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Unformatted text preview: El martillo de Thor ha vuelto a desaparecer. El Dios del trueno tiene la mala costumbre de extraviar su arma (total, solo es la fuerza más poderosa de los nueve mundos), pero esta vez no se ha perdido exactamente, sino que ha caído en manos enemigas. Si Magnus Chase y sus compañeros no son capaces de recuperar el martillo, los mundos mortales quedarán totalmente expuestos al temible ataque de los gigantes. El Ragnarok empezará. Los nueve mundos arderán. Pero por desgracia, la única persona que puede ayudarlos a recuperar el arma es Loki, el peor enemigo de los dioses… y el precio que hay que pagar es muy alto. Un objeto milenario ha desaparecido. Una amenaza se cierne sobre los nueve mundos. Magnus Chase no está preparado para el Ragnarok, pero ha llegado la hora de invocar la espada del tiempo y pasar a la acción. Rick Riordan El martillo de Thor Magnus Chase y los dioses de Asgard - 2 ePub r1.0 Titivillus 09.03.2017 Título original: Magnus Chase and The Gods of Asgard. The Hammer of Thor Rick Riordan, 2016 Traducción: Ignacio Gómez Calvo Ilustración de portada: John Rocco Editor digital: Titivillus ePub base r1.2 Para J. R. R. Tolkien, quien me descubrió el mundo de la mitología nórdica 1 ¿Podrías hacer el favor de no matar a mi cabra? Lección aprendida: si quedas con una valquiria para tomar café, te tocará cargar con la cuenta y con un muerto. Hacía casi seis semanas que no veía a Samirah al-Abbas, así que cuando me llamó por sorpresa y me dijo que teníamos que hablar de un asunto de vida o muerte, acepté enseguida. (Técnicamente, ya estoy muerto, y eso significa que las cuestiones de vida o muerte no me afectan, pero Sam parecía preocupada). Ella todavía no había aparecido cuando llegué al Thinking Cup, en Newbury Street. El local estaba abarrotado como siempre, de modo que me puse a la cola. Unos segundos más tarde, Sam entró volando —en sentido literal— por encima de las cabezas de los clientes del café. Nadie se inmutó. Los simples mortales no están capacitados para procesar la magia, y es una suerte, porque si no los bostonianos se pasarían la mayor parte del tiempo huyendo despavoridos de gigantes, trolls, ogros y einherjar con hachas de guerra y cafés con leche. Sam aterrizó a mi lado vestida con su uniforme escolar: zapatillas blancas, pantalón caqui y camiseta de manga larga azul marino con el emblema de la Academia King. Llevaba el pelo tapado con un hiyab verde y un hacha colgada de su cinturón. Estaba seguro de que el hacha no era parte de su vestimenta reglamentaria. A pesar de lo mucho que me alegraba de verla, me fijé en que tenía más ojeras de lo habitual. Se balanceaba de un lado a otro. —Hola —dije—. Se te ve fatal. —Yo también me alegro de verte, Magnus. —No, o sea… no me refiero a «fatal» en plan «diferente de lo normal», sino en plan «agotada». —¿Quieres que te traiga una pala para seguir hurgando un poco más? Levanté las manos en señal de rendición. —¿Dónde has estado el último mes y medio? A Sam se le tensaron los hombros. —Este semestre he estado muy liada. Cuando salgo del instituto, doy clases particulares. Y luego, como bien recordarás, me dedico a recoger almas de muertos y dirigir misiones de alto secreto para Odín. —Los chicos de hoy día tenéis unas agendas muy apretadas. —Y además… doy clases de vuelo. —¿Clases de vuelo? —Avanzamos despacio en la cola—. ¿Para pilotar aviones? Sabía que el objetivo de Sam era convertirse algún día en piloto profesional, pero no me había enterado de que estaba recibiendo clases. —¿Te puedes matricular con dieciséis años? A Sam le brillaron los ojos de emoción. —Mis abuelos nunca habrían podido permitírselo, pero los Fadlan tienen un amigo que dirige una escuela de vuelo. Y al final convencieron a Jid y Bibi… —Ah. —Sonreí—. Así que las clases son un regalo de Amir. Sam se sonrojó. Es la única adolescente que conozco que tiene un prometido, y es enternecedor ver que se ruboriza cuando habla de Amir Fadlan. —Las