negra de los hombres sigui movindose de arriba abajo, trepndose a las piedras, disminuyendo y creciendo segn avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante. La luna vena saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. -Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. T que llevas las orejas de fuera, fjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acurdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qu horas que hemos dejado el monte. Acurdate, Ignacio. -S, pero no veo rastro de nada. -Me estoy cansando. -Bjame. E1 viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredn y se recarg all, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quera sentarse, porque despus no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que all atrs, horas antes, le haban ayudado a echrselo a la espalda. Y as lo haba trado desde entonces. -Cmo te sientes? 29 -Mal. Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos pareca dormir. En ratos pareca tener fro. Temblaba. Saba cundo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traa trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. 1 apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba: -Te duele mucho? -Algo -contestaba l. Primero le haba dicho: "Apame aqu... Djame aqu... Vete t solo. Yo te alcanzar maana o en cuanto me reponga un poco." Se lo haba dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso deca. All estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscureca ms su sombra sobre la tierra. -No veo ya por dnde voy -deca l. Pero nadie le contestaba. E1 otro iba all arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y l ac abajo. -Me oste, Ignacio? Te digo que no veo bien. Y el otro se quedaba callado. Sigui caminando, a tropezones. Encoga el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo. -Este no es ningn camino. Nos dijeron que detrs del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningn ruido que nos diga que est cerca. Por qu no quieres decirme qu ves, t que vas all arriba, Ignacio? -Bjame, padre. -Te sientes mal? -S 30 -Te llevar a Tonaya a como d lugar. All encontrar quien te cuide. Dicen que all hay un doctor. Yo te llevar con l. Te he trado cargando desde hace horas y no te dejar tirado aqu para que acaben contigo quienes sean. Se tambale un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvi a enderezarse. -Te llevar a Tonaya. -Bjame. Su voz se hizo quedita, apenas murmurada: -Quiero acostarme un rato. -Durmete all arriba. Al cabo te llevo bien agarrado. La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llen de luz. Escondi los ojos para no mirar de frente, ya que no poda agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo. -Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendra si yo lo hubiera dejado tirado all, donde lo encontr, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy hacindolo. Es ella la que me da nimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo ms que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergenzas. Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volva a sudar. -Me derrengar, pero llegar con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volver a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para m usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de m. La parte que a m me tocaba la he maldecido. He dicho: "Que se le pudra en los riones la sangre que yo le di!" Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, all esta mi compadre Tranquilino. E1 que lo bautiz a usted. El que le dio su nombre. A l tambin le toc la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: "Ese no puede ser mi hijo." 31 -Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. T que puedes hacerlo desde all arriba, porque yo me siento sordo. -No veo nada. -Peor para ti, Ignacio. -Tengo sed. -Aguntate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debas de or si ladran los perros. Haz por or. -Dame agua. -Aqu no hay agua. No hay ms que piedras. Aguntate. Y aunque la hubiera, no te bajara a tomar agua. Nadie me ayudara a subirte otra vez y yo solo no puedo. -Tengo mucha sed y mucho sueo. -Me acuerdo cuando naciste. As eras entonces. Despertabas con hambre y comas para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habas acabado la leche de ella. No tenas llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pens que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero as fue. Tu madre, que descanse en paz, quera que te criaras fuerte. Crea que cuando t crecieras iras a ser su sostn. No te tuvo ms que a ti. El otro hijo que iba a tener la mat. Y t la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas. Sinti que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dej de apretar las rodillas y comenz a soltar los pies, balancendolo de un lado para otro. Y le pareci que la cabeza; all arriba, se sacuda como si sollozara. Sobre su cabello sinti que caan gruesas gotas, como de lgrimas. -Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pag siempre mal. Parece que en lugar de cario, le hubiramos retacado el cuerpo de maldad. Y ya ve? Ahora lo han herido. Qu pas con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenan a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: "No tenemos a quin darle nuestra lstima ". Pero usted, Ignacio? 32 All estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresin de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el ltimo esfuerzo. Al llegar al primer tejavn, se recost sobre el pretil de la acera y solt el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado. Destrab difcilmente los dedos con que su hijo haba venido sostenindose de su cuello y, al quedar libre, oy cmo por todas partes ladraban los perros. -Y t no los oas, Ignacio? -dijo. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza. 33 La Noche boca arriba (Final de juego, 1964) de Julio Cortzar (Argentina, 1914-1984) Y salan en ciertas pocas a cazar enemigos; le llamaban la guerra florida. A mitad del largo zagun del hotel pens que deba ser tarde y se apur a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincn donde el portero de al lado le permita guardarla. En la joyera de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegara con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y l -porque para s mismo, para ir pensando, no tena nombre- mont en la mquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones. Dej pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte ms agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de rboles, con poco trfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quiz algo distrado, pero corriendo por la derecha como corresponda, se dej llevar por la tersura, por la leve crispacin de ese da apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidi prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fciles. Fren con el pi y con la mano, desvindose a la izquierda; oy el grito de la mujer, y junto con el choque perdi la visin. Fue como dormirse de golpe. Volvi bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Senta gusto a sal y sangre, le dola una rodilla y cuando lo alzaron grit, porque no poda soportar la presin en el brazo derecho. Voces que no parecan pertenecer a las caras suspendidas sobre l, lo alentaban con bromas y seguridades. Su nico alivio fue or la confirmacin de que haba estado en su derecho al cruzar la esquina. Pregunt por la mujer, tratando de dominar la nusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia prxima, supo que la causante del accidente no tena ms que rasguos en la piernas. "Ust la agarr apenas, pero el golpe le hizo saltar la mquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, ntrenlo de espaldas, as va bien y alguien con guardapolvo dndole de beber un trago que lo alivi en la penumbra de una pequea farmacia de barrio. La ambulancia policial lleg a los cinco minutos, y lo subieron a una 34 camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus seas al polica que lo acompaaba. El brazo casi no le dola; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lami los labios para beberla. Se senta bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada ms. El vigilante le dijo que la motocicleta no pareca muy estropeada. "Natural", dijo l. "Como que me la ligu encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le dese buena suerte. Ya la nusea volva poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabelln del fondo, pasando bajo rboles llenos de pjaros, cerro los ojos y dese estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitndole la ropa y vistindolo con una camisa griscea y dura. Le movan cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estmago se habra sentido muy bien, casi contento. Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos despus, con la placa todava hmeda puesta sobre el pecho como una lpida negra, pas a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado se le acerc y se puso a mirar la radiografa. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sinti que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acerc otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palme la mejilla e hizo una sea a alguien parado atrs. Como sueo era curioso porque estaba lleno de olores y l nunca soaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volva nadie. Pero el olor ces, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se mova huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tena que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su nica probabilidad era la de esconderse en lo ms denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que slo ellos, los motecas, conocan. Lo que ms lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptacin del sueo algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no haba participado del juego. "Huele a guerra", pens, tocando instintivamente el pual de piedra atravesado en su ceidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmvil, temblando. Tener miedo no era extrao, en sus sueos abundaba el miedo. Esper, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, deban estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo tea esa parte del cielo. El sonido no se repiti. Haba sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como l del olor a guerra. Se enderez despacio, venteando. No se oa nada, pero el miedo segua all como el olor, ese incienso dulzn de la guerra florida. Haba 35 que seguir, llegar al corazn de la selva evitando las cinagas. A tientas, agachndose a cada instante para tocar el suelo ms duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, busc el rumbo. Entonces sinti una bocanada del olor que ms tema, y salt desesperado hacia adelante. -Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo. Abri los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonrer a su vecino, se despeg casi fsicamente de la ltima a visin de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sinti sed, como si hubiera estado corriendo kilmetros, pero no queran darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el dilogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frot con alcohol la cara anterior del muslo, y le clav una gruesa aguja conectada con un tubo que suba hasta un frasco lleno de lquido opalino. Un mdico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajust al brazo sano para verificar alguna cosa. Caa la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenan un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes, como estar viendo una pelcula aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor, y quedarse. Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, mas precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dola nada y solamente en la ceja, donde lo haban suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rpida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pens que no iba a ser difcil dormirse. Un poco incmodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sinti el sabor del caldo, y suspir de felicidad, abandonndose. Primero fue una confusin, un atraer hacia s todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprenda que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de rboles era menos negro que el resto. "La calzada", pens. "Me sal de la calzada." Sus pies se hundan en un colchn de hojas y barro, y ya no poda dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabindose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agach para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del da iba a verla otra vez. Nada poda ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin 36 saberlo l, aferraba el mango del pual, subi como un escorpin de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musit la plegaria del maz que trae las lunas felices, y la splica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero senta al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le haca insoportable. La guerra florida haba empezado con la luna y llevaba ya tres das y tres noches. Si consegua refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas all de la regin de las cinagas, quiz los guerreros no le siguieran el rastro. Pens en la cantidad de prisioneros que ya habran hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuara hasta que los sacerdotes dieran la seal del regreso. Todo tena su nmero y su fin, y l estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores. Oy los gritos y se enderez de un salto, pual en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas movindose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le salt al cuello casi sinti placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanz a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrap desde atrs. -Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A m me pasaba igual cuando me oper del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien. Al lado de la noche de donde volva la penumbra tibia de la sala le pareci deliciosa. Una lmpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oa toser, respirar fuerte, a veces un dilogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quera seguir pensando en la pesadilla. Haba tantas cosas en qu entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cmodamente se lo sostenan en el aire. Le haban puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebi del gollete, golosamente. Distingua ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no deba tener tanta fiebre, senta fresca la cara. La ceja le dola apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. Quin hubiera pensado que la cosa iba a acabar as? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que haba ah como un hueco, un vaco que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo haban levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tena la sensacin de que ese hueco, esa nada, haba durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, ms bien como si en ese hueco l hubiera pasado a travs de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro haba sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusin en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al da y sentirse sostenido y auxiliado. Y era 37 raro. Le preguntara alguna vez al mdico de la oficina. Ahora volva a ganarlo el sueo, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quiz pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lmpara en lo alto se iba apagando poco a poco. Como dorma de espaldas, no lo sorprendi la posicin en que volva a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerr la garganta y lo oblig a comprender. Intil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolva una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sinti las sogas en las muecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y hmedo. El fro le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentn busc torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo haban arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria poda salvarlo del final. Lejanamente, como filtrndose entre las piedras del calabozo, oy los atabales de la fiesta. Lo haban trado al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno. Oy gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era l que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defenda con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pens en sus compaeros que llenaran otras mazmorras, y en los que ascendan ya los peldaos del sacrificio. Grit de nuevo sofocadamente, casi no poda abrir la boca, tena las mandbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudi como un ltigo. Convulso, retorcindose, luch por zafarse de las cuerdas que se le hundan en la carne. Su brazo derecho, el mas fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le lleg antes que la luz. Apenas ceidos con el taparrabos de la ceremonia, los aclitos de los sacerdotes se le acercaron mirndolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sinti alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro aclitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los aclitos deban agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante l la escalinata incendiada de gritos y danzas, sera el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olera el aire libre lleno de estrellas, pero todava no, andaban llevndolo sin fin en la penumbra roja, tironendolo brutalmente, y l no quera, pero como impedirlo si le haban arrancado el