Destejiendo el arco iris Richard Dawkins.pdf - Título...

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Unformatted text preview: Título original: Unweuving the Rainbow 1' edición: enero 2000 © Richard Dawkins, 1998 © de la traducción: Joandoménec Ros, 2000 Diseño de la cubierta: BM Reservados todos los derechos de esta edición para Tusquets Editores, S.A. - Cesare Cantü, 8 - 08023 Barcelona ISBN: 84-8310-669-8 Depósito legal: B. 710-2000 Potocomposición: David Pablo Impreso sobre papel Offset-F Crudo de Papelera del Leizarán, S.A. Liberdúplex, S.L. - Constitución, 19 - 08014 Barcelona Impreso en España índice P. 9 17 31 55 83 99 131 163 197 227 251 273 303 Prefacio 1. La anestesia de la familiaridad 2. El salón xle los duques 3. Códigos de barras en las estrellas 4. Códigos de barras en el aire 5. Códigos de barras en el estrado 6. Embaucados por la fantasía de las hadas 7. Destejiendo lo sobrenatural 8. Enormes símbolos nebulosos de un romance elevado 9. El cooperador egoísta 10. El libro genético de los muertos 11. Volviendo a tejer el mundo 12. El globo de la mente Apéndices 333 343 Bibliografía índice onomástico y de materias Para Lalla Prefacio Un editor extranjero de mi primer libro {El gen egoísta, 1976) me confesó que después de leerlo no pudo dormir durante tres noches; hasta tal punto llegó a perturbarlo su, para él, frío y desolado mensaje. Otros me han preguntado cómo puedo soportar levantarme de la cama cada mañana. Un profesor de un país lejano me escribió una carta llena de reproches en la que me contaba que una alumna se le había presentado llorando después de haber leído el mismo libro, porque se había convencido de que la vida era vana y carecía de propósito. El profesor le aconsejó que no mostrara el libro a ninguno de sus amigos, por miedo a que se contaminaran del mismo pensamiento nihilista. Acusaciones similares de desolación estéril, de promover un mensaje árido y lúgubre, se lanzan con frecuencia contra la ciencia en general, y a los propios científicos les cuesta poco subirse al mismo carro. Mi colega Peter Atkins concluye su libro La segunda ley (1984) de esta guisa: Somos hijos del caos, y la estructura profunda del cambio es la degradación. En el fondo, sólo existe la corrupción y la imparable marea del caos. No hay finalidad; hay tan sólo dirección. Ésta es la cruda realidad que tenemos que aceptar si escudriñamos con profundidad y de forma desapasionada el corazón del universo. Pero esta conveniente depuración de cualquier propósito edulcorado y falso, este laudable realismo en detrimento del sentimentalismo cósmico, no debe confundirse con la pérdida de la esperanza personal. Aunque presumiblemente no exista finalidad alguna en el devenir del cosmos, ¿quién de nosotros ligaría sus esperanzas personales al destino último del universo? Nadie en su sano juicio haría algo así. Nuestra vida está gobernada por todo tipo de ambiciones y percepciones humanas, más cercanas y cálidas. Acusar a la ciencia de robarle a la vida la calidez que la hace digna de vivirse es una equivocación tan ridicula, tan diametralmente opuesta a mis propios sentimientos y a los de la mayoría de científicos en activo, que casi me veo abocado a la desesperación de la que injustamente se me responsabiliza. Pero en este libro intentaré una respuesta más positiva, apelando al sentido de lo maravilloso que hay en la ciencia, porque es muy triste pensar en lo que estos quejosos y negativistas se están perdiendo. Ésta es una de las cosas que el malogrado Cari Sagan sabía hacer muy bien, y por ello lo echamos de menos. El asombro reverencial que la ciencia puede proporcionarnos es una de las más grandes exp eriencias de la que es capaz la psique humana. Es una profunda pasión estética comparable a la música y la poesía más sublimes. Es, ciertamente, una de las cosas que hacen que valga la pena vivir, y lo hace de manera más efectiva, si cabe, al convencemos de que nuestro tiempo de vida es finito. Mi título procede de Keats, quien creía que Newton había destruido toda la poesía del arco