clases fueron todo un detalle… —Suspiró melancólicamente—. Pero ya está bien. No te he traído aquí para hablar de mi agenda. Tenemos que ver a un confidente. —¿Un confidente? —Podría ser la oportunidad que he estado esperando. Si la información es buena… El teléfono de Sam vibró. Ella lo sacó del bolsillo, miró la pantalla y soltó un juramento. —Me tengo que ir. —Pero si acabas de llegar. —Cosas de valquirias. Un posible código tres-ocho-uno: muerte heroica en curso. —Te lo estás inventando. —No, es verdad. —Entonces, ¿qué? Cuando alguien cree que la va a palmar, ¿te manda un mensaje que dice: «¡Me muero! ¡Necesito a una valquiria lo antes posible!», y un montón de emoticonos de caras tristes? —Creo recordar que llevé tu alma al Valhalla y no me mandaste ningún mensaje. —Pero yo soy especial. —Busca una mesa en la terraza —dijo ella—. Reúnete con mi confidente. Volveré lo antes posible. —Ni siquiera sé cómo es ese confidente. —Lo reconocerás cuando lo veas —aseguró Sam—. Sé valiente. Y píllame un bollo. Salió volando del café cual supermusulmana y dejó que yo pagara la cuenta. Pedí dos cafés grandes y dos bollos y encontré una mesa en la terraza. La primavera había llegado pronto a Boston. Todavía había restos de nieve sucia pegada a las aceras como placa dental, pero los cerezos lucían capullos blancos y rojos. En los escaparates de las tiendas de lujo había expuesta ropa color pastel con estampados de flores. Los turistas paseaban disfrutando del sol. Sentado cómodamente en la terraza con mis vaqueros, mi camiseta y mi cazadora vaquera recién lavados, me di cuenta de que esa sería la primera primavera en tres años en la que viviría bajo techo. En marzo del año pasado rebuscaba en los contenedores de basura, dormía bajo un puente del jardín público y andaba con mis colegas Hearth y Blitz, evitando a los polis y tratando de seguir con vida. Y un buen día, hacía dos meses, morí luchando contra un gigante de fuego y luego me desperté en el Hotel Valhalla convertido en uno de los guerreros einherji de Odín. Ahora tenía ropa limpia, me duchaba a diario, dormía en una cómoda cama todas las noches y podía sentarme a la mesa de ese café y comer algo que había pagado, sin preocuparme por cuándo me echarían los empleados. Desde que había resucitado, me había acostumbrado a muchas cosas raras. Había viajado por los nueve mundos y había conocido a dioses nórdicos, elfos, enanos y un montón de monstruos con nombres impronunciables. Había conseguido una espada mágica que ahora llevaba colgada del cuello en forma de piedra rúnica. Incluso había mantenido una conversación flipante con mi prima Annabeth sobre los dioses griegos que vivían en Nueva York y que le hacían la vida imposible. Al parecer, Norteamérica estaba invadida por dioses antiguos. Teníamos una plaga a gran escala. Había aprendido a aceptar todo eso. Pero ¿estar otra vez en Boston un bonito día de primavera como un chico mortal cualquiera? Eso me resultaba extraño. Escudriñé a la multitud de peatones, buscando al confidente de Sam. «Lo reconocerás cuando lo veas», me había asegurado ella. Me preguntaba de qué información dispondría ese tipo y por qué Sam la consideraba de vida o muerte. Fijé la mirada en una tienda al final de la manzana. Sobre la puerta, el letrero de latón y plata todavía brillaba orgullosamente: «LO MEJOR DE BLITZEN», pero la tienda tenía las persianas bajadas. El cristal de la puerta estaba empapelado por dentro, y tenía un mensaje garabateado apresuradamente con rotulador rojo: «Cerrado por reformas. ¡Volveremos pronto!». Había albergado la esperanza de preguntarle a Sam por el asunto. No tenía ni idea de por qué mi viejo amigo Blitz había desaparecido tan repentinamente. Hacía unas semanas había pasado por delante de la tienda y la había encontrado cerrada. Desde entonces no había tenido noticias de Blitzen ni de Hearthstone, y eso no era propio de ellos. Me quedé tan absorto pensando en el tema que casi no vi al confidente hasta que lo tuve justo encima. Sam estaba en lo cierto: destacaba