amuleto que era su verdadero corazn, el centro de su 38 vida. Sali de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pens que deba haber gritado, pero sus vecinos dorman callados. En la mesa de noche, la botella de agua tena algo de burbuja, de imagen traslcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jade buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imgenes que seguan pegados a sus prpados. Cada vez que cerraba los ojos las vea formarse instantneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protega, que pronto iba a amanecer, con el buen sueo profundo que se tiene a esa hora, sin imgenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era ms fuerte que l. Hizo un ltimo esfuerzo, con la mano sana esboz un gesto hacia la botella de agua; no lleg a tomarla, sus dedos se cerraron en un vaco otra vez negro, y el pasadizo segua interminable, roca tras roca, con sbitas fulguraciones rojizas, y l boca arriba gimi apagadamente porque el techo iba a acabarse, suba, abrindose como una boca de sombra, y los aclitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cay en la cara donde los ojos no queran verla, desesperadamente se cerraban y abran buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abran era la noche y la luna mientras lo suban por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivn de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una ltima esperanza apret los prpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo crey que lo lograra, porque estaba otra vez inmvil en al cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero ola a muerte y cuando abri los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que vena hacia l con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanz a cerrar otra vez los prpados, aunque ahora saba que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueo maravilloso haba sido el otro, absurdo como todos los sueos; un sueo en el que haba andado por extraas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardan sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueo tambin lo haban alzado del suelo, tambin alguien se le haba acercado con un cuchillo en la mano, a l tendido boca arriba, a l boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras. (Julio Cortzar, "Final del Juego", Ed. Sudamericana, Bs.As. 1993) 39 De noche soy tu caballo (Cambio de armas, 1982) de Luisa Valenzuela (Argentina, 1938-) Sonaron tres timbrazos cortos y uno largo. Era la seal, y me levant con disgusto y con un poco de miedo; podan ser ellos o no ser, podra tratarse de una trampa, a estas malditas horas de la noche. Abr la puerta esperando cualquier cosa menos encontrarme cara a cara nada menos que con l, finalmente. Entr bien rpido y ech los cerrojos antes de abrazarme. Una actitud muy de l, l el prudente, el que antes que nada cuidaba su retaguardia -la nuestra-. Despus me tom en sus brazos sin decir una palabra, sin siquiera apretarme demasiado pero dejando que toda la emocin del reencuentro se le desbordara, dicindome tantas cosas con el simple hecho de tenerme apretada entre sus brazos y de irme besando lentamente. Creo que nunca les haba tenido demasiada confianza a las palabras y all estaba tan silencioso como siempre, transmitindome cosas en formas de caricias. Y por fin un respiro, un apartarnos algo para mirarnos de cuerpo entero y no ojo contra ojo, desdoblados. Y pude decirle Hola casi sin sorpresa a pesar de todos esos meses sin saber nada de l, y pude decirle te haca peleando en el norte te haca preso te haca en la clandestinidad te haca torturado y muerto te haca teorizando revolucin en otro pas. Una forma como cualquiera de decirle que lo haca, que no haba dejado de pensar en l ni me haba sentido traicionada. Y l, tan endemoniadamente precavido siempre, tan seor de sus actos: --Callate, chiquita de qu sirve saber en qu anduve? Ni siquiera te conviene. Sac entonces a relucir sus tesoros, unos quiz indicios que yo no supe interpretar en ese momento. A saber, una botella de cachaza y un disco de Gal Costa. Qu habra estado haciendo en Brasil? Cules seran los prximos proyectos? Qu lo habra trado de vuelta a jugarse la vida sabiendo que lo estaban buscando? Despus dej de interrogarme (callate, chiquita, me dira l). Ven, chiquita, me estaba diciendo, y yo opt por dejarme sumergir en la felicidad de haberlo recuperado, tratando de no inquietarme. Qu sera de nosotros maana, en los das siguientes? La cachaza es un buen trago, baja y sube y recorre los caminos que debe recorrer y se aloja para dar calor donde ms se la espera. Gal Costa canta clido, con su voz nos envuelve y nos acuna y un poquito bailando y un poquito flotando llegamos a la cama y ya acostados nos seguimos mirando muy adentro, seguimos acaricindonos sin decidirnos tan pronto a abandonarnos a la pura sensacin. Seguimos reconocindonos, reencontrndonos. 40 Beto, lo miro y le digo y s que se no es su verdadero nombre pero es el nico que le puedo pronunciar en voz alta. El contesta: --Un da lo lograremos, chiquita. Ahora prefiero no hablar. Mejor. Que no se ponga l a hablar de lo que algn da lograremos y rompa la maravilla de lo que estamos a punto de lograr ahora, nosotros dos, solitos. A noite eu so teu cavallo canta de golpe Gal Costa desde el tocadiscos. --De noche soy tu caballo --traduzco despacito. Y como para envolverlo en magias y no dejarlo pensar en lo otro: --Es un canto de santo, como en la macumba. Una persona en trance dice que es el caballo del espritu que la posee, es su montura. --Chiquita, vos siempre metindote en esoterismos y brujeras. Sabs muy bien que no se trata de espritus, que si de noche sos mi caballo es porque yo te monto, as, as, y slo de eso se trata. Fue tan lento, profundo, reiterado, tan cargado de afecto que acabamos agotados. Me dorm tenindolo a l todava encima. De noche soy tu caballo... ... campanilla de mierda del telfono que me fue extrayendo por oleadas de un pozo muy denso. Con gran esfuerzo para despertarme fui a atender pensando que podra ser Beto, claro, que no estaba ms a mi lado, claro, siguiendo su inveterada costumbre de escaparse mientras duermo y sin dar su paradero. Para protegerme, dice. Desde la otra punta del hilo una voz que pens podra ser la de Andrs--del que llamamos Andrs- empez a decirme: --Lo encontraron a Beto, muerto. Flotando en el ro cerca de la otra orilla. Parece que lo tiraron vivo desde un helicptero. Est muy hinchado y descompuesto despus de seis das en el agua, pero casi seguro es l. --No, no puede ser Beto! --grit con imprudencia. Y de golpe esa voz como de Andrs se me hizo tan impersonal, ajena: --Te parece? --Quin habla? -se me ocurri preguntar slo entonces. Pero en ese momento colgaron. Diez, quince minutos? Cunto tiempo me habr quedado mirando el telfono como estpida hasta que cay la polica? No me la esperaba pero claro, s, cmo poda no esperrmela? Las manos de ellos toquetendome, sus voces insultndome, amenazndome, la casa registrada, dada vuelta. Pero yo ya saba qu me importaba entonces que se pusieran a romper lo rompible y a desmantelar placares? No encontraran nada. Mi nica, verdadera posesin era un sueo y a uno no se lo despoja as noms de un sueo. Mi sueo de la noche anterior en el que Beto estaba all conmigo y nos ambamos. Lo haba soado, soado todo, estaba profundamente convencida de haberlo soado con lujo de detalles y hasta en colores. Y los sueos no conciernen a la cana. 41 Ellos quieren realidades, quieren hechos fehacientes de esos que yo no tengo ni para empezar a darles. Dnde est, vos lo viste, estuvo ac con vos, dnde se meti. Cant, si no te va a pesar. Cant, miserable, sabemos que vino a verte, dnde anda, cul es su aguantadero. Est en la ciudad, vos lo viste, confes, cant, sabemos que vino a buscarte. Hace meses que no s nada de l, lo perd, me abandon, no s nada de l desde hace meses, se me escap, se meti bajo tierra, qu s yo, se fue con otra, est en otro pas, qu s yo, me abandon, lo odio, no s nada. (Y qumenme noms con cigarrillos, y patenme todo lo que quieran, y amenacen, noms, y mtanme un ratn para que me coma por dentro, y arrnquenme las uas y hagan lo que quieran. Voy a inventar por eso? Voy a decirles que estuvo ac cuando hace mil aos que se me fue para siempre?). No voy a andar contndoles mis sueos, eso qu importa? Al llamado Beto hace ms de seis meses que no lo veo, y yo lo amaba. Desapareci, el hombre. Slo me encuentro con l en sueos y son muy malos sueos que suelen transformarse en pesadillas. Beto, ya lo sabs, Beto, si es cierto que te han matado o donde andes, de noche soy tu caballo y pods venir a visitarme cuando quieras aunque yo est entre rejas. Beto, en la crcel s muy bien que te so aquella noche, slo fue un sueo. Y si por loca casualidad hay en mi casa un disco de Gal Costa y una botella de cachaza casi vaca, que por favor me perdonen: decret que no existen. 42 Mi caballo mago (Tierra Amarilla: Cuentos de Nuevo Mxico, 1964) de Sabine Ulibarri (Nuevo Mxico, 1919-2003) Era blanco. Blanco como el olvido. Era libre. Libre como la alegra. Era la ilusin, la libertad y la emocin. Poblaba y dominaba las serranas y las llanuras de las cercanas. Era un caballo blanco que llen mi juventud de fantasa y poesa. Alrededor de las fogatas del campo y en las resolanas del pueblo los vaqueros de esas tierras hablaban de l con entusiasmo y admiracin. Y la mirada se volva turbia y borrosa de ensueo. La animada charla se apagaba. Todos atentos a la visin evocada. Mito del reino animal. Poema del mundo viril. Blanco y arcano. Paseaba su harn por el bosque de verano en regocijo imperial. El invierno decretaba el llano y la ladera para sus hembras. Veraneaba como rey de oriente en su jardn silvestre. Invernaba como guerrero ilustre que celebra la victoria ganada. Era leyenda. Eran sin fin las historias que se contaban del caballo brujo. Unas verdad, otras invencin. Tantas trampas, tantas redes, tantas expediciones. Todas venidas a menos. El caballo siempre se escapaba, siempre se burlaba, siempre se alzaba por encima del dominio de los hombres. Cunto valedor no jur ponerle su jquima y su marca para confesar despus que el brujo haba sido ms hombre que l! Yo tena quince aos. Y sin haberlo visto nunca el brujo me llenaba ya la imaginacin y la esperanza. Escuchaba embobado a mi padre y a sus vaqueros hablar del caballo fantasma que al atraparlo se volva espuma y aire y nada. Participaba de la obsesin de todos, ambicin de lotera, de algn da ponerle yo mi lazo, de hacerlo mo, y lucirlo los domingos por la tarde cuando las muchachas salen a paseo por la calle. Pleno el verano. Los bosques verdes, frescos y alegres. Las reses lentas, gordas y luminosas en la sombra y en el sol de agosto. Dormitaba yo en un caballo brioso, lnguido y sutil en el sopor del atardecer. Era hora ya de acercarse a la majada, al buen pan y al rancho del rodeo. Ya los compaeros estaran alrededor de la hoguera agitando la guitarra, contando cuentos del pasado o de hoy o entregndose al cansancio de la tarde. El sol se pona ya, detrs de m, en escndalos de rayo y color. Silencio orgnico y denso. Sigo insensible a las reses al abra. De pronto el bosque se calla. El silencio enmudece. La tarde se detiene. La brisa deja de respirar, pero tiembla. El sol se excita. El planeta, la vida y el tiempo se han detenido de una manera inexplicable. Por un instante no s lo que pasa. Luego mis ojos aciertan. All est! El caballo mago! Al extremo del abra, en un promontorio, rodeado de verde. Hecho estatua, hecho estampa. Lnea y forma y mancha blanca en fondo verde. Orgullo, fama y arte en carne animal. Cuadro de belleza 43 encendida y libertad varonil. Ideal invicto y limpio de la eterna ilusin humana. Hoy palpito todo an al recordarlo. Silbido. Reto trascendental que sube y rompe la tela virginal de las nubes rojas. Orejas lanzas. Ojos rayos. Cola viva y ondulante, desafo movedizo. Pezua tersa y destructiva. Arrogante majestad de los campos. El momento es eterno. La eternidad momentnea. Ya no est, pero siempre estar. Debi de haber yeguas. Yo no las vi. Las reses siguen indiferentes. Mi caballo las sigue y yo vuelvo lentamente del mundo del sueo a la tierra del sudor. Pero ya la vida no volver a ser lo que antes fue. Aquella noche bajo las estrellas no dorm. So. Cunto so despierto y cunto so dormido yo no s. Slo s que un caballo blanco pobl mis sueos y los llen de resonancia y de luz y de violencia. Pas el verano y entr el invierno. El verde pasto dio lugar a la blanca nieve. Las manadas bajaron de las sierras a los valles y caadas. Y en el pueblo se comentaba que el brujo andaba por este o aquel rincn. Yo indagaba por todas partes su paradero. Cada da se me haca ms ideal, ms imagen, ms misterio. Domingo. Apenas rayaba el sol de la sierra nevada. Aliento vaporoso. Caballo tembloroso de fro y de ansias. Como yo. Sal sin ir a misa. Sin desayunarme siquiera. Sin pan y sardinas en las alforjas. Haba dormido mal y velado bien. Iba en busca de la blanca luz que galopaba en mis sueos. Al salir del pueblo al campo libre desaparecen los caminos. No hay rastro humano o animal. Silencio blanco, hondo y rutilante. Mi caballo corta el camino con el pecho y deja estela eterna, grieta abierta, en la mar cana. La mirada diestra y atenta puebla el paisaje hasta cada horizonte buscando el noble perfil del caballo mstico. Sera medioda. No s. El tiempo haba perdido su rigor. Di con l. En una ladera contaminada de sol. Nos vimos al mismo tiempo. Juntos nos hicimos piedra. Inmvil, absorto y jadeante contempl su belleza, su arrogancia, su nobleza. Esculpido en mrmol, se dej admirar. Silbido violento que rompe el silencio. Guante arrojado a la cara. Desafo y decreto a la vez. Asombro nuevo. El caballo que en verano se coloca entre la amenaza y la manada, oscilando a distancia de diestra a siniestra, ahora se lanza a la nieve. Ms fuerte que ellas, abre la vereda a las yeguas. y ellas lo siguen. Su fuga es lenta para conservar sus fuerzas. Sigo. Despacio. Palpitante. Pensando en su inteligencia. Admirando su valenta. Apreciando su cortesa. La tarde se alarga. Mi caballo cebado a sus anchas. Una a una las yeguas se van cansando. Una a una se van quedando a un lado. Solos! El y yo. La agitacin interna reboza a los labios. Le hablo. Me escucha y calla. 44 El abre el camino y yo sigo por la vereda que me deja. Detrs de nosotros una larga y honda zanja blanca que cruza la llanura. El caballo que ha comido grano y buen pasto sigue fuerte. A l, mal nutrido, se la han agotado las fuerzas. Pero sigue porque es l y porque no sabe ceder. Encuentro negro y manchas negras por el cuerpo. La nieve y el sudor han revelado la piel negra bajo el pelo. Mecheros violentos de vapor rompen el aire. Espumarajos blancos sobre la blanca nieve. Sudor, espuma y vapor. Ansia. Me sent verdugo. Pero ya no haba retorno. La distancia entre nosotros se acortaba implacablemente. Dios y la naturaleza indiferentes. Me siento seguro. Desato el cabestro. Abro el lazo. Las riendas tirantes. Cada nervio, cada msculo alerta y el alma en la boca. Espuelas tensas en ijares temblorosos. Arranca el caballo. Remolineo el cabestro y lanzo el lazo obediente. Vrtigo de furia y rabia. Remolinos de luz y abanicos de transparente nieve. Cabestro que silba y quema en la teja de la silla. Guantes violentos que humean. Ojos ardientes en sus pozos. Boca seca. Frente caliente. Y el mundo se sacude y se estremece. Y se acaba la larga zanja blanca en un ancho charco blanco. Sosiego jadeante y denso. El caballo mago es mo. Temblorosos ambos, nos miramos de hito en hito por un largo rato. Inteligente y realista, deja de forcejar y hasta toma un paso hacia m. Yo le hablo. Hablndole me acerco. Primero recula. Luego me espera. Hasta que los dos caballos se saludan a la manera suya. Y por fin llego a alisarle la crin. Le digo muchas cosas, y parece que me entiende. Por delante y por las huellas de antes lo dirig hacia el pueblo. Triunfante. Exaltado. Una risa infantil me brotaba. Yo, varonil, la dominaba. Quera cantar y pronto me olvidaba. Quera gritar pero callaba. Era un manojo de alegra. Era el orgullo del hombre adolescente. Me sent conquistador. El Mago ensayaba la libertad una y otra vez, arrancndome de mis meditaciones abruptamente. Por unos instantes se armaba la lucha otra vez. Luego seguamos. Fue necesario pasar por el pueblo. No haba remedio. Sol poniente. Calles de hielo y gente en los portales. El Mago lleno de terror y pnico por la primera vez. Hua y mi caballo herrado lo detena. Se resbalaba y caa de costalazo. Yo llor por l. La indignidad. La humillacin. La alteza venida a menos. Le rogaba que no forcejara, que se dejara llevar. Cmo me doli que lo vieran as los otros! Por fin llegamos a la casa. Qu hacer contigo, Mago? Si te meto en el establo o en el corral, de seguro te haces dao. Adems sera un insulto. No eres esclavo. No eres criado. Ni siquiera eres animal. Decid soltarlo en el potrero. All podra el Mago irse 45 acostumbrando poco a poco a mi amistad y compaa. De ese potrero no se haba escapado nunca un animal. Mi padre me vio llegar y me esper sin hablar. En la cara le jugaba una sonrisa y en los ojos le bailaba una chispa. Me vio quitarle el cabestro al Mago y los dos lo vimos alejarse, pensativos. Me estrech la mano un poco ms fuerte que de ordinario y me dijo: Esos son hombres. Nada ms. Ni haca falta. Nos entendamos mi padre y yo muy bien. Yo haca el papel de muy hombre pero aquella risa infantil y aquel grito que me andaban por dentro por poco estropean la impresin que yo quera dar. Aquella noche casi no dorm y cuando dorm no supe que dorma. Pues el soar es igual, cuando se suea de veras, dormido o despierto. Al amanecer yo ya estaba de pie. Tena que ir a ver al Mago. En cuanto aclar sal al fro a buscarlo. El potrero era grande. Tena un bosque y una caada. No se vea el Mago en ninguna parte pero yo me senta seguro. Caminaba despacio, la cabeza toda llena de los acontecimientos de ayer y de los proyectos de maana. De pronto me di cuenta que haba andado mucho. Aprieto el paso. Miro aprensivo a todos lados. Empieza a entrarme el miedo. Sin saber voy corriendo. Cada vez ms rpido. No est. El Mago se ha escapado. Recorro cada rincn donde pudiera haberse agazapado. Sigo la huella. Veo que durante toda la noche el Mago anduvo sin cesar buscando, olfateando, una salida. No la encontr. La invent. Segu la huella que se diriga directamente a la cerca. Y vi como el rastro no se detena sino continuaba del otro lado. El alambre era de pa. Y haba pelos blancos en el alambre. Haba sangre en las pas. Haba manchas rojas en la nieve y gotitas rojas en las huellas del otro lado de la cerca. All me detuve. No fui ms all. Sol rayante en la cara. Ojos nublados y llenos de luz. Lgrimas infantiles en mejillas varoniles. Grito hecho nudo en la garganta. Sollozos despacio y silenciosos. All me qued y me olvid de m y del mundo y del tiempo. No s cmo estuvo, pero mi tristeza era gusto. Lloraba de alegra. Estaba celebrando, por mucho que me dola, la fuga y la libertad del Mago, la transcendencia de ese espritu indomable. Ahora seguira siendo el ideal, la ilusin y la emocin. El Mago era un absoluto. A m me haba enriquecido la vida para siempre. All me hall mi padre. Se acerc sin decir nada y me puso el brazo sobre el hombro. Nos quedamos mirando la zanja blanca con flecos de rojo que se diriga al sol rayante. 