5.2 la propia identidad

5.2 la propia identidad - 5.2 El ejercicio de la liber tad...

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5.2 El ejercicio de la libertad como construcción de la propia identidad Entre las múltiples posibilidades con las que nuestra vida se encuentra, podemos seleccionar algunas de ellas como preferibles y adoptarlas como objeto de nuestras acciones. De este modo, convertimos dichas opciones en fines que entran a formar parte de nuestra vida y que, al asimilarse a ella, también la modifican. Por ejemplo, cuando uno se plantea como fin ser un atleta competitivo, empieza a realizar toda una serie de acciones que van haciendo que lo que inicialmente era solo una intención se convierta poco a poco en una realidad constitutiva de sí mismo. Según Aristóteles, puede decirse que, a través de la acción, el fin se incorpora al sujeto que lo persigue, el fin deja de ser algo de carácter meramente intencional para pasar a formar parte del ser quien lo realiza. Así, con cada acción, mi yo está integrando en su propio ser el fin que dicha acción persigue y realiza. De este modo, el yo humano cambia constantemente, pero no lo hace de un modo arbitrario. Aquello que se ha dado como fin para sus acciones es lo que va determinando y cambiando su propia identidad. Por supuesto que esto no ocurre de un modo mecánico. No es que porque uno se dé como fin el ser un atleta se convierta en tal por el sólo hecho de perseguir dicho fin en sus acciones. Puede suceder que no exista una congruencia entre la acción elegida y el fin perseguido y, entonces, la acción no incorpora dicho fin. Siguiendo con el ejemplo, si para ser un atleta uno se dedica a hacer continuamente programas deportivos en la televisión y no hace ejercicio, entonces se convertirá en un televidente deportivo pero no en un gran deportista. Lo más relevante de todo esto es que nuestras acciones nos cambian. No sólo es que al comprar un automóvil nuestra vida cambia porque nos desplazamos en él, sino que decidimos por tal compra y realizarla nos afecta, nos hace, por ejemplo, consumidores y, según una serie de factores, hace de nosotros tal o tal otro tipo de consumidor. Y, sobre todo, seríamos distintos si nunca hubiéramos comprado nada –si es que esa fuera una opción posible. Tanto los fines que subjetivamente damos a nuestras acciones como los fines que de he hecho realizamos con ellas, van modificando nuestro ser. Y también somos lo que no hemos hecho, lo que no hemos elegido, pues el no haberlo elegido y realizado nos afecta; y no sólo nuestras omisiones, es decir, aquellas cosas que de alguna manera nos correspondía hacer y que, sin embargo, dejamos sin hacer. Sino que
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también nos afectan aquellas cosas que positivamente hemos decidido no hacer, como, por ejemplo, haber decidido no secundar las acciones sugeridas por un deseo de venganza, o no haber aprovechado una circunstancia en la que resultaba demasiado sencillo apropiarse de algo ajeno, o haber dejado de alcanzar un fin deseado por rechazado del esfuerzo que implicaba. El hecho de que nuestras acciones nos modifiquen implica que en cada
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