iris al reducirlo a los colores prismáticos. Keats no podía estar más equivocado, y mi propósito es guiar a todos aquellos que se sientan inclinados como él hacia la conclusión opuesta. La ciencia es, o debiera ser, una fuente principal de inspiración poética, pero no tengo el talento para remachar este razonamiento mediante la demostración, por lo que tengo que depender de una persuasión más prosaica. Dos de los títulos de capítulo los he tomado prestados de Keats; los lectores advertirán también las citas parciales o alusiones ocasionales a este poeta (y otros) que adornan el texto. Las he incluido como homenaje a su genio sensible. Keats era un personaje más agradable que Newton, y entre las sombras de los críticos imaginarios que miraban por encima de mi hombro mientras escribía estaba la suya. La descomposición de la luz en los colores del arco iris por Newton condujo a la espectroscopia, que ha resultado ser la clave de gran parte de lo que sabemos hoy acerca del cosmos. Y el corazón de cualquier 10 poeta digno del calificativo de romántico no podría dejar de dar un brinco si contemplara el universo de Einstein, Hubble y Hawking. Leemos su naturaleza a través de las líneas de Fraunhofer («Códigos de barras en las estrellas») y sus desplazamientos a lo largo del espectro. La imagen de los códigos de barras nos lleva a los dominios muy distintos, pero igualmente intrigantes, del sonido («Códigos de barras en el aire») y luego a la identificación por el ADN («Códigos de barras en el estrado»), que ofrece la oportunidad de reflexionar sobre otros aspectos del papel de la ciengia^n la sociedad. En lo que llamo la.«Éección de engaños» del libro, «Embaucados por la fantasía de las hadas» y «Destejiendo lo sobrenatural», me dirijo a la gente corriente supersticiosa que, sin la exaltación de los poetas que defienden el arco iris, se deleita en el misterio y se siente estafada cuando se le explica. Es gente que disfruta con las historias de fantasmas, cuya mente salta enseguida al poltergeist o el milagro siempre que sucede algo que parezca mínimamente extraño, y que nunca pierde la oportunidad de citar a Hamiet: ¡Hay algo más en el cielo y en la tierra, Horacio, de lo que ha soñado tu filosofía!' La respuesta del científico («Sí, pero estamos trabajando en ello») no les inmuta en absoluto. Para ellos, encontrar la explicación de un buen misterio es ser un aguafiestas. Eso mismo pensaron algunos poetas románticos de la explicación que dio Newton del arco iris. Michael Shermer, editor de la revista Skeptic, suele relatar una anécdota muy instructiva. En una ocasión desenmascaró públicamente a un famoso espiritualista televisivo. El hombre engañaba al personal con trucos ordinarios y le hacía creer que se estaba comunicando con espíritus de personas muertas. Pero, en lugar de mostrarse hostil con el charlatán desenmascarado, la audiencia se encaró con el desenmascara-dor y respaldó a una mujer que lo acusó de conducta «inadecuada» porque había destruido las ilusiones de la gente. Uno pensaría que la mujer tendría que haberle estado agradecida por quitarle la venda de los ojos, 1. There are more things in heaven and earth, Horatio, / Than are dreamt of in your philosophy. pero por lo visto ella prefería mantenerla bien apretada. Creo que un universo ordenado, indiferente a las preocupaciones humanas, en el que todo tiene una explicación (aunque todavía nos falte mucho trecho por recorrer antes de encontrarla) es un lugar más hermoso y maravilloso que un universo embaucado por una magia caprichosa y ad hoc. El paranormalismo puede considerarse un abuso del legítimo sentido de la maravilla poética que debería alimentar la auténtica ciencia. Una amenaza distinta procede de lo que podríamos llamar «mala poesía». El capítulo «Enormes símbolos nebulosos de un romance elevado» advierte contra la seducción que ejerce la mala ciencia poética, contra la fascinación de la retórica engañosa. A modo de ejemplo, me referiré a un autor que ha hecho contribuciones en mi propio campo y cuya imaginativa pluma le ha