bastante. Uno no ve una cabra con gabardina todos los días. Llevaba un sombrero de copa baja encajado entre sus cuernos enroscados, unas gafas de sol apoyadas en el hocico y una gabardina que se le enredaba entre las patas traseras. A pesar de su ingenioso disfraz, la reconocí. Había matado y me había comido a esa cabra en otro mundo, y eso era una experiencia que no se olvidaba. —Otis —dije. —Chisss —dijo él—. Voy de incógnito. Llámame… Otis. —No estoy seguro de que eso sea ir de incógnito, pero vale. Otis, alias Otis, se subió a la silla que le había reservado a Sam. Se sentó sobre las patas traseras y puso las pezuñas delanteras en la mesa. —¿Dónde está la valquiria? ¿También va de incógnito? Miró dentro de la bolsa del pastelito más cercano como si Sam pudiera estar escondida dentro. —Samirah ha tenido que ir a recoger un alma —le expliqué—. Volverá pronto. —Debe de estar bien tener un objetivo en la vida. —Otis suspiró—. Bueno, gracias por la comida… —No es para… Agarró de repente la bolsa del bollo de Sam y empezó a comérsela, con papel incluido. En la mesa de al lado, una pareja mayor miraba a mi amigo caprino y sonreía. Tal vez sus sentidos mortales lo percibían como si fuese un niño adorable o un perro gracioso. —Bueno… —Me costaba mirar cómo devoraba el pastelito y esparcía migas por las solapas de su gabardina—. ¿Tenías algo que contarnos? Otis eructó. —Es sobre mi amo. —¿Thor? Se sobresaltó. —Sí, él. Si yo trabajase para el dios del trueno, también me habría sobresaltado al oír el nombre de Thor. Otis y su hermano Marvin tiraban del carro del dios y le proporcionaban un suministro interminable de carne de cabra. Cada noche, Thor los mataba y se los comía de cena, y cada mañana los resucitaba. Por ese motivo debéis ir a la universidad, chicos: para que cuando os hagáis mayores no tengáis que aceptar un trabajo de cabra mágica. —Por fin tengo una pista —dijo Otis— sobre cierto objeto que le ha desaparecido a mi amo. —¿Te refieres a su mar…? —¡No lo digas en voz alta! —me advirtió—. Pero sí, su «mar». Me retrotraje al mes de enero, cuando había conocido al dios del trueno. Buenos momentos en torno a la fogata escuchándole tirarse pedos, hablar de sus series de televisión favoritas, tirarse pedos, quejarse de su martillo desaparecido, que utilizaba para matar gigantes y ver sus series favoritas, y tirarse más pedos. —¿Sigue desaparecido? —pregunté. Otis repiqueteó con las pezuñas delanteras sobre la mesa. —Bueno, oficialmente no, claro. Si los gigantes supieran con certeza que Thor no tiene lo que tú ya sabes, invadirían los mundos de los mortales, lo destruirían todo y me daría un bajón terrible. Pero, extraoficialmente…, sí. Hemos estado buscando durante meses sin suerte. Los enemigos de mi amo son cada vez más atrevidos. Perciben debilidad. Le he contado a mi psicólogo que me recuerda cuando era una cría y estaba en el redil, y los abusones se dedicaban a ponerme a prueba. —Sus ojos amarillos de pupilas hendidas adoptaron una mirada distante—. Creo que fue entonces cuando empecé a sufrir estrés traumático. A partir de ese momento debería haber pasado las siguientes horas hablando con él de sus sentimientos, pero me porté como una persona terrible y simplemente dije: «Lo siento», y cambié de tema. —Otis, la última vez que te vimos, le dimos a Thor un bonito bastón de hierro para que lo usara como arma de repuesto. No está precisamente indefenso. —Pero el bastón no es tan bueno como el… «mar». No inspira el mismo temor a los gigantes. Además, mi amo se pone de mal humor cuando intenta ver sus series en el bastón. La pantalla es diminuta, y la resolución terrible. No me gusta cuando Thor se pone de mal humor. Me cuesta encontrar mi espacio feliz. Muchas de las cosas que decía no tenían sentido: por qué tendría Thor tantos problemas para localizar su martillo, cómo podía haber ocultado su pérdida a los gigantes durante tanto tiempo y qué era eso de que Otis, la cabra, tenía un espacio feliz. —Así que Thor necesita nuestra ayuda —aventuré. —No