46 Pollito Chicken (Vrgenes y mrtires, 1977) de Ana Lydia Vega (Puerto Rico 1946-) Un homme cheval sur deux cultures est rarement bien assis1 --Albert Memmi I really had a wonderful time, dijo Suzie Bermidez a su jefe tan pronto 2 puso un spikeheel en la oficina. San Juan is wonderful, corrobor el jefe con benvola inflexin, reprimiendo ferozmente el deseo de aadir: I wonder why you Spiks don't stay home and enjoy it. Todo lo cual nos pone en el aprieto de contarles el surprise return de Suzie Bermidez a su native land tras diez aos de luchas incesantes. Lo que la decidi fue el breathtaking poster de Fomento que vio en la travel agency del lobby de su building. El breathtaking poster mentado3 representaba una pareja de beautiful people holding hands en el funicular del Hotel Conquistador. Los beautiful people se vean tan deliriously happy y el mar tan strikingly blue y la puesta de sol4 --no olvidemos la puesta de sol a la Winston-tastes-good-- la puesta de sol tan shocking pink en la distancia que Susie Bermidez, a pesar de que no pasaba por el Barrio a pie ni bajo amenaza de ejecucin por la Mafia, a pesar de que prefera mil veces perder un fabulous job antes que poner Puerto Rican en las applications de trabajo y morir de hambre por no coger el Welfare o los food stamps como todos esos lazy, dirty, no-good bums que eran sus compatriotas, Suzie Bermidez, repito, sac todos sus ahorros5 de secretaria de housing project de negros --que no eran mejores que los New York Puerto Ricans pero por lo menos no eran New York Puerto Ricans-- y abord un 747 en raudo y uninterrupted flight hasta San Juan. Al llegar, se sinti all of a sudden como un frankfurter girando dcilmente en un horno de cristal. Le falt aire y tuvo que desperately hold on a la imagen del breathtaking poster para no echar a6 correr hacia el avin. La visin de aquella vociferante crowd disfrazada de colores aullantes7 y coronada por kilmetros de hair rollers la oblig a preguntarse si no era preferible coger un bus o algo por el estilo y refugiarse en los loving arms de su 1 Un hombre a caballo entre dos culturas rara vez est bien sentado A man riding between two cultures is rarely ever well-seated. 2 tan pronto as soon as 3 mentado = mencionado 4 puesta de sol sunset 5 ahorros savings ($) 6 echar a = empezar a 7 aullantes howling (i.e. sueperbright) 47 Grandma en el countryside de Lares. Pero on second thought se dijo 8 que ya haba hecho reservations en el Conquistador y que Grandma bastante bitchy que haba sido after all con ella y Mother diez aos ago. Por eso Dad nunca haba querido ---adems de que Grandma no poda verlo ni en pintura9 porque tena el pelo kinky-- casarse con Mother, por no cargar con la cruz de Grandma, siempre enferma con headaches y espasmos y athlete's foot y rheumatic fever y golondrinos all over y mil other dolamas 10. Por eso fue tambin que Mother se haba llevado a Suzie para New York y thank God, porque de haberse quedado en Lares11, la pobre Mother se hubiera muerto antes de lo que se muri all en el Bronx y de algo seguramente worse. Suzie Bermidez se mont en el station-wagon del Hotel Conquistador que estaba cundido12 de full-blood, flower-shirted, Bermuda-Shorted Continentals con Polaroid cameras colgando del cueIlo. Y--sera porque el station-wagon era air-conditioned-- se sinti como si estuviera bailando un fox-trot en la azotea del Empire State Building. Pens con cierto amusement en lo que hubiese sido de ella 13 si a Mother no se le ocurre la brilliant idea de emigrar. Se hubiera casado con algn drunken bastard de billar, de esos que nacen con la caneca14 incrustada en la mano y encierran a la fat ugly housewife en la casa con diez screaming kids entre los cellulitic muslos mientras ellos hacen pretty-body y le aplanan la calle a15 cualquier shameless bitch. No, thanks. Cuando Suzie Bermidez se casara porque maybe se casara para pagar menos income tax-- sera con un straight All American, Republican, church-going, Wall-Street como businessman, su jefe Mister Bumper porque sos s que son good husbands y tratan a sus mujeres como real ladies criadas con el manual de Amy Vanderbilt y todo. Por el camino observ nevertheless la transformacin de Puerto Rico. Le pareci very encouraging aquella proliferacin de urbanizaciones, fbricas, condominios, carreteras y shopping centers. Y todava esos filthy, no-good Communist terrorists se atrevan a hablar de independencia. A ella s que no le iban hacer swallow esa crap. Con lo atrasada y underdeveloped que ella haba dejado esa isla diez aos ago. Aprender a hablar good English, a recoger el trash que tiraban como savages en las calles y a comportarse16 como decent people era lo que tenan que hacer y dejarse de17 tanto fuss. El Conquistador se le apareci como un castillo de los Middle Ages surgido de las olas. Era just what she had always dreamed about. Su intempestivo one-week leave comenz a 8 9 se dijo she told herself no poda verlo ni en pintura she couldnt stand the sight of him (literally, "she couldnt stand to see him, not even see him in a painting") 10 dolamas ailments 11 de haberse quedado en Lares had she stayed in Lares 12 cundido = lleno 13 lo que hubiese sido de ella what wouldve become of her 14 caneca rum bottle 15 hacen pretty body y le aplanan la calle [basically, while they cheat on their wives with] 16 comportarse behave themselves 17 dejarse de stop making 48 cobrar sentido ante esa ravishing view. Tan pronto hizo todos los arrangements de rigor 18, Suzie se precipit hacia su de luxe suite para ponerse el sexy polkadot bikini que haba comprado en Gimbers especialmente para esta fantastic occasion. Se pas un peine por los cabellos teidos19 de Wild Auburn y desrizados20 con Curl-free, se pint las labios de Bicentennial Red para acentuar la blancura de los dientes y se frot una gota de Evening in the South Seas detrs de cada oreja. Minutos despus, sufri su primer down cuando le informaron que el funicular estaba out of order. Tendra que substituir la white-sanded, palm-lined beach por el pentagonal swimming pool, abortando as su exciting sueo del breathtaking poster. Mas21 --Such is life se dijo Suzie y alquil una chaise-longue a orillas del pentagonal swimming pool just beside the bar. El mozo le sirvi al instante un typical drink llamado pia colada que la sorprendi very positively. Ella perteneca a la generacin del mav y el guarapo 22 que no eran precisamente what she would call sus typical drinks favoritos. Alrededor del pentagonal swimming pool abundaba, por sobre los full-blood Americans, la fauna local. Un altoparlante23 difunda meliflua Music from the Tropics, cantada por un crooner de quivering voice y disgusting goleta24 English, mientras los atlticos Latin specimens modelaban sus biceps en el trampoln. Suzie Bermidez busc en vano un rostro pecoso, un rubicundo 25 crew-cut hacia el cual dirigir sus batientes eyelashes. Unfortunately, el grupo era predominantly senil, compuesto de Middle-class, Suburban Americans estrenando su primer cheque del Social Security. --Ujt ej pueltorriquea, noveld? 26 pregunt un awful hombrecito de no ms de three feet de alto, emborujado como un guineo nio27 en un imitation Pierre Cardin mini-suit. --Sorry 18 19 de rigor = necesarios teidos dyed 20 desrizados straightened 21 mas = pero (but) [ms con acento significa more"] 22 mav y guarapo 2 Puerto Rican drinks made from sugar cane 23 altoparlante loudspeaker 24 goleta English broken English 25 pecoso...rubicundo freckly... reddish blonde 26 = Usted es puertorriquea, no es verdad? 27 emborujado como un guineo nio wrapped like a baby banana 49 murmur Suzie con magna indiferencia. Y ponindose los sunglasses, abri el bestseller de turno en la pgina exacta en que el negro haitiano hipnotizaba a su vctima blanca para efectuar unos primitive Voodoo rites sobre su naked body. Tres pias coladas later y post violacin de la protagonista del best-seller, Suzie no tuvo ms remedio que comenzar a inspeccionar los native specimens con el rabo del ojo. 28 Y -sera seguramente porque el poolside no era air-conditioned-- fue as que nuestra herona realized que los looks del bartender calentaban ms que el sol de las three o'clock sobre un techo de zinc. Cada vez que los turgent breasts de Suzie amenazaban con brotar como dos toronjas maduras del bikini-bra, al hombre se le queran salir los eyeballs de la cara. Hubo como un subtle espadeo de looks antes de que la tmida y ladylike New York housing project secretary se atreviese a posar la vista en los hairs del tarznico 29 pecho. In the meantime, los ojos del bartender descendan one-way elevators hacia parajes ms frtiles y frondosos. Y Suzie Bermidez sinti que la empujaban fatalmente, a la hora del ms febril rush, hacia un sudoroso, maloliente y alborotoso streetcar named desire. Tan confused qued la blushing young lady tras este discovery que, recogiendo su Coppertone suntan oil, su beach towel y su terry-cloth bata30, huy desperately hacia el de luxe suite y se cobij bajo los refreshing mauve bedsheets de su cama queen size. Oh my God, murmur, sonrojndose 31 como una frozen strawberry al sentir que sus platinum-frosted fingernails buscaban, independientemente de su voluntad32, el telfono. Y con su mejor falsetto de executive secretary y la cabeza girndole como desbocado merry-go-round, dijo: --This is Miss Bermidez, room 306. Could you give me the bar, please? --May I help you? inquiri una virile baritone voz con acento digno de Comisionado Residente en Washington. Esa misma noche, el bartender confes a sus buddies hangueadores de lobby que: La tipa33 del 306 no se sabe si es gringa o pueltorra34, brdel35. Pide room service en ingls legal pero, cuando la pongo a gozal36, abre la boca a grital en boricua 37. 28 29 el rabo del ojo the corner of her eye tarznico Tarzan-like 30 bata robe 31 sonrojndose blushing 32 independientemente de despite herself (despite her will) 33 tipa mujer 34 pueltorra =puertorriquea 50 --Y qu dice? respondi cual coro de salsa su fan club de vidos aspirantes a tumbagringas 38. Entonces el admirado mamitlogo39 narr como, en el preciso instante en que las platinum-frosted fingernails se incrustaban passionately en su afro, desde los skyscrapers inalcanzables de un intra-uterine orgasm, los half-opened lips de Suzie Bermidez producan el sonoro mugido 40 ancestral de: --VIVA PUELTO RICO LIBREEEEEEEEEEEEEEEE!41 35 36 brdel = brother cuando la pongo a gozal = cuando la pongo a gozar (when Im having sex with her) 37 abre la boca a grital [gritar] en boricua opens her mouth and starts screaming in Puerto Rican 38 aspirantes a tumbagringas gringa-seducer wannabes 39 mamitlogo --> play on words with "mami" (=babe / chick) and "-logo" (meaning ,,expert in), rendering "mamitologist", which would be something like "babeologist" or "chickologist" 40 41 mugido bellow = VIVA PUERTO RICO LIBRE ! the classic Puerto Rican cry for independence...... 51 ANTOLOGA DE POESA A. EDAD MEDIA Jarchas Mozrabes (siglos XI-XIII) -- primera lrica en una lengua romance: el mozrabe Mi corazn se me va de m oh seor, acaso a m tornar? Cun fuerte es mi dolor por el amado! Enfermo est,cundo sanar? Qu har, madre? Mi amigo est (estd +ad) a la puerta. 52 Di,qu har, cmo podr vivir? Espero a este amado, porl morir. Qu har o qu ser de m? Amigo mo, no te le alejes de mi lado. Decid vosotras, ay hermanillas, cmo contener mi mal? Sin el amigo no vivir; adnde le ir a buscar? 53 Las Glosas Emilianenses (Siglo X) -Primeros textos escritos en romance castellano http://www.vallenajerilla.com/glosas/ http://cvc.cervantes.es/actcult/camino_santiago/cuarta_etapa/san_millan/ Sriptorium del Monasterio de San Milln de la Cogolla http://www.arteguias.com/romanico_sanmillancogolla.htm Glosas Emilianenses: Page 72 of the Aemilianensis 60 codex. A gloss can be noticed on the right side. 54 Alfonso X el Sabio (1221-1284), Cantigas de Santa Mara (Lrica en gallego) http://www.pbm.com/~lindahl/cantigas/ http://www.musicalizando.com/catalogo/index_catalogo/poema.php?CatalogoII=1310&i d_cancion=1217 (audio del prlogo) Este o prologo das cantigas de Santa Maria, ementando as cousas que mester eno trobar Porque trobar cousa en que jaz entendimento, poren queno faz -o d'aver e de razon assaz, per que entenda e sbia dizer o que entend' e de dizer lle praz, ca ben trobar assi s' de ffazer. E macar eu estas duas non ey com' eu querria, pero provarei a mostrar ende un pouco que sei, confiand' en Deus, ond' o saber ven; ca per ele tenno que poderei mostrar do que quero alga ren. E o que quero dizer loor da Virgen, Madre de Nostro Sennor, Santa Maria, que st' a mellor 55 cousa que el fez; e por aquest' eu quero seer oy mais seu trobador, e rogo-lle que me queira por seu Trobador e que queira meu trobar reeber, ca per el quer' eu mostrar dos miragres que ela fez; e ar querrei-me leixar de trobar des i por outra dona, e cuid' a cobrar per esta quant' enas outras perdi. Ca o amor desta Sen[n]or tal, que queno sempre per i mais val; e poi-lo gaannad' , non lle fal, senon se per sa grand' ocajon, querendo leixar ben e fazer mal, ca per esto o perd' e per al non. Poren dela non me quer' eu partir, ca sei de pran que, se a ben servir, que non poderei en seu ben falir de o aver, ca nunca y faliu quen llo soube con meree pedir, ca tal rogo sempr' ela ben oyu. Onde lle rogo, se ela quiser, que lle praza do que dela disser en meus cantares e, se ll'aprouguer, que me d gualardon com' ela d aos que ama; e queno souber, por ela mais de grado trobar. 56 Cantar de Mio Cid (c. 1207): Poesa pica castellana Primer folio del Manuscrito (siglo XIV) http://www.laits.utexas.edu/cid/ http://www.laits.utexas.edu/cid/main/folio.php?f=01r&v=nor http://aaswebsv.aas.duke.edu/celestina/MIO-CID/ 57 Audicin: Escuchen una lectura del Cantar de Mio Cid en: http://www.laits.utexas.edu/cid/main/folio.php?f=01r&v=nor http://www.laits.utexas.edu/cid/ http://www.cadenaser.com/comunes/2007/viajero/miocid/audio_ser.html (versin modernizada) http://cuadernodeletras.blogspirit.com/archive/2006/12/05/5c691ee4ad7f0b0a706459191240f8e2.html Escuchen tambin a Manuel Dicenta recitar las primeras tiradas del Cantar de Mio Cid con el destierro del hroe: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz1.php&wid=1295 [Mio id movi de Bivar pora Burgos adeliado, assi dexa sus palaios yermos e desheredados.] De los sos ojos tan fuertemientre llorando, [principio del folio] tornava la cabea e estvalos catando, vio puertas abiertas e uos sin caados, alcndaras vazas, sin pielles e sin mantos e sin falcones e sin adtores mudados. Sospir mio id, ca mucho avi grandes cuidados, fabl mio id bien e tan mesurado: -Grado a ti, Seor, Padre que ests en alto, esto me an buelto mios enemigos malos.All pienssan de aguijar, all sueltan las riendas, a la exida de Bivar ovieron la corneja diestra e entrando a Burgos ovironla siniestra. Mei mio id los ombros e engrame la tiesta, -Albriia, lbar Fez, ca echados somos de tierra!Mas a grand onrra entraremos a Castiella Mio id Ruy Daz por Burgos entrve, en su conpaa sessaenta pendones, exinlo veer mugieres e varones, burgeses e burgesas por las finiestras sone, plorando de los ojos, tanto avin el dolore, de las sus bocas todos dizan una razne: -Dios, qu buen vassallo, si oviesse buen seore!Conbidarle ien de grado, mas ninguno non osava, el rey don Alfonso tanto avi la grand saa, antes de la noche, en Burgos d'l entr su carta con grand recabdo e fuertemientre seellada, que a mio id Ruy Daz que nadi nol' diessen posada, que aquel que gela diesse sopiesse vera palabra. que perdiere los averes e ms los ojos de la cara, e aun dems los cuerpos e las almas. Grande duelo avien las yentes cristianas... [fin del primer folio] 58 Mester de Clereca: Gonzalo de Berceo (siglo XIII) Milagros de Nuestra Seora La Cuaderna va Definicin: La Cuaderna va es una estrofa de cuatro versos de catorce slabas (alejandrinos) monorrimos con rima consonante (perfecta): AAAA BBBB CCCC ... Por ser versos compuestos (de ms de once slabas) se dividen en dos hemistiquios de siete slabas cada uno. El mester de clerecia no sigue la sinalefa. Yo maestro Gonalvo // de Berceo nomnado yendo en romera // cae en un prado, verde e bien senido, // de flores bien poblado, logar cobdiiaduero // pora omne cansado. 