conferido una influencia desproporcionada (y creo que desafortunada) en la comprensión de la evolución por parte del público norteamericano. Pero el impuls o dominante del libro es en favor de la buena ciencia poética, que no quiere decir ciencia escrita en verso, sino ciencia inspirada por un sentido poético de la maravilla. Los cuatro últimos capítulos insinúan lo que podrían llegar a hacer unos científicos poéticamente inspirados y con más talento que yo en relación a cuatro temas diferentes pero interrelacionados. Por muy «egoístas» que sean, los genes deben ser también «cooperativos» en el sentido de Adam Smith (por eso el capítulo «El cooperador egoísta» se abre con una cita de dicho autor, aunque no hace referencia a este tema, sino a la maravilla misma). Los genes de una especie pueden contemplarse como una descripción de mundos ancestrales, un «Libro genético de los muertos». De modo parecido, el cerebro «vuelve a tejer» el mu ndo construyendo una «realidad virtual» continuamente puesta al día en la cabeza. En «El globo de la mente» especulo sobre los orígenes de los rasgos más distintivos de nuestra propia especie y, por último, vuelvo a maravillarme ante el impulso poético mismo y su posible papel en la evolución humana. La informática está impulsando un nuevo Renacimiento, y algunos de sus genios creativos son a la vez mecenas y renacentistas por derecho propio. En 1995, Charles Simonyi, de Microsoft, dotó una nueva 12 cátedra de Divulgación de la Ciencia en la Universidad de Oxford, puesto para el que fui designado. Estoy en deuda con el doctor Simonyi, obviamente por su generosidad hacia una universidad con la que él no había tenido ninguna conexión previa, pero también por su visión imaginativa de la ciencia y de cómo debe divulgarse. Lo expresó maravillosamente en su presentación escrita al Oxford del futuro (su dotación es a perpetuidad, pero es característico en él evitar la circunspecta mezquindad del lenguaje leguleyo), y hemos discutido sobre estas cuestiones de vez en cuando desde que compartimos amistad tras mi nombramiento. Destejiendo el arco iris puede considerarse mi contribución al diálogo, además de mi discurso inaugural como profesor Simonyi.2 Y si «inaugural» suena un poco impropio tras dos años en el cargo, quizá pueda tomarme la libertad de citar otra vez a Keats: / De este modo, andigo Charles, puedes ver claramente Por qué nunca te he escrito una línea: Porque mis pensamientos nunca fueron libres, ni claros, Y eran poco aptos para agradar a un oído clásico.3 Por su propia naturaleza, un libro siempre tarda más en hacerse que un artículo o una conferencia. Durante su gestación, éste ha generado ambas cosas, así como programas radiofónicos. Debo citarlos ahora, por si el lector reconoce algún párrafo suelto. Utilicé por primera vez públicamente el título «Destejiendo el arco iris» y el tema de la irreverencia de Keats hacia Newton cuando fui invitado a dictar la conferencia C.P. Snow de 1997 por el Christ's College de Ca mbridge, la antigua facultad de Snow. Aunque no he abordado explícitamente el tema de su libro Las dos culturas, éste es desde luego relevante. Más todavía lo es La tercera cultura, de John Brockman, quien también me ha ayudado, en un papel muy distinto, como mi agente literario. El subtítulo «Ciencia, ilusión y el deseo de maravillas» lo he tomado del título de mi con- 2. Es habitual que quienes ocupan una cátedra creada por un patrocinador y que lleva su nombre, asocien éste a su título docente. Richard Dawkins es, efectivamente, el primer profesor Charles Simonyi de Divulgación de la Ciencia de la Universidad de Oxford. Lo mismo vale para las conferencias, discursos inaugurales, etc. (N. del T.). 