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Unformatted text preview: - Página 2 Índice Portada Sinopsis Mapa Prólogo PRIMERA PARTE: El dragón. Del 12 al 20 de junio Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Mapa Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 SEGUNDA PARTE: Timbres inquietantes. 21 de junio Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 TERCERA PARTE: Gemelo desaparecido. Del 21 al 30 de junio Capítulo 16 Mapa Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 - Página 3 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Epílogo Agradecimientos Notas Créditos Serie Millennium - Página 4 Mas libros en lectulandia.com - Página 5 Sinopsis Lisbeth Salander está cumpliendo condena en la cárcel de Flodberga, en la que intenta a toda costa evitar cualquier tipo de conflicto con el resto de las presas. Pero en el momento en el que Lisbeth se convierte en la protectora de la joven de Bangladés que ocupa la celda vecina, la peligrosa líder de las internas la coloca en su punto de mira. Holger Palmgren visita a Lisbeth y le explica que ha recibido una serie de documentos que contienen información relativa a los abusos que sufrió ella en su infancia. Salander acude a Mikael Blomkvist y ambos emprenden una investigación que puede sacar a la luz uno de los experimentos más atroces auspiciado por el gobierno sueco en los años ochenta. Los indicios los llevan hasta Leo Manheimer, socio en la financiera Alfred Ögren, con quien Lisbeth comparte mucho más de lo que creen. - Página 6 - Página 7 Prólogo Holger Palmgren se encontraba en la sala de visitas, sentado en su silla de ruedas, y dijo: —Siempre he querido preguntarte por qué es tan importante para ti el tatuaje del dragón. —Tiene que ver con mi madre. —¿Con Agneta? —Yo era pequeña, debía de tener unos seis años. Me escapé de casa. —Ah, sí, creo que ya me acuerdo. Había una mujer que solía visitaros, ¿verdad? Y que tenía una especie de marca. —Sí, era como si su cuello hubiese ardido. —¿Como si el fuego de un dragón se lo hubiese quemado? - Página 8 PRIMERA PARTE El dragón Del 12 al 20 de junio En 1489, Sten Sture el Viejo mandó hacer una estatua para celebrar su victoria sobre el rey danés en la batalla de Brunkeberg. En la estatua —que se encuentra en Storkyrkan, la catedral de Estocolmo—, san Jorge está montado en un caballo y sostiene una espada en alto. A sus pies hay un dragón agonizante. Y, junto a éste, una mujer vestida con un traje borgoñés. La mujer representa a una doncella a la que el caballero acaba de salvar, y, según parece, tiene la cara de Ingeborg Åkersdotter, la esposa de Sten Sture el Viejo. A la doncella se la ve extrañamente impasible. - Página 9 Capítulo 1 12 de junio Lisbeth Salander volvía de las duchas tras haber estado en el gimnasio cuando la detuvo Alvar Olsen, el jefe de los guardias, y empezó a darle la tabarra. Era posible que el chico se encontrara algo excitado. Gesticulaba con vehemencia agitando unos papeles en el aire. Pero Lisbeth no oía ni una palabra de lo que le decía. Eran las 19.30. En la cárcel de Flodberga, las 19.30 era la peor hora. Era la hora en la que pasaba el tren de mercancías con un ensordecedor traqueteo que hacía retemblar las paredes, la hora en la que los pasillos se llenaban del ruidoso tintineo de las llaves y de un olor a sudor y a perfume. A ninguna otra hora del día la prisión se convertía en un lugar tan peligroso como a las 19.30. Era entonces, al amparo del chirrido de las vías del tren y en medio del caos general que se originaba justo antes de que se cerraran las puertas de las celdas, cuando se producían los peores ataques. En esos instantes, Lisbeth Salander se mantenía siempre alerta, paseando la mirada por todos los rincones de la unidad de seguridad; por eso no fue ninguna casualidad que, justo en ese momento, viera lo que le estaban haciendo a Faria Kazi. Faria Kazi era una chica joven y guapa de Bangladés. Estaba sentada en su celda, que quedaba a la izquierda de la de Salander, y aunque