7+7= 7+7= 7+7= 7+7= 14 14 14 14 A A A A Introduccin [fragmento] Amigos e vasallos de Dios omnipotent, si vos me escuchssedes por vuestro consiment, querravos contar un buen adveniment: terrdeslo en cabo por bueno verament. Yo maestro Gonalvo de Berceo nomnado yendo en romera cae en un prado, verde e bien senido, de flores bien poblado, logar cobdiiaduero pora omne cansado. 1 2 59 Daban olor sovejo las flores bien olientes, refrescavan en omne las caras e las mientes, manavan cada canto fuentes claras corrientes, en verano bien frias, en ivierno calientes. Avin grand abondo de buenas arboledas, milgranos e figueras, peros y manzanedas e muchas otras fructas de diversas monedas; mas non avi ningunas podridas nin azedas. La verdura del prado, la olor de las flores, las sombras de los rboles de temprados savores, refrescronme todo, y perd los sudores: podri vevir el omne con aquellos olores. Nunqua trob en sieglo lugar tan deleitoso, nin sombra tan temprada, nin olor tan sabroso; descargu mi ropiella por yazer ms viioso, posme a la sombra de un rbor fermoso. Yaziendo a la sombra perd todos cuidados, od sonos de aves dulces e modulados: nunqua udieron omnes rganos ms temprados, nin que formar pudiessen sones ms acordados. [.....] Seores e amigos, lo que dicho avemos palavra es oscura, esponerla queremos; tolgamos la corteza, al meollo entremos, prendamos lo de dentro, lo de fuera dejemos. 3 4 5 6 7 16 60 Comentario de textos: El Romancero Romances del Enamorado y la Muerte. Romances del Ciclo del Cid Campeador Repaso: Versificacin Nota I: Cmputo silbico. Para poder hacer el cmputo silbico de un verso es necesario entender el concepto de slaba mtrica (o potica). Ser necesario: a) Saber contar slabas gramaticales [vocales fuertes y dbiles, diptongos] b) Al contar el nmero de slabas gramaticales, tener en cuenta las Sinalefas (una palabra terminada en vocal se une a la slaba de la siguiente palabra si sta empieza tambin con vocal. Se cuenta slo una slaba mtrica. La re gla general es: El encuentro de dos o ms vocales inacentuadas en palabras contiguas forman sinalefa obligatoriamente: "tendido yo a la sombra est cantando" tiene trece slabas gramaticales pero slo 11 mtricas por las sinalefas. c) Diferenciar entre verso llano, agudo o esdrjulo. A estos ltimos se aade u omite una slaba respetivamente. d) Considerar la posibilidad de que el poeta utilice alguna licencia potica: Hiato (no hacer la sinalefa); Diresis (cuando en el interior de una palabra se deshace un diptongo--un diptongo se pronuncia como dos slabas ["con sed insa-ci-a-ble (7 slabas en lugar de in-sa-cia-ble]. Crel, save, rido...la diresis deshace el diptongo.); Sinresis (cuando en el interior de una palabra se consideran formando diptongo, y por tanto como una sola slaba mtrica, dos vocales fuertes que normalmente se consideraran dos ncleos silbicos independientes [poe-ta en vez de po-e-ta; leal-tad en vez de le-al-tad] e) Reconocer los versos ms comunes: heptaslabos, octoslabos y endecaslabos, indicando con letra minscula o mayscula si el verso es de Arte Menor (8 o menos slabas) o de Arte Mayor (ms de 8 slabas) respectivamente. 61 f) Distinguir la Rima asonante de la Rima consonante (o perfecta) reconociendo el tipo de combinaciones ( abrazada, cruzada, encadenadas, etc.) y los principales esquemas estrficos. Rima asonante: Slo se repiten los sonidos voclicos a partir de la ltima vocal acentuada de cada verso. Por ejemplo, un verso que acabe con la palabra "sueo" rima en asonante con otro que termine en "beso", "cuento", "celo", etc. Ntese que cuando hay un diptongo en rima: se tiene slo en cuenta la vocal abierta (a, e, o), se ignoran las cerradas: agua y magia riman en asonante con blancas. As viento puede rimar con peso; odio con moro, etc. Si los versos acaban en palabra esdrjula, la rima se apoya en la ltima vocal tnica y en la vocal final, prescindindose de la vocal intermedia. As, cntico puede rimar con paso o con caso o con trago, etc.; pstumo, con moro o con lodo, etc Nota II: Romance: poema no estrfico: serie de un nmero indeterminado de versos octoslabos, con rima asonante slo en los versos pares: a partir del sptimo acento se repiten slo las vocales, (si en la rima hay un diptongo, slo es obligatorio que se repita su vocal fuerte). Caractersticas: annimo, de transmisin oral, narrativo, sin fin moral ni didctico; forma dialogada; breve: reducido a lo esencial: comienzo abrupto, transiciones bruscas sin nexos lgicos, final trunco; fragmentos: a causa del tipo de transmisin oral y escrita a partir de la invencin de la imprenta vive en variantes . Audicin: Escuchen la versin del romance de El enamorado y la Muerte en: http://antologiapoeticamultimedia.blogspot.com/2006/08/romance-del-enamorado-y-la-muerte.html (canta Amancio Prada) Comprensin: A medida que lean el romance, vayan contestando las siguientes preguntas: Quin habla? Quin explica la historia? Dnde est? Quin llega? Cmo es? Qu le dice? Cmo reacciona el protagonista? Qu hace? Adnde va? Qu ocurre? Cmo termina? Qu propsito puede tener este romance? Comentario de texto: A continuacin, hagan un anlisis completo de este romance indicando cmo ejemplifica las caractersticas tpicas del gnero. Fjense, particularmente, en su forma dialogada y los cambios de voces que presenta. Finalmente, piensen que como lectores del Siglo XXI nuestra lectura probablemente es anacrnica, muy distinta a la que se esperaba de los oyentes/lectores a quienes iba dirigido originalmente. Yo me estaba reposando anoche como sola, soaba con mis amores, que en mis brazos se dorman. Vi entrar seora tan blanca muy ms que la nieve fra. - Por dnde has entrado, amor? Cmo has entrado, mi vida? Las puertas estn cerradas, ventanas y celosas. - No soy el amor, amante: La Muerte que Dios te enva. - Hay Muerte tan rigurosa, djame vivir un da! - Un da no puedo darte, - una hora tienes de vida. Muy deprisa se levanta, ms deprisa se vesta. Ya se va para la calle, en donde su amor viva. - breme la puerta, blanca, breme la puerta nia! - La puerta cmo he de abrirte si la ocasin no es venida? Mi padre no fue a palacio, mi madre no est dormida. - Si no me abres esta noche, ya nunca ms me abriras; 62 la muerte me anda buscando, junto a ti vida sera. - Vete bajo la ventana donde bordaba y cosa, te echar cordel de seda para que subas arriba, si la seda no alcanzare, mis trenzas aadira. Ya trepa por el cordel, ya toca la barandilla, la fina seda se rompe, l como plomo caa. La Muerte le est esperando abajo en la tierra fra: Vamos, el enamorado, la hora ya est cumplida. Dos romances del ciclo del Cid Campeador Comentario de texto: Investiguen un poco sobre la vida de Rodrigo Daz de Vivar (1040?-1099) para determinar a qu hechos histricos se refieren estos dos romances de la muerte del rey don Fernando I y de la jura que el Cid tom al rey Alfonso VI en Burgos. Note tambin que aunque en el Cantar de mio Cid no se nos cuentan estos episodios, el poema comienza con los preparativos de la salida al destierro de Rodrigo de las tierras de Alfonso VI. Cfr. http://poesiadelmomento.com/Zamora/enlaces.html Romance de la infanta doa Urraca --Morir vos queredes, padre, San Miguel vos haya el alma! Mandastes las vuestra tierras a quien se vos antojara: diste a don Sancho a Castilla, Castilla la bien nombrada, a don Alfonso a Len con Asturias y Sanabria, a don Garca a Galicia con Portugal la preciada, y a m, porque soy mujer, dejisme desheredada! Irme he yo de tierra en tierra como una mujer errada; mi lindo cuerpo dara a quien bien se me antojara, a los moros por dinero y a los cristianos de gracia; de lo que ganar pudiere, har bien por vuestra alma. All preguntara el rey: --Quin es esa que as habla? Respondiera el arzobispo: --Vuestra hija doa Urraca. --Calledes, hija, calledes, no digades tal palabra, que mujer que tal deca mereca ser quemada. All en tierra leonesa un rincn se me olvidaba, Zamora tiene por nombre, Zamora la bien cercada, de un lado la cerca el Duero, del otro pea tajada. Quien vos la quitare, hija, la mi maldicin le caiga! Todos dicen: "Amen, amen", sino don Sancho que calla. Romance de Santa Gadea de Burgos Audicin: http://www.xtec.es/~mbelanch/rdefinitivo/cid.wav 63 En Santa gueda de Burgos, do juran los hijosdalgo, all toma juramento el Cid al rey castellano, si se hall en la muerte del rey don Sancho su hermano. Las juras eran muy recias, el rey no las ha otorgado: -villanos te maten, rey, villanos que non hidalgos de las Asturias de Oviedo, que non sean castellanos; si ellos son de Len, yo te los do por marcados; caballeros vayan en yeguas, en yeguas que no en caballos; las riendas traigan de cuerda y no con frenos dorados. Abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; traigan capas aguaderas, no capuces ni tabardos; con camisones de estopa, no de holanda ni labrados; squente el corazn vivo, por el derecho costado, si no dices la verdad de lo que te es preguntado: si t fuiste o consentiste en la muerte de tu hermano. All habl un caballero de los suyos ms privado: -haced la jura, buen rey, no tengis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor ni papa descomulgado. All respondi el buen rey, bien oiris lo que ha hablado: -mucho me aprietas Rodrigo; Rodrigo, mal me has tratado; mas hoy me tomas la jura, cras me besars la mano. All respondi el buen Cid, como hombre muy enojado: -aqueso ser, buen rey, como fue galardonado, porque all en cualquiera tierra dan sueldo a los hijosdalgo. -Por besar mano de rey no me tengo por honrado, porque la bes mi padre me tengo por afrentado. -Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado; vete, no me entres en ellas hasta un ao pasado. -Plceme, dijo el buen Cid, plceme, dijo, de grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado. -T me destierras por uno, yo me destierro por cuatro. Ya part el buen Cid sin al rey besar la mano; ya se parte de sus tierras de Vivar, e sos palacios: las puertas deja cerradas, los alamudes echados, las cadenas deja llenas de podencos e de galgos; slo lleva sus halcones, los pollos y los mudados. con l iban los trescientos caballeros hijosdalgo; los unos iban a mula y los otros a caballo; todos llevan lanza en puo, con el hierro acicalado, y llevan sendas adargas con borlas de colorado. por una ribera arriba al Cid van acompaando; acompandolo iban mientras l iba cazando. Apndice: Continuidad de la tradicin oral. El romancero sefard y el corrido mexicano 64 65 Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre [fragmentos] Audicin: Escuchen a Rafael Alberti recitando el poema y la versin de Paco Ibaez en: http://www.poesi.as/canc0056b.htm http://antologiapoeticamultimedia.blogspot.com/2006/08/coplas-por-la-muerte-de-su-padre.html Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cmo se pasa la vida, cmo se viene la muerte tan callando, cun presto se va el placer, cmo, despus de acordado, da dolor; cmo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor. ... Nuestras vidas son los ros que van a dar en la mar, que es el morir; all van los seoros derechos a se acabar y consumir; all los ros caudales, all los otros medianos y ms chicos, y llegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos. ... Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar. Partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos; as que cuando morimos descansamos. ... Los placeres y dulzores de esta vida trabajada que tenemos, no son sino corredores, y la muerte, la celada en que caemos. No mirando nuestro dao, 66 corremos a rienda suelta sin parar; desque vemos el engao y queremos dar la vuelta, no hay lugar. ... Esos reyes poderosos que vemos por escrituras ya pasadas, por casos tristes, llorosos, fueron sus buenas venturas trastornadas; as que no hay cosa fuerte, que a papas y emperadores y prelados, as los trata la muerte como a los pobres pastores de ganados. ... Aqul de buenos abrigo, amado por virtuoso de la gente, el maestre don Rodrigo Manrique, tanto famoso y tan valiente; sus grandes hechos y claros no cumple que los alabe, pues los vieron, ni los quiero hacer caros pues que el mundo todo sabe cules fueron. ... Despus de puesta la vida tantas veces por su ley al tablero; Apndice: La Edad Media y la lectura alegrica despus de tan bien servida la corona de su rey verdadero: despus de tanta hazaa a que no puede bastar cuenta cierta, en la su villa de Ocaa vino la muerte a llamar a su puerta, diciendo: Buen caballero, dejad el mundo engaoso y sus halagos; vuestro corazn de acero, muestre su esfuerzo famoso en este trago; y pues de vida y salud hicisteis tan poca cuenta por la fama, esfurcese la virtud para sufrir esta afrenta que os llama. ... As, con tal entender, todos sentidos humanos conservados, cercado de su mujer y de sus hijos y hermanos y criados, dio el alma a quien se la dio (la cual la dio en el cielo en su gloria), que aunque la vida perdi dejnos harto consuelo su memoria. 67 B. EL SIGLO DE ORO El Renacimiento (Siglo XVI): Garcilaso de la Vega (1501-1536) Nota I: Porque estando un da en Granada con el Navagero, al cual por haver sido varn tan celebrado en nuestros das he querido aqu nombrarlle a vuestra seora, tratando con l en cosas de ingenio y de letras y especialmente en las variedades de muchas lenguas, me dixo por qu no provava en lengua castellana sonetos y otras artes de trobas usadas por los buenos autores de Italia, y no solamente me lo dixo ass livianamente, mas an me rog que lo hiziesse. Partme pocos das despus para mi casa, y con la largueza y soledad del camino discurriendo por diversas cosas, fui a dar muchas vezes en lo que el Navagero me havia dicho. Y assi comenc a tentar este gnero de verso, en el cual al principio hall alguna dificultad por ser muy artificioso y tener muchas particularidades diferentes del nuestro. Pero despus, parecindome qui con el amor de las cosas proprias que esto comenzava a sucederme bien, fui poco a poco metindome con calor en ello. Mas esto no bastara a hazerme passar muy adelante, si Garcilasso con su juizio... (Juan Boscn relata a la duquesa de Soma su conversacin con Andreas Navagerus en Granada durante las bodas de Carlos V en 1526) Soneto XXIII Tema: Carpe diem En tanto que de rosa y azucena se muestra la color en vuestro gesto, y que vuestro mirar ardiente, honesto. con clara luz la tempestad serena; y en tanto que el cabello, que en la vena del oro se escogi, con vuelo presto por el hermoso cuello blanco, enhiesto, el viento mueve, esparce y desordena: coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto antes que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre. [enciende al corazn y lo refrena*] 68 Marchitar la rosa el viento helado, todo lo mudar la edad ligera por no hacer mudanza en su costumbre. * Lectura de Francisco de Herrera Nota II: el Soneto Poema estrfico compuesto de dos cuartetos y dos tercetos de versos endecaslabos (11 slabas mtricas) con rima consonante en un esquema fijo: ABBA:ABBA Los tercetos de versos endecaslabos admiten ms variacin: 1. dos rimas alternas CDC:DCD paralelas CCD:CCD 2. tres rimas correlativas CDE:CDE cruzadas CDE:DCE abrazadas CDE:DEC invertidas CDE:EDC El soneto debe caracterizarse por contener un solo pensamiento (segn Rengifo: "debe encerrar en s un solo concepto, sin que falte ni sobre nada.") que avanza bien definido hasta el ltimo verso donde se concentra y culmina toda la carga de pensamiento y emocin. La octava suele presentar el problema, el primer terceto expone el nudo y el segundo la resolucin. Muchas veces el ltimo verso tiene forma epigramtica Apndice: La artificiosidad del soneto Soneto a Violante Un soneto me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tanto aprieto; catorce versos dicen que es soneto, burla burlando van los tres delante. Yo pens que no hallara consonante y estoy en la mitad de otro cuarteto, mas si me veo en el primer terceto, no hay cosa en los cuartetos que me espante. Por el primer terceto voy entrando, y parece que entr con pie derecho pues fin con este verso le voy dando. Ya estoy en el segundo y aun sospecho que voy los trece versos acabando: contad si son catorce y est hecho (Lope de Vega , 1562-1635) Soneto con repeticin Guarda mundo tu flaca fortaleza, Fortaleza de carne no la quiero, Quiero servir a aquel en quien s espero, Espero har de roble mi flaqueza. Flaqueza en la virtud es gran vileza, Invencin rara, que en el marmol rudo No sin arte grab, maravilloso, De su mano, su nombre prodigioso, Entretejido en flores el escudo. Oh! As permita el cielo que se entregue Lince tal mi atencin en imitarte, I en el mar de la Ciencia as se anegue Vileza no consiente un cauallero, Cauallero en la sangre, no en dinero, Dinero que escurece la nobleza. Nobleza verdadera en Dios se halla, Hllala el que a s mismo despreciando, Preciando a solo Dios en l se honra. Honra Dios a los suyos, quando calla, Calla, porque en silencio est ayudando Dando paciencia y honra en la deshonra. (Juan Daz Rengifo) Soneto acrstico Mquinas primas de su ingenio agudo A Arqumedes, artfice famoso, Raro renombre dieron de ingenioso: Tanto el afn y tanto el arte pudo! 69 Vajel, que--al discurrir por alcanzarte-Alcance que el que a ver la hechura