3. By this, friend Charles, you may full plainly see / Why I have never penn'd a line to thee: / Because my thoughts were never free, and clear, / And little fit to please a classic ear. 13 ferencia Richard Dimbleby de 1996. Algunos párrafos de un borrador anterior de este libro aparecieron en esta conferencia televisada por la BBC. También en 1996 presenté un documental televisivo de una hora en el Channel Four, Break the Science Barrier [Romper la barrera de la ciencia]. Trataba el tema de la ciencia en la cultura, y algunas de las ideas de fondo, desarrolladas en conversaciones con John Gau, el productor, y Simón Raikes, el director, han influido en este libro. En 1998 incorporé algunos fragmentos del libro en mi conferencia para la serie Sounding the Century [Sondeando el siglo], difundida por Radio 3 de la BBC desde el Queen Elizabeth Hall de Londres. (Agradezco a mi esposa el título de la conferencia, «Ciencia y sensibilidad», que ya ha sido plagiado nada menos que por una revista de supermercado, ante lo cual no sé qué medidas tomar.) También he utilizado párrafos de este libro en artículos publicados en el Independen!, el Sunday Times y el Observer. Cuando se me concedió el Premio Internacional Cosmos en 1997 elegí «El cooperador egoísta» como título para mi discurso de aceptación, que dicté tanto en Tokyo como en Osaka. Algunas partes de esta conferencia han sido reelaboradas y ampliadas en el capítulo 9 del mismo título. Algunas partes del capítulo 1 proceden de mis conferencias de Navidad de la Institución Real. El libro se ha beneficiado mucho de las constructivas críticas vertidas sobre un borrador previo por Michael Rodgers, John Catalano y lord Birkett. Michael Birkett se ha convertido en nú lector profano ideal. Su ingenio académico hace que sea un placer leer sus comentarios críticos por derecho propio. Michael Rodgers fue el editor de mis tres primeros libros y, por deseo mío y generosidad suya, también ha desempeñado un papel importante en los tres últimos. Querría agradecer a John Catalano no sólo sus útiles comentarios, sino también su , cuya excelencia (que no tiene nada que ver conmigo) podrán apreciar todos los que vayan allí. Stefan McGrath y John Radziewicz, editores respectivamente en Pen-guin y Houghton Miffiin, me ofrecieron su ánimo paciente y consejos literarios que valoro mucho. Sally Holloway trabajó sin descanso y de buena gana en la corrección final del original. Gracias también a Ingrid Thomas, Bridget Muskett, James Randi, Nicholas Davies, Daniel Dennett, Mark Ridley, Alan Grafen, Juliet Dawkins, Anthony Nuttall y John Batchelor. 14 Mi esposa, Lalla Ward, ha criticado cada capítulo una docena de veces en varios borradores, y con cada lectura me he beneficiado de su oído de actriz, sensible al lenguaje y a sus cadencias. Cada vez que yo dudaba, ella creía en el libro. Su visión lo ha mantenido ligado, y no lo hubiera terminado sin su ayuda y su aliento. Se lo dedico a ella. 15 1 La anestesia de la familiaridad Vivir ya es bastante milagroso. Mervyn Peake, The Glassblower [El soplador de vidrio] (1950) Vamos a morir, y esto es una suerte. La mayoría de gente no tendrá oportunidad de morir porque nunca habrá nacido. Las personas que podrían haberse encontrado aquí en mi lugar y que nunca verán la luz del día son más numerosas que los granos de arena de Arabia. Estos fantasmas no nacidos seguramente incluyen poetas más grandes que Keats y científicos más grandes que Newton. Podemos asegurarlo porque el conjunto de individualidades posibles que permite nuestro ADN excede con mucho el de personas reales. Entre Íá^ incontables posibilidades que podrían haberse materializado, somo$ el lector y yo, en nuestra medianía, los que estamos aquí. Moralistas y teólogos dan mucho peso al momento de la concepción, pues lo ven como el instante en que el alma comienza a existir. Si, como yo, el lector es indiferente a esta palabrería, todavía debe considerar ese instante concreto nueve meses antes de su nacimiento como el acontecimiento más decisivo en su trayectoria personal. Es el momento en que su conciencia se hizo de golpe trillones de veces más previsible que una fracción de segundo antes. Desde luego, el embrionario lector que comenzó a existir tenía todavía multitud de obstáculos que salvar. La mayoría de embriones concebidos terminan en un aborto temprano antes de que la madre advierta siquiera que estaban