desde donde ésta se hallaba sólo se podía distinguir la cara de Faria, no cabía duda de que la estaban abofeteando. Lisbeth vio cómo su cabeza daba continuas sacudidas y, a pesar de que los golpes no parecían ser exageradamente fuertes, había algo en ellos que hacía pensar en un ritual. Fuera lo que fuese, aquello debía de haberse producido durante mucho tiempo; se advertía en la propia naturaleza del agravio y también en la reacción de la chica. Resultaba obvio, incluso a distancia, que se trataba de una coacción que había arraigado profundamente en la víctima y había anulado toda resistencia por su parte. Ninguna mano intentó detener las bofetadas, como tampoco ninguna sorpresa se apreció en su mirada; tan sólo un silencioso y perpetuo miedo. Faria Kazi convivía con el terror. Lisbeth lo comprendió con sólo estudiar su cara. Eso concordaba, además, con lo que había visto durante las semanas que llevaba en la cárcel. - Página 10 —¡Mira! —dijo, señalando la celda de Faria. Pero cuando Alvar Olsen se dio la vuelta todo había terminado ya. Lisbeth se alejó de allí, se metió en su celda y cerró la puerta. Desde fuera le llegaron unas voces y unas risas apagadas, y luego el ruido del tren de mercancías, que no dejaba de atronar y traquetear. Allí dentro tenía un lavabo y una estrecha cama, así como una estantería y una mesa llena de una serie de cálculos de mecánica cuántica. ¿Continuaría con ellos? ¿Con sus intentos por dar con una gravedad cuántica de bucles? Se miró la mano. Estaba sosteniendo algo. Se trataba de los mismos papeles que Alvar acababa de agitar en el aire hacía tan sólo un momento. Y entonces, a pesar de todo, le entró cierta curiosidad. Pero resultó ser una tontería: un test de inteligencia con dos manchas de café en la parte superior de la primera hoja. Resopló. Odiaba que la pesaran o que la midieran —de la forma que fuera—, así que soltó los papeles, que al caer sobre el suelo de hormigón formaron una especie de abanico. Dejó de pensar en ellos por un instante y volvió a concentrarse en Faria Kazi. Lisbeth no había llegado a ver quién la estaba golpeando. Pero lo sabía perfectamente. Porque, aunque en un principio a Lisbeth la traía sin cuidado el ambiente que hubiera allí dentro, lo cierto era que, poco a poco, y muy a su pesar, había ido descodificando las señales —tanto las visibles como las ocultas— y comprendiendo quién mandaba en realidad. A la unidad también se la llamaba «la sección B» o «el módulo de seguridad». Se la consideraba la más segura de todo el centro, y para el que acudía de visita o realizaba una rápida inspección, ésa era, sin duda, la imagen que daba. En ningún otro sitio de la cárcel había tantos guardias, controles y programas de rehabilitación. Pero a quien la examinara con más detenimiento le surgiría la sospecha de que en su interior algo estaba podrido. Los guardias aparentaban ser duros y autoritarios, e incluso compasivos, aunque en realidad eran unos cobardes que habían perdido toda autoridad y permitido que el poder pasara a manos enemigas, a la mafiosa Benito Andersson y a sus secuaces. Era cierto que, durante el día, Benito actuaba con discreción y se comportaba más bien como una reclusa ejemplar, pero después de la temprana cena, cuando las internas podían hacer ejercicio o ver a sus familiares, ella tomaba el mando, y en ningún otro momento su poder era tan grande como justo antes de que las puertas de las celdas se cerraran. Las presas se movían libremente por ellas y se susurraban amenazas y promesas. Y la banda de Benito se quedaba en un lado, y sus víctimas, en el otro. Por supuesto, era toda una vergüenza que Lisbeth Salander se encontrara allí, en - Página 11 prisión. Pero es que las circunstancias no le habían sido muy propicias. Aunque, a decir verdad, tampoco era que hubiese puesto mucho empeño en luchar contra los elementos. A ella todo aquello se le antojaba más bien un estúpido paréntesis en su vida y pensaba que igual podía estar en la cárcel como en cualquier otro lugar. ¿Qué más