llegue, Sepa tu nombre del primor del Arte. (Sor Juana Ins de la Cruz) Soneto en a a Antonia Antes alegre andaba; agora apenas alcanzo alivio, ardiendo aprisionado; armas a Antandra aumento acobardado; aire abrazo, agua aprieto, aplico arenas. Al spid adormido, a las amenas ascuas acerco atrevimiento alado; alabanzas acuerdo al aclamado aspecto, aquien admira antigua Atenas. Agora, amenazndome atrevido, Amor aprieta arcos, aljaba; aguardo al arrogante agradecido. Apunta airado; al fin amando, acaba aqueste amante al rbol alto asido, adonde alegre, ardiendo, antes amaba. (Francisco de Quevedo) Soneto cremallera De arriba abajo o bien de abajo arriba, este camino lleva hacia s mismo-simulacro de cima ante el abismo, rbol que se levanta o se derriba. Quien en la alterna imagen lo conciba ser el poeta de este paroxismo, en un amanecer de cataclismo nufrago que a la arena al fin arriba, vanamente eludiendo su reflejo, antagonista de la simetra para llegar hasta el dorado gajo, visionario amarrndose a un espejo obstinado hacedor de la poesa, de abajo arriba o bien de arriba abajo. (Julio Cortzar, Siglo XX) Ejercicio de Comparacin y Contraste: Compare la forma y el contenido de los dos sonetos siguientes: Garcilaso de la Vega (1501-1536) Soneto XXIII En tanto que de rosa y azucena se muestra la color en vuestro gesto, y que vuestro mirar ardiente, honesto. con clara luz la tempestad serena; y en tanto que el cabello, que en la vena del oro se escogi, con vuelo presto por el hermoso cuello blanco, enhiesto, el viento mueve, esparce y desordena: coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto antes que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre. Marchitar la rosa el viento helado, todo lo mudar la edad ligera por no hacer mudanza en su costumbre. William Shakespeare (1564-1616) Sonnet I From fairest creatures we desire increase, That thereby beauty's rose might never die, But as the riper should by time decease, His tender heir might bear his memory: But thou contracted to thine own bright eyes, Feed'st thy light's flame with self-substantial fuel, Making a famine where abundance lies, Thy self thy foe, to thy sweet self too cruel: Thou that art now the world's fresh ornament, And only herald to the gaudy spring, Within thine own bud buriest thy content, And, tender churl, mak'st waste in niggarding: Pity the world, or else this glutton be, To eat the world's due, by the grave and thee. Audicin de este soneto en:http://www.shakespeareintune.com/Sonnet_1. html 70 http://www.larrygleason.com/sonnets/sonnet_01. html Vean tambin un analisis en: http://www.hup.harvard.edu/features/venart/sonn et1_com.html Renacimiento (siglo XVI): Fray Luis de Len (1527-1591) Vida retirada Tema del Beatus Ille Audicin: Escuchen la versin de Gabriel Sotres en: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz1.php&wid=1034 Qu descansada vida la del que huye el mundanal rudo y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido! Que no le enturbia el pecho de los soberbios grandes el estado, 5 71 ni del dorado techo se admira, fabricado del sabio moro, en jaspes sustentado. No cura si la fama canta con voz su nombre pregonera, ni cura si encarama la lengua lisonjera lo que condena la verdad sincera. Qu presta a mi contento si soy del vano dedo sealado, si en busca de este viento ando desalentado con ansias vivas y mortal cuidado? Oh campo, oh monte, oh ro! Oh secreto seguro deleitoso! roto casi el navo, a vuestro almo reposo huyo de aqueste mar tempestuoso. Un no rompido sueo, un da puro, alegre, libre quiero; no quiero ver el ceo vanamente severo de quien la sangre ensalza o el dinero. Despirtenme las aves con su cantar save no aprendido, no los cuidados graves de que es siempre seguido quien al ajeno abitrio est atenido. Vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo a solas, sin testigo, libre de amor, de celo, de odio, de esperanzas, de recelo. Del monte en la ladera por mi mano plantado tengo un huerto, que con la primavera de bella flor cubierto, ya muestra en esperanza el fruto cierto. 10 15 20 25 30 35 40 45 72 Y como codiciosa de ver y acrecentar su hermosura, desde la cumbre airosa una fontana pura hasta llegar corriendo se apresura. Y luego sosegada el paso entre los rboles torciendo, el suelo de pasada de verdura vistiendo, y con diversas flores va esparciendo. El aire el huerto orea, y ofrece mil olores al sentido, los rboles menea con un manso rudo, que del oro y del cetro pone olvido. Tnganse su tesoro los que de un flaco leo se confan: no es mo ver al lloro de los que desconfan cuando el cierzo y el brego porfan. La combatida antena cruje, y en ciega noche el claro da se torna; al cielo suena confusa vocera, y la mar enriquecen a porfa. A m una pobrecilla mesa, de amable paz bien abastada me baste, y la vajilla de fino oro labrada, sea de quien la mar no teme airada. Y mientras miserablemente se estn los otros abrasando en sed insacable del no durable mando, tendido yo a la sombra est cantando. A la sombra tendido de yedra y lauro eterno coronado, puesto el atento odo al son dulce, acordado, 50 55 60 65 70 75 80 73 del plectro sabiamente meneado. 85 Estrofa: Lira (estrofa con 5-7 versos de once y de siete slabas, con rima consonante en el esquema: aBabB Slabas: 1 2 3 45 6 Qu descansada vida 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 la del que | huye_el mundanal ru--do 1 2 3 4 5 6 y sigue la_escondida 1 2 3 4 5 6 senda por donde_han ido 7 11 [hiato y diresis] 7 7 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 los pocos sabios que_en el mundo_han sido! Poetas msticos: Santa Teresa de Jesus (1515-1582) 74 Audicin: Escuchen las siguientes versiones de Vivo sin vivir en mi: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz.php&wid=247 (audio) http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz.php&wid=1571 http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_video2.php&wid=52 (video) Vivo sin vivir en m Vivo sin vivir en m, y tan alta vida espero, que muero porque no muero. Vivo ya fuera de m, despus que muero de amor; porque vivo en el Seor, que me quiso para s: cuando el corazn le di puso en l este letrero: que muero porque no muero. Esta divina prisin, del amor en que yo vivo, ha hecho a Dios mi cautivo, y libre mi corazn; y causa en m tal pasin ver a Dios mi prisionero, que muero porque no muero. Ay, qu larga es esta vida! Qu duros estos destierros, esta crcel, estos hierros en que el alma est metida! Slo esperar la salida me causa dolor tan fiero, que muero porque no muero. Ay, qu vida tan amarga do no se goza el Seor! Porque si es dulce el amor, no lo es la esperanza larga: quteme Dios esta carga, 8a 8b 8b 8a 8c 8c 8a 8a 8b 8b ms pesada que el acero, que muero porque no muero. Slo con la confianza vivo de que he de morir, porque muriendo el vivir me asegura mi esperanza; muerte do el vivir se alcanza, no te tardes, que te espero, que muero porque no muero. Mira que el amor es fuerte; vida, no me seas molesta, mira que slo me resta, para ganarte perderte. Venga ya la dulce muerte, el morir venga ligero que muero porque no muero. Aquella vida de arriba, que es la vida verdadera, hasta que esta vida muera, no se goza estando viva: muerte, no me seas esquiva; viva muriendo primero, que muero porque no muero. Vida, qu puedo yo darle a mi Dios que vive en m, si no es el perderte a ti, para merecer ganarle? Quiero muriendo alcanzarle, pues tanto a mi Amado quiero, que muero porque no muero. Poetas msticos: San Juan de la Cruz (1542-1591) 75 Llama de amor viva Audicin: Escuchen la versin de Amancio Prada en: http://www.amancioprada.com/mp3-free/llamadeamorviva.mp3 http://desdelalma.net/2/llama.html O llama de amor viva que tiernamente hieres de mi alma en el ms profundo centro! Pues ya no eres esquiva acaba ya si quieres, 5 rompe la tela de este dulce encuentro! O cauterio save! O regalada llaga! O mano blanda! O toque delicado que a vida eterna sabe 10 y toda deuda paga! Matando, muerte en vida has trocado. O lmparas de fuego en cuyos resplandores las profundas cavernas del sentido, que estaba oscuro y ciego, con estraos primores color y luz dan junto a su querido! 15 76 Cun manso y amoroso recuerdas en mi seno donde secretamente solo moras, y en tu aspirar sabroso de bien y gloria lleno, cun delicadamente me enamoras! 20 Estrofa: Lira (estrofa con 5-7 versos de siete y once slabas, con rima consonante en el esquema: abCabC 1 23 4 5 6 O llama de_amor viva 1 2 34 5 6 que tiernamente_hieres 7 7 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 de mi_alma | en el ms profundo centro! 1 2 3 4 5 6 Pues ya no_eres esquiva 123 4 5 6 acaba ya si quieres, 7 [hiato] 7 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 rompe la tela de_este dulce_encuentro! Noche oscura Audicin: Escuchen las siguientes versiones del poema: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz.php&wid=1033 http://cvc.cervantes.es/obref/dvi/ En una noche oscura con ansias en amores inflamada oh dichosa ventura! sal sin ser notada estando ya mi casa sosegada, a oscuras y segura por la secreta escala disfrazada, oh dichosa ventura! a oscuras y en celada estando ya mi casa sosegada. En la noche dichosa en secreto que nadie me vea ni yo miraba cosa sin otra luz y gua 77 sino la que en el corazn arda. Aquesta me guiaba ms cierto que la luz del medioda adonde me esperaba quien yo bien me saba en sitio donde nadie apareca. Oh noche, que guiaste! Oh noche amable ms que la alborada! Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada! En mi pecho florido, que entero para l solo se guardaba all qued dormido y yo le regalaba y el ventalle de cedros aire daba. El aire de la almena cuando yo sus cabellos esparca con su mano serena y en mi cuello hera y todos mis sentidos suspenda. Quedme y olvidme el rostro reclin sobre el amado; ces todo, y dejme dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado. Lira: Estrofa de versos endecaslabos (de once) y heptaslabos (de siete slabas). Rima perfecta (consonante) con el esquema: aBabB. En una noche_oscura, con ansias en amores inflamada, oh dichosa ventura! sal sin ser notada, estando ya mi casa sosegada 7a 11B 7a 7b 11B 78 El Barroco (Siglo XVII): Dos Sonetos de la Contrarreforma I. A Cristo crucificado (Annimo) Audicin: Escuchen este soneto en: http://www.marianistas.org/musica/mp3_cristiano/no-me-mueve-mi-dios-para-quererte.mp3 http://amediavoz.com/mediavoz.htm (recita Arturo Benavides) No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido; ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. T me mueves, seor; muveme el verte clavado en una cruz y escarnecido; muveme ver tu cuerpo tan herido; muvenme tus afrentas y tu muerte. Muveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No tienes que me dar porque te quiera, pues aunque cuanto espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera. II. Rimas Sacras: Rima XVIII de Lope de Vega (1562-1635) Audicin: Escuchen la versin de Elia Domenzin en: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz.php&wid=243 Qu tengo yo que mi amistad procuras? Qu inters se te sigue, Jess mo, que a mi puerta cubierto de roco pasas las noches del invierno oscuras? Oh cunto fueron mis entraas duras, pues no te abr! Qu extrao desvaro, si de mi ingratitud el hielo fro sec las llagas de tus plantas puras! Cuntas veces el ngel me deca: "Alma, asmate agora a la ventana, vers con cunto amor llamar porfa"! Y cuntas, hermosura[s] soberana, "Maana le abriremos", responda, para lo mismo responder maana! 79 Ejercicio de Comparacin y Contraste: Compare y contraste la forma y el contenido de los sonetos anteriores con los del poeta metafsico ingls John Donne (c. 1572-1631) Holy Sonnets XIV http://www.eaglesweb.com/Sub_Pages/donne_poems.htm (audio) Batter my heart, three-person'd God ; for you As yet but knock ; breathe, shine, and seek to mend ; That I may rise, and stand, o'erthrow me, and bend Your force, to break, blow, burn, and make me new. I, like an usurp'd town, to another due, Labour to admit you, but O, to no end. Reason, your viceroy in me, me should defend, But is captived, and proves weak or untrue. Yet dearly I love you, and would be loved fain, But am betroth'd unto your enemy ; Divorce me, untie, or break that knot again, Take me to you, imprison me, for I, Except you enthrall me, never shall be free, Nor ever chaste, except you ravish me. Holy Sonnets X http://www.deadwhitemales.net/audio/donne1.mp3 (audio) Death, be not proud, though some have called thee Mighty and dreadful, for thou art not so; For those whom thou think'st thou dost overthrow Die not, poor Death, nor yet canst thou kill me. From rest and sleep, which but thy pictures be, Much pleasure; then from thee much more must flow, And soonest our best men with thee do go, Rest of their bones, and soul's delivery. Thou art slave to fate, chance, kings, and desperate men, And dost with poison, war, and sickness dwell, And poppy or charms can make us sleep as well And better than thy stroke; why swell'st thou then? One short sleep past, we wake eternally And death shall be no more; Death, thou shalt die. 80 El Barroco (Siglo XVII): Luis de Gngora (1561-1627) Soneto CLXVI Tema: Carpe diem Audicin: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras?portal=0&Ref=9334&audio=0 Mientras por competir con tu cabello oro bruido al sol relumbra en vano; mientras con menosprecio en medio el llano mira tu blanca frente el lilio bello; mientras a cada labio, por cogello, siguen ms ojos que al clavel temprano, y mientras triunfa con desdn lozano del luciente cristal tu gentil cuello, goza cuello, cabello, labio, frente, antes que lo que fue en tu edad dorada oro, lilio, clavel, cristal luciente, no slo en plata o viola troncada se vuelva, mas t y ello juntamente en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada. Letrilla: Que se nos va la Pascua 81 http://antologiapoeticamultimedia.blogspot.com/2006/08/que-se-nos-va-lapascua.htmlCanta (canta PacoIbaez) Mozuelas las de mi barrio, loquillas y confiadas, mirad no os engae el tiempo, la edad y la confianza. No os dejeis lisonjear de la juventud lozana, porque de caducas flores teje el tiempo sus guirnaldas. Que se nos va la Pascua, mozas! Que se nos va la Pascua! Yo s de una buena vieja que fue un tiempo rubia y zarca, y que al presente le cuesta harto caro el ver su cara, porque su bruida frente y sus mejillas se hallan ms que roquete de obispo encogidas y arrugadas. Que se nos va la Pascua, mozas! Que se nos va la Pascua! Y s de otra buena vieja que un diente que le quedaba se lo dej este otro da sepultado en unas natas; y con lgrimas le dice: Diente mo de mi alma. yo s cuando fuiste perla, aunque ahora no sois nada. Que se nos va la Pascua, mozas! Que se nos va la Pascua! Por eso, mozuelas locas, antes que la edad avara el rubio cabello de oro convierta en luciente plata, quered cuando sois queridas, 82 amad cuando sois amadas; mirad, bobas, que detrs se pinta la ocasin calva. Que se nos va la Pascua, mozas! Que se nos va la Pascua! El Barroco: Francisco de Quevedo (Espaa, 1580-1645) http://www.geocities.com/Paris/LeftBank/2238/quevedo.htm http://www.poesia-inter.net/indexfq.htm http://www.lcc.uma.es/~perez/sonetos/quevedo.html#queotra http://palabravirtual.com/index.php?ir=crit1.php&wid=84&show=poemas&p=Francisco+de+Quevedo (textos audio) Amor constante ms all de la muerte Cerrar podr mis ojos la postrera sombra, que me llevare el blanco da; y podr desatar esta alma ma hora a su afn ansioso lisonjera; mas no de esotra parte en la ribera dejar la memoria en donde arda; nadar sabe mi llama la agua fra, y perder el respeto a ley severa; 83 alma a quien todo un Dios prisin ha sido, venas que humor a tanto fuego han dado, medulas que han gloriosamente ardido, su cuerpo dejarn, no su cuidado; sern ceniza, mas tendr sentido; polvo sern, mas polvo enamorado. Salmo XVII Mir los muros de la Patria ma, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados, por quien caduca ya su valenta. Salme al campo, vi que el sol beba los arroyos del hielo desatados, y del monte quejosos los ganados, que con sombras hurt su luz al da. Entr en mi casa; vi que, amancillada, de anciana habitacin era despojos; mi bculo, ms corvo y menos fuerte. Vencida de la edad sent mi espada, y no hall cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte Letrilla: Poderoso caballero es don Dinero Audicin: http://www.poesi.as/canc0076.htm (canta Paco Ibaez) http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras?portal=0&Ref=10953&audio=0 (recita Soledad Vlez) Madre, yo al oro me humillo, l es mi amante y mi amado, Pues de puro enamorado Anda continuo amarillo. Que pues dobln o sencillo Hace todo cuanto quiero, Poderoso caballero Es don Dinero. Nace en las Indias honrado, Donde el mundo le acompaa; 84 Viene a morir en Espaa, Y es en Gnova enterrado. Y pues quien le trae al lado Es hermoso, aunque sea fiero, Poderoso caballero Es don Dinero. Son sus padres principales, Y es de nobles descendiente, Porque en las venas de Oriente Todas las sangres son Reales. Y pues es quien hace iguales Al rico y al pordiosero, Poderoso caballero Es don Dinero. A quin no le maravilla Ver en su gloria, sin tasa, Que es lo ms ruin de su casa Doa Blanca de Castilla? Mas pues que su fuerza humilla Al cobarde y al guerrero, Poderoso caballero Es don Dinero. Es tanta su majestad, Aunque son sus duelos hartos, Que aun con estar hecho cuartos No pierde su calidad. Pero pues da autoridad Al gan y al jornalero, Poderoso caballero Es don Dinero. Ms valen en cualquier tierra (Mirad si es harto sagaz) Sus escudos en la paz Que rodelas en la guerra. Pues al natural destierra Y hace propio al forastero, Poderoso caballero El Barroco: Tres sonetos de Sor Juana Ins de la Cruz (Mxico, 16511695) 85 Enlaces: http://www.dartmouth.edu/~sorjuana [Donde pueden ver entre otras cosas el retrato de la poeta] http://www.los-poetas.com/l/sor.htm http://www.latin-american.cam.ac.uk/culture/SorJuana/ http://www.latin-american.cam.ac.uk/SorJuana/ http://www.dartmouth.edu/~sorjuana/ http://www.dartmouth.edu/ ~sorjuana/ http://palabravirtual.com/index.php (textos y audio) Audicin: Escuchen los siguientes sonetos en: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz.php&wid=759 http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz.php&wid=757 http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz.php&wid=756 A una rosa (audio) En perseguirme mundo (audio) A su retrato (audio) I. A una rosa Rosa divina que en gentil cultura eres, con tu fragante sutileza, magisterio purpreo en la belleza, enseanza nevada a la hermosura. Amago de la humana arquitectura, ejemplo de la vana gentileza, en cuyo ser uni naturaleza la cuna alegre y triste sepultura. Cun altiva en tu pompa, presumida, soberbia, el riesgo de morir desdeas, y luego desmayada y encogida de tu caduco ser das mustias seas, con que con docta muerte y necia vida, viviendo engaas y muriendo enseas! _______________ II. En perseguirme, Mundo En perseguirme, Mundo, qu interesas? En qu te ofendo, cuando slo intento poner bellezas en mi entendimiento y no mi entendimiento en las bellezas? Yo no estimo tesoros ni riquezas; y as, siempre me causa ms contento poner riquezas en mi pensamiento que no mi pensamiento en las riquezas. 