oficialmente. —Claro que no. Todos tendremos que llevar gabardinas y gafas. —Es una idea magnífica —dijo Otis—. En fin, le dije a la valquiria que la mantendría al tanto, ya que es la encargada de…, ya sabes, las misiones especiales de Odín. Esta es la primera pista buena que he conseguido sobre la ubicación de cierto objeto. Mi fuente es fiable. Una cabra que va al mismo psiquiatra que yo oyó una conversación en su corral. —¿Quieres que sigamos una pista basada en unos cotilleos de corral que te contaron en la sala de espera de tu psiquiatra? —Eso sería estupendo. —Se inclinó tanto hacia delante que temí que se cayera de la silla—. Pero tendréis que tener cuidado. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no reír. Había jugado a atrapar una bola de lava con unos gigantes de fuego. Había sobrevolado las azoteas de Boston arrastrado por un águila. Había sacado a la Serpiente del Mundo de la bahía de Massachusetts y vencido al lobo Fenrir con un ovillo de hilo. Y ahora esa cabra me decía que tuviera cuidado. —Bueno, ¿y dónde está el «mar»? —pregunté—. ¿En Jotunheim? ¿En Niflheim? ¿En Cuescodethorheim? —Estás de guasa. —Las gafas de sol de Otis se ladearon sobre su hocico —. Pero el «mar» está en otro lugar peligroso. Está en Provincetown. —Provincetown —repetí—. En el extremo de Cabo Cod. Me acordaba vagamente del sitio. Mi madre me había llevado allí un fin de semana de verano cuando tenía unos ocho años. Recordaba playas, caramelos, sándwiches de langosta y un montón de galerías de arte. Lo más peligroso que me había encontrado había sido una gaviota con diarrea. Otis bajó la voz. —Hay un túmulo en Provincetown…, el túmulo de un espectro. —¿Te refieres a un montón de cosas desordenadas? —No, no. Eso es un cúmulo. Un túmulo… —La cabra se estremeció—. Un túmulo es la tumba de un tumulario, un poderoso no muerto al que le gusta coleccionar armas mágicas. Perdona, me cuesta hablar de esas criaturas. Me recuerdan a mi padre. Eso planteaba otra serie de preguntas sobre la infancia de Otis, pero decidí dejárselas a su psicólogo. —¿Hay muchas guaridas de vikingos no muertos en Provincetown? — pregunté. —Solo una, que yo sepa. Pero con esa basta. Si cierto objeto está allí, será difícil de recuperar: estará bajo tierra y protegido por magia poderosa. Necesitarás a tus amigos: el enano y el elfo. Habría sido una noticia genial si hubiera tenido la más mínima idea de dónde estaban mis amigos. Esperaba que Sam supiera más que yo. —¿Por qué no va Thor a ver ese túmulo él mismo? —pregunté—. Espera…, a ver si lo adivino. Porque no quiere llamar la atención. O quiere que tengamos la oportunidad de ser unos héroes. O es un trabajo demasiado duro, y él tiene que ponerse al día con unas series. —A decir verdad —reconoció Otis—, la nueva temporada de Jessica Jones acaba de empezar. «La cabra no tiene la culpa —me dije—. No se merece un puñetazo». —Está bien. Cuando Sam llegue, hablaremos de estrategias. —No sé si debería quedarme a esperarla contigo. —Se lamió una miga de la solapa—. Debería habértelo dicho antes, pero alguien… o algo… me ha estado vigilando. Se me erizó el vello de la nuca. —¿Crees que te ha seguido hasta aquí? —No estoy seguro —contestó—. Con suerte, mi disfraz lo habrá despistado. «Genial», pensé. Escudriñé la calle, pero no vi a ningún merodeador. —¿Has visto bien a ese alguien/algo? —No. Pero Thor tiene toda clase de enemigos que querrían impedir que recuperásemos su… su «mar». Y no querrían que yo compartiese información contigo, sobre todo la última parte. Tienes que avisar a Samirah de que… ¡Zas! Viviendo en el Valhalla, estaba acostumbrado a que aparecieran armas letales de la nada, pero aun así me sorprendió ver de repente salir un hacha del pecho peludo de Otis. Me lancé a través de la mesa para ayudarle. Como hijo de Frey, dios de la fertilidad y la salud, puedo obrar una magia curativa de urgencia bastante alucinante si dispongo del tiempo suficiente. Pero en cuanto toqué a Otis, percibí que era demasiado tarde. El hacha le había perforado