daba? La habían sentenciado a dos meses de reclusión por apropiación indebida e imprudencia temeraria en los hechos que siguieron al asesinato del catedrático Frans Balder, cuando ella, por propia iniciativa, escondió a un niño autista de ocho años y se negó a colaborar con la policía, ya que consideraba, con razón, que alguien del equipo de investigación estaba filtrando información. Nadie ponía en duda que su valiosa contribución hubiera salvado la vida del chico. Aun así, el fiscal jefe, Richard Ekström, llevó el proceso judicial con gran entrega y pasión, y al final el juez se dejó convencer por sus argumentos, a pesar de las discrepancias de uno de los miembros del tribunal. También la abogada de Lisbeth, Annika Giannini, realizó un brillante trabajo, pero como Salander no colaboró demasiado, las posibilidades de ganar el caso fueron muy pequeñas. Lisbeth permaneció callada y de mal humor durante todo el juicio y se negó a recurrir la sentencia. Tan sólo deseaba que aquel espectáculo terminara cuanto antes, por lo que, como era de esperar, acabó en el centro penitenciario de régimen abierto de Björngärda Gård, donde disfrutaba de muchas libertades. Sin embargo, no tardaron en aparecer indicios de que su vida corría peligro, algo no del todo inesperado teniendo en cuenta la gente con la que Lisbeth se había metido. Por ese motivo fue trasladada a la unidad de seguridad de Flodberga. No era tan raro como en un principio podría parecer. Lo cierto era que a Lisbeth la obligaron a convivir con las peores criminales del país, pero ella no puso ninguna objeción. Estaba rodeada de guardias en todo momento, y en aquella sección hacía ya varios años que no se abrían expedientes por agresión o actos violentos. El personal podía presentar, incluso, unas estadísticas bastante impresionantes de reclusas que habían sido rehabilitadas, si bien era verdad que dichas estadísticas databan en su totalidad del período anterior a la llegada de Benito Andersson. Ya desde el principio, Lisbeth se encontró con más de una provocación, cosa nada sorprendente. Ella era una reclusa que no pasaba desapercibida, famosa por haber aparecido en los medios de comunicación, así como por los rumores que circulaban sobre ella y los intercambios de información que se producían en los propios canales del mundo del hampa. Tan sólo un par de días antes, Benito en persona le había dado una nota que decía: «¿Amiga o enemiga?». Lisbeth la tiró un minuto después, y si tardó tanto en hacerlo fue, más que nada, porque dejó transcurrir unos cincuenta y - Página 12 ocho segundos antes de leerla. Ella pasaba de luchas por el poder y de alianzas de amistad. Se concentraba en ver y aprender, y hacía escasos instantes que había visto más que suficiente. Ahora dirigía una ausente y fija mirada a la estantería que tenía los tratados sobre la teoría cuántica de campos que había pedido antes de ingresar en prisión. En el armario de la izquierda había dos juegos de ropa del centro penitenciario con las letras KV — Kriminalvården—,[1] así como algo de ropa interior y dos pares de zapatillas. En las paredes no había nada, ni siquiera una fotografía ni el más mínimo recuerdo de que había vida al otro lado de aquellos muros. La decoración de aquel cuchitril le interesaba tan poco como la de su casa de Fiskargatan. En el pasillo empezaban a cerrarse las puertas de las celdas, algo que normalmente suponía una liberación para ella. Cuando ya no había ruidos y se instalaba la paz en la sección, Lisbeth solía sumergirse en las matemáticas —en sus esfuerzos por unir la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad— y olvidarse del mundo exterior. Pero esa noche resultaba distinta. Estaba irritada, y no sólo por la agresión cometida contra Faria Kazi ni por la corrupción generalizada de aquel lugar. La causa era más bien la visita —seis días antes— de Holger Palmgren, su tutor durante aquella época en la que la sociedad consideró que ella no era capaz de hacerse cargo de su propia vida. La visita había