86 Y no estimo hermosura que, vencida, es despojo civil de las edades, ni riqueza me agrada fementida, teniendo por mejor, en mis verdades, consumir vanidades de la vida que consumir la vida en vanidades. __________________ III. A su retrato Este que ves, engao colorido, que del arte ostentando los primores, con falsos silogismos de colores es cauteloso engao del sentido; ste, en quien la lisonja ha pretendido excusar de los aos los horrores, y venciendo del tiempo los rigores, triunfar de la vejez y del olvido, es un vano artificio del cuidado, es una flor al viento delicada, es un resguardo intil para el hado; es una necia diligencia errada, es un afn caduco y, bien mirado, es cadver, es polvo, es sombra, es nada. _________________ 87 C. Siglo XIX: El Romanticismo Jos de Espronceda (Espaa, 1808-1842) Cancin del pirata Audicin: Escuchen el poema en: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz1.php&wid=1357 http://www.reverdecer.com/descargas/audio/canciondelpirata_musicalizacion_alejandroroop_reverdecer.m p3 Con diez caones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar, sino vuela un velero bergantn. Bajel pirata que llaman, por su bravura, El Temido, en todo mar conocido del uno al otro confn. La luna en el mar riela en la lona gime el viento, y alza en blando movimiento olas de plata y azul; y va el capitn pirata, cantando alegre en la popa, Asia a un lado, al otro Europa, y all a su frente Istambul: 88 Navega, velero mo sin temor, que ni enemigo navo ni tormenta, ni bonanza tu rumbo a torcer alcanza, ni a sujetar tu valor. Veinte presas hemos hecho a despecho del ingls y han rendido sus pendones cien naciones a mis pies. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi nica patria, la mar. All; muevan feroz guerra ciegos reyes por un palmo ms de tierra; que yo aqu; tengo por mo cuanto abarca el mar bravo, a quien nadie impuso leyes. Y no hay playa, sea cualquiera, ni bandera de esplendor, que no sienta mi derecho y d pecho a mi valor. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi nica patria, la mar. A la voz de "barco viene!" es de ver cmo vira y se previene a todo trapo a escapar; que yo soy el rey del mar, y mi furia es de temer. En las presas yo divido lo cogido por igual; slo quiero por riqueza la belleza sin rival. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi nica patria, la mar. Sentenciado estoy a muerte! Yo me ro no me abandone la suerte, y al mismo que me condena, colgar de alguna entena, quiz; en su propio navo Y si caigo, qu es la vida? Por perdida ya la di, cuando el yugo del esclavo, como un bravo, sacud. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi nica patria, la mar. Son mi msica mejor aquilones, el estrpito y temblor de los cables sacudidos, del negro mar los bramidos y el rugir de mis caones. Y del trueno al son violento, 89 y del viento al rebramar, yo me duermo sosegado, arrullado por el mar. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi nica patria, la mar. 90 Gustavo Adolfo Bcquer (Espaa, 1836-1870) Rima LIII: Volvern las oscuras golondrinas Audicin: Escuchen esta rima en: http://antologiapoeticamultimedia.blogspot.com/2006/08/volvern-las-oscuras-golondrinas.html http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras?portal=0&Ref=3820&audio=55 http://ia301302.us.archive.org/1/items/spanishpoetry_001_librivox/volveranlasoscurasgolondrinas_becquer.mp3 Volvern las oscuras golondrinas en tu balcn sus nidos a colgar, y, otra vez, con el ala a sus cristales jugando llamarn; pero aqullas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha al contemplar, aqullas que aprendieron nuestros nombres... sas... no volvern! Volvern las tupidas madreselvas de tu jardn las tapias a escalar, y otra vez a la tarde, aun ms hermosas, sus flores se abrirn; pero aquellas, cuajadas de roco, cuyas gotas mirbamos temblar y caer, como lgrimas del da... sas... no volvern! Volvern del amor en tus odos las palabras ardientes a sonar; tu corazn, de su profundo sueo tal vez despertar; pero mudo y absorto y de rodillas, como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido..., desengate: as no te querrn! 91 D. El Siglo XX. La Modernidad. El Modernismo. Rubn Daro (Nicaragua, 1867-1916) Enlaces: http://www.los-poetas.com/a/dario.htm http://palabravirtual.com/index.php?ir=crit1.php&wid=99&show=poemas&p=Rub%E9n+Dar%EDo(textos y audio) I. Yo persigo una forma... Audicin: Escuchen el poema en: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz.php&wid=226 Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, botn de pensamiento que busca ser la rosa; se anuncia con un beso que en mis labios se posa al abrazo imposible de la Venus de Milo. Adornan verdes palmas el blanco peristilo; los astros me han predicho la visin de la Diosa; y en mi alma reposa la luz, como reposa el ave de la luna sobre un lago tranquilo. 92 Y no hallo sino la palabra que huye, la iniciacin meldica que de la flauta fluye y la barca del sueo que en el espacio boga; y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente, el sollozo continuo del chorro de la fuente y el cuello del gran cisne blanco que me interroga. II. De invierno En invernales horas, mirad a Carolina. Medio apelotonada, descansa en el silln, envuelta con su abrigo de marta cibelina y no lejos del fuego que brilla en el saln. El fino angora blanco junto a ella se reclina, rozando con su hocico la falda de Alenn, no lejos de las jarras de porcelana china que medio oculta un biombo de seda del Japn. Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueo: entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris; voy a besar su rostro, rosado y halageo como una rosa roja que fuera flor de lis. Abre los ojos, mrame con su mirar risueo, y en tanto cae la nieve del cielo de Pars. El Serventesio: En-in-ver-na-les-ho-ras,/ mi-rad-a-Ca-ro-li-na.// 7 / 7= Me-dio a-pe-lo-to-na-da,/ des-can-sa en-el-si-lln,// 7/ 6+1= 14B en-vuel-ta-con-su a-bri-go/ de-mar-ta-ci-be-li-na// y-no-le-jos-del-fue-go/ que-bri-lla en-el-sa-ln./// 7/ 6+1= El-fi-no an-go-ra-blan-co/ jun-to a e-lla-se-re-cli-na,// ro-zan-do-con-su ho-ci-co/ la-fal-da-de A-len-n,// 7/ 6+1= 14B no-le-jos-de-las-ja-rras/ de-por-ce-la-na-chi-na// que-me-dio o-cul-ta un-biom-bo/ de- se-da-del- Ja-pn./// 7 / 6+1= Con-sus-su-ti-les-fil-tros/ la in-va-de un-dul-ce- sue-o:// en-tro,-sin-ha-cer-rui-do;/ de-jo-mi a-bri-go-gris;// 7 / 6+1= voy-a-be-sar-su-ros-tro,/ ro-sa-do y ha-la-g-e-o co-mo u-na-ro-sa-ro-ja/ que-fue-ra-flor-de-lis.// 7 / 6+1= A-bre-los-o-jos,- m-ra-me/ con-su-mi-rar-ri-sue-o,// 8-1 / 7= y en-tan-to-cae-la-nie-ve/ del-cie-lo-de-Pa-rs./// 7 / 6+1= 14A 14A 14B 14A 14A 14B 14C 14D 14C 14D 14C 14D 93 III. Sonatina Audicin: Escuchen el poema en: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz1.php&wid=1713 La princesa est triste...Qu tendr la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. La princesa est plida en su silla de oro, est mudo el teclado de su clave sonoro, y en un vaso olvidada se desmaya una flor. El jardn puebla el triunfo de los pavos reales... Parlanchina la duea dice cosas banales, y vestido de rojo piruetea el bufn. La princesa no rie, la princesa no siente; la princesa persigue por el cielo de Oriente la liblula vaga de una vaga ilusin. Piensa acaso en el principe de Golconda o de China, o en el que ha detenido su carroza argentina para ver de sus ojos la pureza de luz, o en el rey de las islas de las rosas fragantes, o en el que es soberano de los claros diamantes, o en el dueo orgulloso de las perlas de Ormuz? Ay! la pobre princesa de la boca de rosa quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, tener alas ligeras, bajo el cielo volar; ir al sol por la escala luminosa de un rayo, saludar a los lirios con los versos de Mayo, o perderse en el viento sobre el trueno del mar. Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, ni el halcn encantado, ni el bufn escarlata, ni los cisnes unnimes en el lago de azur. Y estn tristes las flores por la flor de la corte; los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte, de Occidente las dalias y las rosas del Sur. Pobrecita princesa de los ojos azules! Est presa en sus oros, est presa en sus tules, 94 en la jaula de mrmol del palacio real; el palacio soberbio que vigilan los guardas, que custodian cien negros con sus cien alabardas, un lebrel que no duerme y un dragn colosal. Oh, quien fuera hipsipila que dej la crislida! (La princesa est triste. La princesa est plida.) Oh visin adorada de oro, rosa y marfil! Quin volara a la tierra donde un prncipe existe (La princesa est plida. La princesa est triste.) ms brillante que el alba, ms hermoso que Abril! --Calla, calla, princesa--dice el hada madrina--; en caballo con alas hacia ac se encamina, en el cinto la espada y en la mano el azor, el feliz caballero que te adora sin verte, y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, a encenderte los labios con su beso de amor. De Prosas profanas (1896) IV. Cancin de otoo en primavera Audicin: Escuchen el poema en: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz1.php&wid=228 http://antologiapoeticamultimedia.blogspot.com/2006/08/cancin-de-otoo-en-primavera.html 95 Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer... Plural ha sido la celeste historia de mi corazn. Era una dulce nia, en este mundo de duelo y de afliccin. Miraba como el alba pura; sonrea como una flor. Era su cabellera obscura hecha de noche y de dolor. Yo era tmido como un nio. Ella, naturalmente, fue, para mi amor hecho de armio, Herodas y Salom... Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer... Y ms consoladora y ms halagadora y expresiva, la otra fue ms sensitiva cual no pens encontrar jams. Pues a su continua ternura una pasin violenta una. En un peplo de gasa pura una bacante se envolva... En sus brazos tom mi ensueo y lo arrull como a un beb... Y te mat, triste y pequeo, falto de luz, falto de fe... Juventud, divino tesoro, te fuiste para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer... Otra juzg que era mi boca el estuche de su pasin; y que me roera, loca, con sus dientes el corazn. Poniendo en un amor de exceso la mira de su voluntad, mientras eran abrazo y beso sntesis de la eternidad; y de nuestra carne ligera imaginar siempre un Edn, sin pensar que la Primavera y la carne acaban tambin... Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer. Y las dems! En tantos climas, en tantas tierras siempre son, si no pretextos de mis rimas fantasmas de mi corazn. En vano busqu a la princesa que estaba triste de esperar. La vida es dura. Amarga y pesa. Ya no hay princesa que cantar! Mas a pesar del tiempo terco, mi sed de amor no tiene fin; con el cabello gris, me acerco a los rosales del jardn... Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer... Mas es ma el Alba de oro! 96 Juana de Ibarbourou (Uruguay, 1895-1979) Rebelde Caronte: yo ser un escndalo en tu barca. Mientras las otras sombras recen, giman o lloren, y bajo tus miradas de siniestro patriarca las tmidas y tristes, en bajo acento, oren, Yo ir como una alondra cantando por el ro y llevar a tu barca mi perfume salvaje, e irradiar en las ondas del arroyo sombro como una azul linterna que alumbrara en el viaje. Por ms que t no quieras, por ms guios siniestros que me hagan tus dos ojos, en el terror maestros, Caronte, yo en tu barca ser como un escndalo. Y extenuada de sombra, de valor y de fro, cuando quieras dejarme a la orilla del ro me bajarn tus brazos cual conquista de vndalo. Ejercicio de Comparacin y Contraste: El Serventesio. Hagan a continuacin el cmputo silbico y el anlisis completo del poema Rebelde de Juana de Ibarbourou. Comprenlo con De Invierno de Rubn Daro; qu diferencias estilsticas y temticas encuentran entre estos dos serventesios? Cmo difiere la representacin de la mujer en ambos poemas? 97 Alfonsina Storni (Argentina, 1892-1938) http://amediavoz.com/storni.htm http://amediavoz.com/storniORO.htm Audicin: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz.php&wid=1313 (Recita Rosa Furman) http://amediavoz.com/mediavoz.htm (Recita Berta Singerman) 98 Tu me quieres blanca T me quieres alba, Me quieres de espumas, Me quieres de ncar. Que sea azucena Sobre todas, casta. De perfume tenue. Corola cerrada Ni un rayo de luna Filtrado me haya. Ni una margarita Se diga mi hermana. T me quieres nvea, T me quieres blanca, T me quieres alba. T que hubiste todas Las copas a mano, De frutos y mieles Los labios morados. T que en el banquete Cubierto de pmpanos Dejaste las carnes Festejando a Baco. T que en los jardines Negros del Engao Vestido de rojo Corriste al Estrago. T que el esqueleto Conservas intacto No s todava Por cules milagros, Me pretendes blanca (Dios te lo perdone), Me pretendes casta (Dios te lo perdone), Me pretendes alba! Huye hacia los bosques, Vete a la montaa; Lmpiate la boca; Vive en las cabaas; Toca con las manos La tierra mojada; Alimenta el cuerpo Con raz amarga; Bebe de las rocas; Duerme sobre escarcha; Renueva tejidos Con salitre y agua; Habla con los pjaros Y lvate al alba. Y cuando las carnes Te sean tornadas, Y cuando hayas puesto En ellas el alma Que por las alcobas Se qued enredada, Entonces, buen hombre, Pretndeme blanca, Pretndeme nvea, Pretndeme casta. Gabriela Mistral (Chile, 1885-1957) 99 Gabriela Mistral (Chile, 1885-1957) Meciendo El mar con sus millares de olas mece, divino. Oyendo a los mares amantes, mezo a mi nio. El viento errabundo en la noche mece los trigos. Oyendo a los vientos amantes, mezo a mi nio. Dios Padre sus miles de mundos mece sin ruido. Sintiendo su mano en la sombra mezo a mi nio. De Ternura (1924) ___________ Audicin: escuchen leer este poema a su autora, Gabriela Mistral, en: http://palabravirtual.com/index.php?ir=ver_poema1.php&pid=10828 A continuacin: lean el siguiente texto y reflexionen sobre el poema que acaban de escuchar: Rhythm is the base of poetry. It is the heartbeat and the pulse in the lifeblood of our language. It might even be said that man inherited poetry from the universe. Before man was conscious of what was about him, even before he was evolved, the universe was full of rhythm. There was a rhythmic balance of 100 light and darkness; day followed night with inevitable regularity. The sun sank, the moon climbed heaven, and all the stars revolved in rhythmical order. The tides rose and fell with a never-ending repetition. The seasons were set to a constant rhythm of four quarters; the earth turned in a rhythm of twenty-four hours and made a circle about the sun in a rhythm of three hundred and sixty-five days. When prehistoric man came upon the scene, he responded to the sway of a universal pendulum. All the rhythms- of creation were repeated within him: the beat of his heart, the rise and fall of his breath, the alternation of his waking and sleeping. Mothers echoed the eternal rhythm whenever they rocked a baby to sleep or crooned a wordless lullaby. Savage priests danced around campfires, putting their prayers into poetic chants, and stamping their barbaric rhythms into rituals. Rhythm is the base of poetry. It is the heartbeat and the pulse in the lifeblood of our language. Hagan varios ejercicios indicando las repeticiones ms evidentes: Ejemplo 1: El mar con sus millares de olas mece, divino. Oyendo a los mares amantes, mezo a mi nio. El viento errabundo en la noche mece los trigos. Oyendo a los vientos amantes, mezo a mi nio. Dios Padre sus miles de mundos mece sin ruido. Sintiendo su mano en la sombra mezo a mi nio. Ejemplo 2: El mr con sus millres de las mce, divno. Oyndo a los mres amntes, mzo a mi no. El vinto errabndo en la nche mce los trgos. Oyndo a los vintos amntes, mzo a mi no. Dios Pdre sus mles de mndos mce sin rudo. Sintindo su mno en la smbra mzo a mi no. Ejemplo 3: 9 5a 9 5a 9 5a 9 5a 9 5a 9 5a 101 El mar con sus millares de olas mece, divino. Oyendo a los mares amantes, mezo a mi nio. El viento errabundo en la noche mece los trigos. Oyendo a los vientos amantes, mezo a mi nio. Dios Padre sus miles de mundos mece sin ruido. Sintiendo su mano en la sombra mezo a mi nio. Finalmente comparen el poema Meciendo con otro muy similar de la misma autora: Me tuviste Durmete, mi nio, durmete sonriendo, que es la ronda de astros quien te va meciendo. Gozaste la luz y fuiste feliz. Todo bien tuviste al tenerme a m. Durmete, mi nio, durmete sonriendo, que es la Tierra amante quien te va meciendo. Miraste la ardiente rosa carmes. Estrechaste al mundo: me estrechaste a m. Durmete, mi nio, durmete sonriendo, que es Dios en la sombra el que va meciendo. Antonio Machado (Sevilla, Espaa, 1875-Colliure, Francia 1939) Enlaces: http://www.lospoetas.com/a/mach.htm 102 http://www.geocities.com/Paris/LeftBank/2238/machado.htm textos y audio: http://palabravirtual.com/index.php?ir=crit1.php&wid=71&show=poemas&p=Antonio+Machado http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz.php&wid=1118 Recuerdo infantil http://www.slideshare.net/beatriztriz/presentacin-de-proverbios-y-cantares/ Caminante no hay camino http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz.php&wid=1131 Ya hay un espaol que quiere... 