el corazón. —Vaya por los dioses. —Otis escupió sangre—. Ahora… me… moriré. La cabeza le colgó hacia atrás. Su sombrero se fue rodando a través de la acera. La señora sentada detrás de nosotros gritó como si acabara de percatarse de que Otis no era un adorable perrito. En realidad, era una cabra muerta. Escudriñé las azoteas del otro lado de la calle. A juzgar por el ángulo del hacha, debían de haberla lanzado desde allí arriba…, sí. Por un momento, atisbé un movimiento cuando el agresor se agachaba: una figura vestida de negro con una suerte de yelmo metálico. Adiós al café relajado. Tiré del colgante mágico que pendía de una cadena alrededor de mi cuello y eché a correr tras el asesino de cabras. 2 La típica escena de persecución por las azoteas con espadas parlantes y ninjas Debería presentaros a mi espada. Jack, esta es la peña. Peña, os presento a Jack. Su verdadero nombre es Sumarbrander, la Espada del Verano, pero prefiere que la llamen Jack por varios motivos. Cuando a Jack le apetece roncar, que es la mayor parte del tiempo, se queda colgada de una cadena alrededor de mi cuello en forma de colgante con la inscripción de fehu, la runa de Frey: Cuando necesito su ayuda, se transforma en espada y mata cosas. A veces lo hace mientras yo la empuño. Otras lo hace mientras vuela sola y canta crispantes canciones pop. Así de mágica es. Mientras yo cruzaba Newbury Street, Jack cobró forma en mi mano. Su hoja —setenta y cinco centímetros de acero de hueso forjado con doble filo— tenía grabadas unas runas y empezaron a parpadear en distintos colores, como ocurría siempre que hablaba. —¿Qué pasa? —preguntó—. ¿A quién vamos a matar? Jack asegura que no escucha mis conversaciones cuando adopta forma de colgante. Dice que normalmente tiene los auriculares puestos. Yo no me lo creo, porque no tiene auriculares. Ni orejas. —Perseguimos asesino —le espeté, esquivando un taxi—. Matado cabra. —Vale —dijo Jack—. Lo de siempre, entonces. Salté por el lateral del edificio de la Editorial Pearson. Me había pasado los dos últimos meses aprendiendo a utilizar mis poderes de einherji, de modo que llegué de un salto a un saliente situado tres pisos por encima de la entrada principal sin problemas, y eso que llevaba la espada en la mano. Luego trepé saltando de alféizares a cornisas por la fachada de mármol blanco, echando mano del Hulk que llevo dentro hasta que llegué a lo alto. En el otro lado de la azotea, una oscura figura bípeda desaparecía tras una hilera de chimeneas. El asesino de cabras parecía humanoide, un dato que descartaba la posibilidad de un homicidio de cabra perpetrado por otra cabra, pero conocía lo bastante bien los nueve mundos para saber que «humanoide» no equivalía a «humano». Podía ser un elfo, un enano, un gigante pequeño o incluso un dios asesino. («Por favor, que no sea un dios asesino», pensé). Cuando llegué a las chimeneas, mi presa había saltado a la azotea del edificio de al lado. Puede que no parezca impresionante, pero el edificio era una mansión de piedra rojiza situada a quince metros al otro lado de un pequeño aparcamiento. El asesino de cabras ni siquiera tuvo la decencia de romperse los tobillos tras el impacto. Dio una voltereta sobre el alquitrán, se levantó y siguió corriendo. A continuación, saltó otra vez a través de Newbury Street y aterrizó en el campanario de la iglesia de la Alianza. —Odio a ese tío —dije. —¿Cómo sabes que es un tío? —preguntó Jack. La espada era bastante aguda. (Lo siento, siempre caigo en ese juego de palabras). La ropa negra holgada y el yelmo de guerra del asesino de cabras hacían imposible adivinar su género, pero decidí seguir pensando en él como varón. No sé por qué. Supongo que la idea de un tío que asesinaba cabras me daba más rabia. Retrocedí, tomé carrerilla y salté hacia la iglesia. Me gustaría decir que caí en el campanario, esposé al asesino y anuncié: «¡Quedas detenido por asesinato de ganado!». Sin embargo, la iglesia de la Alianza tiene ...
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