sido un drama ya de por sí; Holger nunca salía de casa y dependía por completo de los asistentes que lo cuidaban en su piso de Liljeholmen. Pero él había insistido en acudir hasta allí, por lo que —con la ayuda del servicio de transportes para discapacitados— lo llevaron hasta la cárcel, en donde entró jadeando, en silla de ruedas y con mascarilla de oxígeno. Aun así, fue un encuentro bonito; hablaron de los viejos tiempos, y Holger se puso sentimental y se emocionó. Tan sólo una cosa molestó a Lisbeth: Holger le contó que había recibido la visita de una mujer llamada Maj-Britt Torell, que había sido secretaria de la clínica de psiquiatría infantil donde Lisbeth estuvo ingresada de niña. La mujer la había visto en los periódicos y quiso entregarle a Holger unos documentos que pensaba que serían de su interés. Según él, eran unos hechos más que sabidos sobre cómo habían inmovilizado a Lisbeth y sobre lo mal que la habían tratado. «Nada que tengas que ver», sentenció. No obstante, los documentos debían de contener algo nuevo, porque cuando Holger le preguntó por el tatuaje del dragón y Lisbeth le habló de la señora que tenía una mancha de nacimiento roja como el fuego, él dijo: —¿No era ella del registro? —¿De dónde? —Del Registro para el Estudio de la Genética y el Entorno. El que está en Uppsala. Me parece haberlo leído en alguna parte. —Pues habrá sido en los nuevos documentos —sentenció Lisbeth. —¿Tú crees? —preguntó Holger—. No sé, tal vez me esté liando. - Página 13 Probablemente se estuviera liando. Holger era ya muy mayor. A pesar de ello, Lisbeth no pudo dejar de darle vueltas a ese dato. Rondaba por su cabeza mientras le pegaba puñetazos al saco de boxeo del gimnasio por las tardes y cuando trabajaba en el taller de cerámica por las mañanas. Y ahora seguía royendo su interior al tiempo que permanecía de pie en medio de su celda, con la mirada puesta en el suelo. El test de inteligencia desparramado sobre el hormigón parecía haber cambiado; ya no le resultaba indiferente, sino una prolongación de lo que Holger y ella habían estado comentando, aunque al principio no comprendió por qué. Sin embargo, luego se le vino a la mente que la señora con la mancha de nacimiento también le había dado diferentes test, hecho que siempre acababa con gritos y peleas. Hasta que un día Lisbeth, ya harta, con sólo seis años de edad, huyó de casa en plena noche. Aun así, no eran los test, ni tampoco aquella huida, lo esencial de su pensamiento. Sino la sospecha que ya había empezado a crecer en su interior; la sospecha de que había algo fundamental en su infancia que no había comprendido, y llegó a la conclusión de que debía indagar más. Era cierto que pronto la pondrían en libertad y que entonces podría hacer lo que le diera la gana. Pero también sabía que tenía bien pillado a Alvar Olsen, el jefe de los guardias. No era la primera vez que el tipo fingía no ver las agresiones que allí se cometían. La unidad que dirigía, considerada todavía un orgullo para todo el sistema penitenciario, se hallaba en decadencia moral. Por eso Lisbeth se preguntó si Olsen no la ayudaría a conseguir lo que nadie podía tener allí dentro: una conexión a Internet. Escuchó con atención los ruidos del pasillo. Oyó murmullos en los que se mezclaban palabras amables y tacos, puertas que se cerraban de un portazo, el tintineo de las llaves y unos pasos alejándose. Luego se hizo el silencio. Sólo se oía el zumbido del sistema de ventilación, aunque en realidad no funcionaba. El ambiente era de lo más sofocante e insoportable. Lisbeth Salander bajó la mirada y la depositó en los papeles del test mientras pensaba en Faria Kazi, en Benito, en Alvar Olsen y en la señora con aquella mancha de nacimiento roja como el fuego en el cuello. Se agachó, recogió los papeles y se sentó a la mesa para contestar a toda prisa las preguntas. Cuando terminó, pulsó el botón del intercomunicador plateado que se hallaba junto a la puerta de acero. Alvar Olsen contestó algo nervioso y dubitativo. Lisbeth le dijo