103 Recuerdo infantil Una tarde parda y fra de invierno. Los colegiales estudian. Monotona de lluvia tras los cristales. En la clase. En un cartel se representa a Can fugitivo, y muerto Abel, junto a una mancha carmn. Con timbre sonoro y hueco truena el maestro, un anciano mal vestido, enjuto y seco, que lleva un libro en la mano. Y todo un coro infantil va cantando la leccin: Mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un milln. Una tarde parda y fra de invierno. Los colegiales estudian. Monotona de la lluvia en los cristales. ________________ Proverbios y cantares Caminante, son tus huellas el camino, y nada ms; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrs se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar. _______ Ya hay un espaol que quiere vivir y a vivir empieza, entre una Espaa que muere y otra Espaa que bosteza. Espaolito que vienes al mundo, te guarde Dios. 104 Una de las dos Espaas ha de helarte el corazn. _____________ Poned atencin: un corazn solitario no es un corazn. _____________ Todo necio confunde valor y precio. Al olmo viejo Audicin: Escuchen a Efran Bartolom recitando el poema y la versin de Joan Manuel Serrat en: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz1.php&wid=902 http://www.poesia-inter.net/canc0035.htm Al olmo viejo Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido. 105 1 El olmo centenario en la colina que lame el Duero! Un musgo amarillento le mancha la corteza blanquecina al tronco carcomido y polvoriento. No ser, cual los lamos cantores que guardan el camino y la ribera, habitado de pardos ruiseores. Ejrcito de hormigas en hilera va trepando por l, y en sus entraas urden sus telas grises las araas. Antes que te derribe, olmo del Duero, con su hacha el leador, y el carpintero te convierta en melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta; antes que rojo en el hogar, maana, ardas de alguna msera caseta, al borde de un camino; antes que te descuaje un torbellino y tronche el soplo de las sierras blancas; antes que el ro hasta la mar te empuje por valles y barrancas, olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida. Mi corazn espera tambin, hacia la luz y hacia la vida otro milagro de la primavera. Soria, 1912 5 10 15 20 25 30 Juan Ramn Jimnez (Moguer, Espaa 1881-San Juan, Puerto Rico 1958) 106 Vino, primero, pura, vestida de inocencia. Y la am como un nio. Luego se fue vistiendo de no s qu ropajes. Y la fui odiando, sin saberlo. Lleg a ser una reina, fastuosa de tesoros... Qu iracundia de yel y sin sentido! ... Mas se fue desnudando. Y yo le sonrea. Se qued con la tnica de su inocencia antigua. Cre de nuevo en ella. Y se quit la tnica, y apareci desnuda toda... Oh pasin de mi vida, poesa desnuda, ma para siempre! de Eternidades (1916-17) Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948) 107 La poesa es un desafo a la Razn Hemos cantado a la naturaleza. Nunca hemos creado realidades propias, como ella lo hace o lo hizo en tiempos pasados. [...] Hacer un poema como la naturaleza hace un rbol. El poeta representa el drama angustioso que se realiza entre el mundo y el cerebro humano, entre el mundo y su representacin. El que no haya sentido el drama que se juega entre la cosa y la palabra, no podr comprenderme. La idea es la que debe crear el ritmo y no el ritmo a la idea, como en casi todos los poemas antiguos. ______________ Arte potica Que el verso sea como una llave Que abre mil puertas. Una hoja cae; algo pasa volando; Cuanto miren los ojos creado sea, Y el alma del oyente quede temblando. Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; El adjetivo, cuando no da vida, mata. Estamos en el ciclo de los nervios. El msculo cuelga, Como recuerdo en los museos; Mas no por eso tenemos menos fuerza: El vigor verdadero Reside en la cabeza. Por qu cantis la rosa, Oh Poetas! Hacedla florecer en el poema; 108 Slo para nosotros Viven todas las cosas bajo el Sol. El poeta es un pequeo Dios. De El espejo de agua (1916) Altazor o El viaje en paracadas (1919) [fragmentos] Mi paracadas se enred en una estrella apagada que segua su rbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfurzos. Y aprovechando este reposo bien ganado, comenc a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero: Los verdaderos poemas son incendios. La poesa se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agona. Se debe escribir en una lengua que no sea materna. Los cuatro puntos cardinales son tres: el Sur y el Norte. Un poema es una cosa que ser. Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser. Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podr ser. Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento. Si yo no hiciera al menos una locura por ao, me volvera loco. Tomo mi paracadas, y del borde de mi estrella en marcha, me lanzo a la atmsfera del ltimo suspiro. [...] No hay tiempo que perder Ya viene la golondrina monotmpora Trae un acento antpoda de lejanas que se acercan. Viene gondoleando la golondrina Al horitaa de la montazonte La violondrina y el goloncelo Descolgada esta maana de la lunala Se acerca a todo galope Ya viene viene la golondrina Ya viene viene la golonfina Ya viene la golontrina Ya viene la goloncima 109 Viene la golonchina Viene la golonclima Ya viene la golonrima Ya viene la golonrisa La golonnia La golongira La golonlira La golonbrisa La golonchilla Ya viene la golonda Y la noche encoge sus uas como el leopardo Ya viene la golontrina Que tiene un nido en cada uno de los dos calores Como yo lo tengo en los cuatro horizontes Viene la golonrisa Y las olas se levantan en la punta de los pies Viene la golonnia Y siente un vahido la cabeza de la montaa Viene la golongira Y el viento se hace parbola de slfides en orga Se llenan de notas los hilos telefnicos Se duerme el ocaso con la cabeza escondida Y el rbol con el pulso afiebrado 110 [...] Ai i a Tempora Ai ai aia Ululayu lulayu layu yu Ululayu ulayu ayu yu Lunatando Sensorida e infimento Ululayo ululamento Plegasuena Cantasorio ululaciente Oraneva yu yu yo Tempovo Infilero e infinauta zurrosa Jaurinario ururay Montaendo orarana Arorasa ululacente Semperiva ivarisa tarir Campanudio lalal Auriciento auronida Lalal io ia iiio Ai a i ai a iiii o ia __________ Federico Garca Lorca (Granada, Espaa, 1898-1936) 111 Salvador Dali, Muchacha en la ventana (1925) Audicin: http://amediavoz.com/mediavoz.htm http://antologiapoeticamultimedia.blogspot.com/2006/08/romance-sonmbulo.html (canta Manzanita) Verde que te quiero verde. Verde viento verdes ramas. El barco sobre la mar Romance Sonmbulo y el caballo en la montaa. Con la sombra en la cintura, 112 ella suea en su baranda, verde carne, pelo verde, con ojos de fra plata. Verde que te quiero verde. Bajo la luna gitana, las cosas la estn mirando y ella no puede mirarlas. Verde que te quiero verde. Grandes estrellas de escarcha, vienen con el pez de sombra que abre el camino del alba. La higuera frota su viento con la lija de sus ramas, y el monte, gato garduo, eriza sus pitas agrias. Pero quin vendr? Y por dnde...? Ella sigue en su baranda, verde carne, pelo verde, soando en la mar amarga. Compadre, quiero cambiar mi caballo por su casa, mi montura por su espejo, mi cuchillo por su manta. Compadre, vengo sangrando, desde los puertos de Cabra. Si yo pudiera, mocito, ese trato se cerraba. Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa. Compadre, quiero morir decentemente en mi cama. De acero, si puede ser, con las sbanas de holanda. No ves la herida que tengo desde el pecho a la garganta? Trescientas rosas morenas lleva tu pechera blanca. Tu sangre rezuma y huele alrededor de tu faja. Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa. Dejadme subir al menos hasta las altas barandas, dejadme subir!, dejadme hasta las verdes barandas. Barandales de la luna por donde retumba el agua. Ya suben los dos compadres hacia las altas barandas. Dejando un rastro de sangre. Dejando un rastro de lgrimas. Temblaban en los tejados farolillos de hojalata, Mil panderos de cristal, heran la madrugada. Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas. Los dos compadres subieron. El largo viento dejaba en la boca un raro gusto de hiel, de menta y de albahaca. Compadre! Dnde est, dime? Dnde est tu nia amarga? Cuantas veces te esper! Cuntas veces te esperara, cara fresca, negro pelo, en esta verde baranda! Sobre el rostro del aljibe se meca la gitana Verde carne, pelo verde, con ojos de fra plata. Un carmbano de luna la sostiene sobre el agua. La noche se puso ntima como una pequea plaza. Guardias civiles borrachos en la puerta golpeaban. Verde que te quiero verde.. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar. Y el caballo en la montaa. Romancero gitano,1928 113 Pablo Neruda (Chile, 1904-1973) http://www.palabravirtual.com/index.php?ir=crit1.php&wid=49&show=poemas&p=Pablo+Neruda// Audicin: Escuchen al poeta leyendo el poema 20 en: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras?Ref=4097&audio=4 http://antologiapoeticamultimedia.blogspot.com/2006/09/puedo-escribir-los-versos-ms-tristes.html (canta Paco Ibaez) http://www.palabravirtual.com/index.php?ir=ver_poema1.php&pid=3083 (recita Jaime Sabines) http://desdelalma.net/poema20.html(recita Gian Franco Pagliaro) Poema 20 Puedo escribir los versos ms tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: La noche esta estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos. El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos ms tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella tambin me quiso. En las noches como sta la tuve entre mis brazos. La bes tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo tambin la quera. 114 Cmo no haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos ms tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. Or la noche inmensa, ms inmensa sin ella. Y el verso cae al alma como al pasto el roco. Qu importa que mi amor no pudiera guardarla. La noche est estrellada y ella no est conmigo. Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca. Mi corazn la busca, y ella no est conmigo. La misma noche que hace blanquear los mismos rboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya no la quiero, es cierto, pero cunto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su odo. De otro. Ser de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque ste sea el ltimo dolor que ella me causa, y stos sean los ltimos versos que yo le escribo. 115 Oda a los calcetines Audicin: Escuchen a Pablo Neruda recitando esta oda en: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz1.php&wid=600 Me trajo Maru Mori un par de calcetines que teji con sus manos de pastora, dos calcetines suaves como liebres. En ellos met los pies como en dos estuches tejidos con hebras del crepsculo y pellejo de ovejas. Violentos calcetines, mis pies fueron dos pescados de lana, dos largos tiburones de azul ultramarino atravesados por una trenza de oro, dos gigantescos mirlos, dos caones: mis pies fueron honrados de este modo por estos celestiales calcetines. Eran tan hermosos que por primera vez mis pies me parecieron inaceptables como dos decrpitos bomberos, bomberos indignos de aquel fuego bordado, de aquellos luminosos calcetines. Sin embargo resist 116 la tentacin aguda de guardarlos como los colegiales preservan las lucirnagas, como los eruditos coleccionan documentos sagrados, resist el impulso furioso de ponerlos en una jaula de oro y darles cada da alpiste y pulpa de meln rosado. Como descubridores que en la selva entregan el rarsimo venado verde al asador y se lo comen con remordimiento, estir los pies y me enfund los bellos calcetines y luego las zapatos. Y es sta la moral de mi oda: dos veces es belleza la belleza y lo que es bueno es doblemente bueno cuando se trata de dos calcetines de lana en el invierno. Miguel Hernndez (1910 Orihuela -1942 Crcel de Alicante ) 117 Audicin: http://antologiapoeticamultimedia.blogspot.com/2006/08/andaluces-de-jan.html Andaluces de Jan http://antologiapoeticamultimedia.blogspot.com/2006/08/nanas-de-la-cebolla.html Nanas de la cebolla (versiones de Joan Manuel Serrat, Alberto Cortez y Enrique Morente) Aceituneros Andaluces de Jan aceituneros altivos, decidme en el alma: quin, quin levant los olivos? No los levant la nada, ni el dinero, ni el seor, sino la tierra callada, el trabajo y el sudor. Unidos al agua pura y a los planetas unidos, los tres dieron la hermosura de los troncos retorcidos. 118 Levntate, olivo cano, dijeron al pie del viento. Y el olivo alz una mano poderosa de cimiento. Andaluces de Jan, aceituneros altivos, decidme en el alma: quin amamant los olivos? Vuestra sangre, vuestra vida, no la del explotador que se enriqueci en la herida generosa del sudor. No la del terrateniente que os sepult en la pobreza, que os pisote la frente, que os redujo la cabeza. rboles que vuestro afn consagr al centro del da eran principio de un pan que slo el otro coma. Cuntos siglos de aceituna, los pies y las manos presos, sol a sol y luna a luna, pesan sobre vuestros huesos? Andaluces de Jan, aceituneros altivos, pregunta mi alma: De quin, de quin son estos olivos? Jan, levntate brava sobre tus piedras lunares, no vayas a ser esclava con todos tus olivares. Dentro de la claridad del aceite y sus aromas, indican tu libertad la libertad de tus lomas. ____________ Nanas de la cebolla (Dedicadas a su hijo, al raz de recibir una carta de su mujer, en la que le deca que no coma ms que pan y cebolla) La cebolla es escarcha cerrada y pobre. Escarcha de tus das y de mis noches. Hambre y cebolla, hielo negro y escarcha grande y redonda. En la luna del hambre mi nio estaba. Con sangre de cebolla se amamantaba. Pero tu sangre, escarchada de azucar, cebolla y hambre. Una mujer morena resuelta en luna se derrama hilo a hilo sobre la cuna. Rete, nio, que te tragas la luna cuando es preciso. Alondra de mi casa, rete mucho. Es tu risa en tus ojos la luz del mundo. Rete tanto que en el alma al orte bata el espacio. Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, crcel me arranca, Boca que vuela, corazn que en tus labios relampaguea. Es tu risa la espada ms victoriosa, vencedor de las flores y las alondras. Rival del sol,. Porvenir de mis huesos y de mi amor. La carne aleteante, sbito el prpado, el nio como nunca coloreado. Cunto jilguero se remonta, aletea, desde tu cuerpo! 119 pasiones y desgracias. Despert de ser nio: nunca despiertes. Triste llevo la boca: rete siempre. Siempre en la cuna, defendiendo la risa pluma por pluma. Ser de vuelo tan alto, tan extendido, que tu carne es el cielo recin nacido. Si yo pudiera remontarme al origen de tu carrera! Al octavo mes res con cinco azahares. Con cinco diminutas ferocidades. Con cinco dientes como cinco jazmines adolescentes. Frontera de los besos sern maana, cuando en la dentadura sientas un arma. Sientas un fuego correr dientes abajo buscando el centro. Vuela nio en la doble luna del pecho: l, triste de cebolla, t, satisfecho. No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre. Cancin ltima Pintada, no vaca: pintada est mi casa del color de las grandes Regresar del llanto adonde fue llevada con su desierta mesa con su ruinosa cama. Florecern los besos sobre las almohadas Y en torno de los cuerpos elevar la sbana su intensa enredadera nocturna, perfumada. El odio se amortigua detrs de la ventana. Ser la garra suave. Dejadme la esperanza 120 121 Gabriel Celaya (Espaa, 1911-1991) Audicin: http://antologiapoeticamultimedia.blogspot.com/2006/08/la-poesa-es-un-arma-cargada-de-futuro.html (Versin Paco Ibaez) La poesa es un arma cargada de futuro Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, mas se palpita y se sigue ms ac de la conciencia, fieramente existiendo, ciegamente afirmando, como un pulso que golpea las tinieblas, que golpea las tinieblas. Cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte, se dicen las verdades: las brbaras, terribles, amorosas crueldades, amorosas crueldades: se dicen los poemas que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, piden ser, piden ritmo, piden ley para aquello que sienten excesivo. Con la velocidad del instinto, con el rayo del prodigio, como mgica evidencia, lo real nos convierte en lo idntico a s mismo. Poesa para el pobre, poesa necesaria 122 como el pan de cada da, como el aire que exigimos trece veces por minuto, para ser, y en tanto somos, dar un s que glorifica. Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Estamos tocando el fondo, estamos tocando el fondo. Maldigo la poesa concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavndose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesa de quien no toma partido, partido hasta mancharse. Hago mas las faltas. Siento en m a cuantos sufren y canto respirando. Canto y canto y cantando ms all de mis penas personales me ensancho, me ensancho. Quisiera daros vida, provocar nuevos actos y calculo por eso con tcnica, que puedo. Me siento un ingeniero del verso y un obrero que trabaja con otros a Espaa en sus aceros. Tal es mi poesa: Poesa-herramienta a la vez que latido de lo unnime y ciego. Tal es, arma cargada de futuro expansivo, con que te apunto al pecho. No es una poesa gota a gota pensada. No es un bello producto. No es un fruto perfecto. Es algo como el aire que todos respiramos y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos. Son palabras que todos repetimos sintiendo como nuestras, y vuelan. Son ms que lo mentado. Son lo ms necesario: lo que no tiene nombre. Son gritos en el cielo, y en la tierra , son actos. Cantos iberos (1955) Gloria Fuertes (Madrid, Espaa, 1918-1999) 123 http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/fuertes/ Es intil Intil que a estas fechas nos empiece a dar pena de la rosa y el pjaro, intil que encendamos velas por los pasillos, intil que nos prohiban nada, no hablar por ejemplo, comer carne, beber libros, bajarnos sin pagar el tranva, querer a varios seres, fumar yerbas, decir verdades, amar al enemigo, intil es que nos prohiban nada. En los diarios vienen circulares, papeles hay pegados en la esquina que prohiben comer pjaros fritos; y no prohiben comer hombres asados, con dientes de metralla comer hombres desnudos! Por qu prohiben pjaros los mismos que consienten ejecutar al sptimo y al quinto mandamiento? Tampoco han prohibido los nios en Corea y se los sigue el hombre comiendo en salsa blanca. La Protectora de Animales est haciendo el ridculo. Tampoco han prohibido comer las inocentes pescadillas, los tiernos y pursimos corderos, las melanclicas lubinas, las perdices, y qu me dices de Mariquita Prez que la compran abrigos de trescientas pesetas habiendo tanta nia sin mueca ni ropa. Los enfermos trabajan, los ancianos ejercen, el opio en tal caf puede comprarse, la juventud se vende, 124 todo esto est oficialmente permitido. Comprended y pensad, nada se arregla con tener buenos sentimientos; hay que tener arranque y ganas de gritar --Mientras haya guerras comer pjaros fritos! _________________ Vrgen de plstico Con su manto de nylon y la corona elctrica, con pilas en el pecho y una sonrisa triste, se la ve en las vitrinas de todos los comercios y en los sucios hogares de los pobres catlicos. En Nueva York los negros tienen su virgen blanca presidiendo el lavabo junto a la cabecera... Es un cruce de Virgen entre Ftima y Lourdes, un leve vaciado con troquel made in USA, tiene melena larga y las manos abiertas es lavable y si cae no se descascarilla. Las hay de tres colores, blancas, azules, rosas --las hay de tres tamaos---an la grande es pequea--. As, sin angelitos, Virgen de resultado, me diste tanta pena, Virgen pura de plstico, se me quit la gana de pedirte un milagro. _________ Luis Pals Matos (Puerto Rico, 1899-1559) Danza Negra Audicin: http://amediavoz.com/mediavoz.htm (recita Berta Singerman) Calab y bamb. Bamb y calab. El Gran Cocoroco dice: tu-cu-t. La Gran Cocoroca dice: to-co-t. 125 Es el sol de hierro que arde en Tombuct. Es la danza negra de Fernando Poo. El cerdo en el fango grue: pru-pru-pr. El sapo en la charca suea: cro-cro-cr. Calab y bamb. Bamb y calab. Rompen los junjunes en furiosa u. Los gongos trepidan con profunda o. Es la raza negra que ondulando va en el ritmo gordo del mariyand. Llegan los botucos a la fiesta ya. Danza que te danza la negra se da. Calab y bamb. Bamb y calab. El Gran Cocoroco dice: tu-cu-t. La Gran Cocoroca dice: to-co-t. Pasan tierras rojas, islas de betn: Hait, Martinica, Congo, Camern; las papiamentosas antillas del ron y las patualesas islas del volcn, que en el grave son del canto se dan. Calab y bamb. Bamb y calab. Es el sol de hierro que arde en Tombuct. Es la danza negra de Fernando Poo. El alma africana que vibrando est en el ritmo gordo del mariyand. Calab y bamb. Bamb y calab. El Gran Cocoroco dice: tu-cu-t. La Gran Cocoroca dice: to-co-t. Tuntn de pasa y grifera (1937) Julia de Burgos (Puerto Rico, 1917-1953) 126 Ay ay ay de la grifa negra Ay ay ay, que soy grifa y pura negra; grifera en mi pelo, cafrera en mis labios; y mi chata nariz mozambiquea. Negra de intacto tinte, lloro y ro la vibracin de ser estatua negra; de ser trozo de noche, en que mis blancos dientes relampaguean; y ser negro bejuco que a lo negro se enreda y comba el negro nido en que el cuervo se acuesta. Negro trozo de negro en que me esculpo, ay ay ay, que mi estatua es toda negra. Dcenme que mi abuelo fue el esclavo por quien el amo dio treinta monedas. Ay ay ay, que el esclavo fue mi abuelo es mi pena, es mi pena. Si hubiera sido el amo, sera mi vergenza; que en los hombres, igual que en las naciones, 127 si el ser el siervo es no tener derechos, el ser el amo es no tener conciencia. Ay ay ay, los pecados del rey blanco lvelos en perdn la reina negra. Ay ay ay, que la raza se me fuga y hacia la raza blanca zumba y vuela hundirse en su agua clara; tal vez si la blanca se ensombrar en la negra. Ay ay ay, que mi negra raza huye y con la blanca corre a ser triguea; a ser la del futuro, fraternidad de Amrica! Francisco Zamora (Guinea Ecuatorial (1948-) Copito de Nieve (Zoo de Barcelona) Salvad a Copito Mi enhorabuena Copito mi enhorabuena. Gracias a que gasta UD. forros blancos y ojos azules ha podido abandonar la selva con gran alborozo por parte de Occidente. As, tras civilizados barrotes no volver a sufrir la zozobra de saberse acechado la angustia que precede a la emboscada del depredador la hiena, el leopardo o el fugitivo indgena. 128 Gracias a la extraa mutacin que padece disfrut un buen bibern desde el primer da el rumor de las Ramblas, cacahuetes, pipas, un hermoso nombre de detergente a granel as como pequeas obscenidades en cataln. Recibe Ud. visitas con tratamiento de ilustrsima tiene amigos en el Ministerio calefaccin y agua caliente en invierno; primero de la clase, sus compaeros no pueden reprimir su admiracin cada vez que le nombra el domador Copito de nieve, el nico gorila del mundo con el alma blanca. Pero si bien eludi Ud. definitivamente el ts-ts al anopheles y a un cierto neocolonialismo sentimental, el precio por el bombn, los tres tenedores y el lenguado meunier han sido bien altos aunque le sugiero que todo pudo haber sido muy distinto Ud. se permita recordarme que a otros del mismo tropel les fue peor. Francisco Zamora Nancy Morejn (Cuba 1944 -) 129 Mujer negra Audicin: http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/Nancy/voces.shtml (Recita la autora) Todava huelo la espuma del mar que me hicieron atravesar. La noche, no puedo recordarla. Ni el mismo ocano podra recordarla. Pero no olvido el primer alcatraz que divis. Altas, las nubes, como inocentes testigos presenciales. Acaso no he olvidado ni mi costa perdida, ni mi lengua ancestral Me dejaron aqu y aqu he vivido. Y porque trabaj como una bestia, aqu volv a nacer. A cuanta epopeya mandinga intent recurrir. Me rebel. Su Merced me compr en una plaza. Bord la casaca de su Merced y un hijo macho le par. Mi hijo no tuvo nombre. Y su Merced muri a manos de un impecable lord ingls. Anduve. Esta es la tierra donde padec bocabajos y azotes. Bogu a lo largo de todos sus ros. Bajo su sol sembr, recolect y las cosechas no com. Por casa tuve un barracn. Yo misma traje piedras para edificarlo, pero cant al natural comps de los pjaros nacionales. Me sublev. En esta tierra toqu la sangre hmeda y los huesos podridos de muchos otros, trados a ella, o no, igual que yo. Ya nunca ms imagin el camin a Guinea. Era a Guinea? A Benn? Era a Madagascar? O a Cabo Verde? Trabaj mucho ms. Fund mejor mi canto milenario y mi esperanza. Aqu constru mi mundo. Me fui al monte. Mi real independencia fue el palenque y cabalgu entre las tropas de Maceo. Slo un siglo ms tarde, 130 junto a mis descendientes, desde una azul montaa. Baj de la Sierra Para acabar con capitales y usureros, con generales y burgueses. Ahora soy: slo hoy tenemos y creamos. Nada nos es ajeno. Nuestra la tierra. Nuestros el mar y el cielo. Nuestras la magia y la quimera. Iguales mos, aqu los veo bailar alrededor del rbol que plantamos para el comunismo. Su prdiga madera ya resuena. ngel Gonzlez (Oviedo, Espaa, 1925-) http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/AGonzalez/ http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/AGonzalez/catalogo.shtml Civilizacin de la opulencia Particular mencin merecen las vitrinas donde se exhiben modas de seora. Los sombreros de paja de Florencia, levemente dorados, mas sin brillo, entonan con el fuego de un pauelo diseado en Pars, sobre el que, esbelto, rodeado por las piedras (como gotas de sangre) de un collar falso hasta el xtasis, se eleva --incmodo, exquisito, indiferente-un zapato, un nico zapato inconcebible: abrumador ejemplo de belleza, catedral entrevista sin distancia cantando con su esbelta arquitectura un mudo gloria en las alturas a la mrbida, larga, afortunada y fuerte pierna posible que de su horma surja. 131 Aunque por todas parte (no ah slo) la gracia de un color, el acabado perfecto de una forma, o simplemente la noble calidad de la materia, reclaman la atencin de los viandantes, gritan, cantan, golpean sus sentidos. No menos dulces fueron las canciones que tentaron a Ulises en el curso de su desesperante singladura, pero iba atado al palo de la nave, y la marinera, ensordecida de forma artificial, al no poder or mantuvo el rumbo. Mas la cuestin no es sa: ncubos o sirenas, ngeles derribados o en activo, todos esos objetos manufacturados, tantas mercaderas y brillantes bienes, se acercan desde la lejana de un mundo diferente, ms profundo y mejor, para mostrar su perfeccin de seres colmados, plenos, casi eternos, o vienen a contemplar la vida a la intemperie, la indefensin cercada a cielo abierto, el apacible trnsito del hombre a manera de grey por su caada? As las cosas, as las mercancas: indiferentes, ciegos smbolos de la felicidad, seguros al otro lado del cristal manchado con el aliento y la avidez de ese tropel informe y presuroso que vacila, se para, mira y sigue buscando nuevas grietas en el muro. De Tratado de urbanismo, (1967) 132 Ernesto Cardenal (Nicaragua, 1925-) Oracin por Marilyn Monroe Audio: http://palabravirtual.com/bio.php?ir=ver_voz.php&wid=379 Seor recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra con el nombre de Marilyn Monroe aunque se no era su verdadero nombre (pero T conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 aos y la empleadita de tienda que a los 16 se haba querido matar) y que ahora se presenta ante Ti sin ningn maquillaje sin su Agente de Prensa sin fotgrafos y sin firmar autgrafos sola como un astronauta frente a la noche espacial. Ella so cuando nia que estaba desnuda en una iglesia (segn cuenta el Time) ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo y tena que caminar en puntillas para no pisar las cabezas. T conoces nuestros sueos mejor que los psiquiatras. Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno pero tambin algo ms que eso... Las cabezas son los admiradores, es claro (la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz). Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox. El templo--de mrmol y oro--es el templo de su cuerpo 133 en el que est el Hijo del Hombre con un ltigo en la mano expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox que hicieron de Tu casa de oracin una cueva de ladrones. Seor en este mundo contaminado de pecados y radioactividad T no culpars tan slo a una empleadita de tienda. Que como toda empleadita de tienda so ser estrella de cine. Y su sueo fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor). Ella no hizo sino actuar segn el script que le dimos --El de nuestras propias vidas--Y era un script absurdo. Perdnala Seor y perdnanos a nosotros por nuestra 20th Century y por esta Colosal Super Produccin en la que todos hemos trabajado. Ella tena hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes. Para la tristeza de no ser santos se le recomend el Psicoanlisis. Recuerda Seor su creciente pavor a la cmara y el odio al maquillaje--insistiendo en maquillarse en cada escena-y cmo se fue haciendo mayor el horror y mayor la impuntualidad a los estudios. Como toda empleadita de tienda so ser estrella de cine. Y su vida fue irreal como un sueo que un psiquiatra interpreta y archiva Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados que cuando se abren los ojos se descubre que fue bajo reflectores y apagan los reflectores! y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematogrfico) mientras el Director se aleja con su libreta porque la escena ya fue tomada. O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Ro la recepcin en la mansin del Duque y la Duquesa de Windsor vistos en la salita del apartamento miserable. La pelcula termin sin el beso final. La hallaron muerta en su cama con la mano en el telfono, Y los detectives no supieron a quin iba a llamar Fue como alguien que ha marcado el nmero de la nica voz amiga y oye tan slo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER. O como alguien que herido por los gngsters alarga la manos a un telfono desconectado. Seor quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar 134 y no llam (y tal vez no era nadie o era Alguien cuyo nmero no est en el Directorio de Los Angeles) contesta t el telfono! Como latas de cerveza vacas Como latas de cerveza vacas y colillas de cigarrillos apagados, han sido mis das. Como figuras que pasan por una pantalla de televisin y desaparecen, as ha pasado mi vida. Como automviles que pasaban rpidos por las carreteras con risas de muchachas y msicas de radios... Y la belleza pas rpida, como el modelo de los autos y las canciones de los radios que pasaron de moda. Y no ha quedado nada de aquellos das, nada, ms que latas vacas y colillas apagadas, risas en fotos marchitas, boletos rotos, y el aserrn con que al amanecer barrieron los bares. Gioconda Belli (Nicaragua, 1948-) 135 Dando el pecho Al cogerla tengo que tener mucho cuidado. Es como tratar de cargar un montoncito de agua sin que se derrame. Me siento en la mecedora, la acuno, y al primer quejido, empiezo a dar leche como una vaca tranquila. Ella vuelve a ser ma, pegadita a m, dependiendo de m, Como cuando slo ya la conoca y viva en mi vientre. Parto Me acuerdo cuando naci mi hija. Yo era un solo dolor miedoso, esperando ver salir de entre mis piernas un sueo de nueve meses con cara y sexo. Menstruacin Tengo la "enfermedad" de las mujeres. Mis hormonas estn alborotadas, me siento parte de la naturaleza. Todos los meses esta comunin del alma y el cuerpo; este sentirse objeto de leyes naturales fuera de control; el cerebro recogido volvindose vientre. Daisy Zamora (Nicaragua, 1950-) Preez 136 Una tinaja de barro 137 Un nfora griega Esta inesperada redondez este perder mi cintura de nfora y hacerme tinaja, es regresar al barro, al sol, al aguacero y entender cmo germina la semilla en la humedad caliente de mi tierra. Gina Valds (LA, California USA, 1943-) Where you from? Soy de aqu 138 y soy de all from here and from there born in L.A. del otro lado y de ste crec en L.A. y en Ensenada my mouth still tastes of naranjas con chile soy del sur y del norte crec zurda y norteada cruzando fron Libros de Gina Valds: teras crossing San Andreas tartamuda y mareada where you from? soy de aqu y soy de all I didn't build this border that halts me the word fron tera splits on my tongue Comiendo lumbre / Eating Fire (Maize Press, 1986) y Puentes y fronteras (Castle Graphics, 1982). There are no madmen here, 1981 Luis Garca Montero (Granada, Espaa, 1958-) De Habitaciones separadas, 1998 Despus de cinco aos La palmera creci con la luz de la noche y la msica en alto, entre libros y amigos. Sus ramas excesivas ya caan en la piel de los muebles, el brazo descuidado y las conversaciones. En tu casa no cabe la palmera, dijo entonces Mara, y lo dijo con tono de sentencia, aquella noche de final de ao, llena de serpentinas y de lgrimas, despus de haber hablado con crudeza de los amigos muertos, de los que beben mucho, de los que slo existen por el rencor que guardan. 139 Tom una decisin. Al acabar la fiesta le conced la libertad y el cielo, un huerto de montaa en casa de mis padres, para poner al lado del fro y la memoria el araazo verde de sus hojas, su alegra de vida desbordante. No viven las palmeras en la sierra, pens, mientra el agua empapaba races escondidas, y lo pens con miedo, con tono de sentencia, porque el invierno es duro en mi ciudad y daa, y su lengua persigue el corazn desierto de las plazas, la mirada del hombre que pasea y las conversaciones. No conozco la fe. Pero es el caso que la palmera pudo crecer entre los pinos, y yo vuelvo a mirarla, con paciencia de isla, como se mira el horizonte, y en mi cartera anoto su araazo de sol bajo las nubes, la gracia de su rama verdecida. All sigue creciendo, en un lugar extrao, silenciosa, extranjera en la nieve despus de tanto tiempo 140 ... View Full Document

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