allí, y todos nosotros tenemos la suerte de no haber tenido el mismo destino. Por otra parte, hay algo más en la identidad personal aparte de los genes, como nos demuestran los gemelos idénticos (que se separan después del momento de la fecundación). No obstante, el momento en que 17 un espermatozoide concreto penetró en un óvulo concreto fue, en nuestra percepción retrospectiva privada, un momento de singularidad vertiginosa. Fue entonces cuando las posibilidades en contra de que el lector se convirtiera en una persona pasaron de una cifra astronómica a una cifra contable. La lotería se inicia antes de que seamos concebidos. Nuestros padres tuvieron que encontrarse, y la concepción de cada uno de ellos fue tan improbable como la propia. Y así sucesivamente, remontándonos a nuestros cuatro abuelos y a nuestros ocho tatarabuelos, hasta un punto en el que ya no tiene sentido pensar. Desmond Morris abre su autobiografía, Animal Days [Días de animales] (1979), con su característica vena cautivadora: Napoleón fue quien lo empezó todo. Si no hubiera sido por él, quizá yo no estuviera ahora aquí escribiendo estas palabras... porque fue una de sus balas de cañón, disparadas en la guerra peninsular contra España y Portugal, la que arrancó el brazo de mi tatarabuelo. James Morris, y alteró todo el curso de la historia de mi familia. Morris cuenta que el forzado cambio de carrera de su antepasado tuvo algunos efectos decisivos que culminaron en su propio interés por la historia natural. Pero, realmente, no tenía por qué haberse preocupado. No hay «quizá» en ello. Naturalmente que Morris debe su misma existencia a Napoleón. Y lo mismo me ocurre a mí y al lector. Napoleón no tenía que arrancar el brazo de James Morris para sellar el destino del joven Desmond, y también el del lector y el mío. No ya Napoleón, sino el más humilde campesino medieval no tenía más que estornudar para afectar a algo que cambiara a su vez alguna otra cosa que, tras una larga reacción en cadena, hiciese que uno de nuestros antepasados en potencia no llegara a serlo y, en cambio, se convirtiera en el antepasado de alguna otra persona. No estoy hablando de las teorías del caos y de la complejidad que están en boga, sino simplemente de las estadísticas ordinarias de la causación. El hilo de eventos históricos del que pende nuestra existencia es tenue hasta el sobresalto. Cuando se la compara con el intervalo de tiempo que nos es desconocido, ¡oh rey!, la actual vida de los hombres sobre la Tierra es 18 como el vuelo de un único gorrión a través del salón en el que, en invierno, vos os sentáis con vuestros capitanes y ministros. Entrando por una puerta y saliendo por la otra, mientras está dentro no le afecta la tormenta invernal; pero este breve intervalo de calma acaba en un momento, y el pájaro retorna al invierno de donde vino, desapareciendo de vuestra vista. La vida del hombre es similar; y de lo que la sigue, o de lo que ocurrió antes, somos absolutamente ignorantes. Veda el Venerable, A History ofthe English Church and People [Historia de la Iglesia y del pueblo de Inglaterra] (731) Éste es otro aspecto en el que somos afortunados. El universo tiene más de cien millones de siglos de antigüedad. Dentro de un tiempo comparable el Sol se hinchará hasta convertirse en una gigante roja que absorberá la Tierra. Cada uno de estos cien millones de siglos ha sido o será en su momento «el presente siglo». Cosa interesante, a algunos físicos no les gusta la idea de un «presente móvil», y lo consideran un fenómeno subjetivo para el que no encuentran cabida en sus ecuaciones. Pero lo que estoy haciendo es un razonamiento subjetivo. Lo que a mí me parece, y adivino que al lector le ocurre lo mismo, es que el presente se desplaza del pasado al futuro, como un círculo de luz que avanza lentamente a lo largo de una escala de tiempo gigantesca. Todo lo qu...
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  • Fall '19
  • Vida, Homo Sapiens, España, Richard Dawkins, Cerebro, Retórica

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