que tenía que hablar con él. Inmediatamente. —Es importante —remarcó. - Página 14 Capítulo 2 12 de junio Alvar Olsen quería irse a casa. Quería marcharse de allí. Pero antes debía hacer su turno de vigilancia, ponerse con el papeleo y, como era natural, llamar a su hija Vilda, de nueve años, para darle las buenas noches. Como iba siendo habitual, era Kerstin, la tía de Alvar, la que cuidaba de la niña. Él le había advertido de la importancia de cerrar siempre la puerta de casa con doble cerradura de seguridad. Alvar llevaba doce años siendo jefe de la unidad de seguridad de Flodberga, y durante la mayor parte de ellos había estado orgulloso de su trabajo y se había considerado el hombre perfecto para ese cometido. En su juventud, había salvado la vida de su madre, gravemente alcoholizada, al conseguir que dejara la bebida. Siempre había contado con una natural y apasionada predisposición para ponerse de parte de los desfavorecidos, de modo que no resultaba sorprendente que hubiera decidido entrar en la administración penitenciaria, ni tampoco que se hiciera enseguida con una sólida y buena reputación. Pero en la actualidad apenas le quedaba nada de aquel idealismo. El primer golpe le llegó cuando su esposa los abandonó —a él y a su hija— para irse a vivir a Åre con su antiguo jefe. Sin embargo, fue Benito la que, de forma definitiva, dio al traste con todas sus ilusiones. Alvar solía decir que siempre hay algo bueno en todos los delincuentes. Pero en Benito no había nada bueno, y eso que eran muchos los que habían intentado encontrárselo: novios, novias, abogados, terapeutas y psiquiatras forenses, e incluso un par de sacerdotes. Benito se llamaba originalmente Beatrice. Había cambiado de nombre en honor al conocido fascista italiano, y en esos momentos lucía el tatuaje de una esvástica en el cuello, llevaba el pelo rapado y mostraba una malsana palidez en el rostro. Pese a ello, su aspecto no era demasiado terrible. Aunque tenía cuerpo de luchadora, irradiaba cierta elegancia, y no pocos se dejaban engatusar por lo imponente de su físico. No obstante, lo que producía en la gran mayoría era un miedo de muerte. Benito había asesinado —eso era al menos lo que se decía— a tres personas con un par de dagas a las que ella llamaba «Kris» o - Página 15 «Keris», y de las que se hablaba tanto que se habían convertido en parte intrínseca del ambiente amenazador y sofocante del centro. Una y otra vez, se repetía que lo peor que podía pasar en el módulo era que Benito dijera que te estaba apuntando con su daga, porque entonces estabas sentenciado a muerte, cuando no prácticamente muerto. Y aunque la mayor parte de esos comentarios no eran más que chorradas y pura palabrería —sobre todo teniendo en cuenta que esas dagas se hallaban a una tranquilizadora distancia de la cárcel—, lo cierto era que dejaban su impronta en el ambiente. El mito de las dagas, unido a la amedrentadora apariencia de Benito, sembraba el pánico en los pasillos. Todo aquello constituía una auténtica vergüenza, un gran escándalo. Y Alvar había acabado aceptándolo. No debería haber temido enfrentarse a ella; Alvar medía un metro noventa y dos, pesaba ochenta y ocho kilos y era de complexión fuerte y musculosa. Ya de joven se peleaba con borrachos y cerdos que querían hacerle daño a su madre. Pero tenía un punto débil: era padre de una niña. No hacía ni un año que Benito se había acercado a él en el patio y le había susurrado al oído la descripción de un itinerario, una precisa y escalofriante relación de todos y cada uno de los pasillos y las escaleras por los que Alvar pasaba cada mañana para llevar a su hija a la clase de 3.º A, en el tercer piso del colegio Fridhem de Örebro. —Estoy apuntando a tu hija con mi daga —le espetó. No hizo falta añadir nada más. Alvar perdió el control de la sección, y el caos producido por ello fue extendiéndose hasta los niveles inferiores de la jerarquía. Alvar no dudaba ni un solo segundo de que alg...
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