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La Vida por el Futbol Marcelo Bielsa el Ultimo Romantico - Roman Iucht.pdf

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Unformatted text preview: Marcelo Bielsa es un hombre complejo y frontal, que vive, juega y habla de la misma manera generosa y tajante, defendiendo un sistema apoyado en ideas, y cosechando por ello admiradores y detractores. Como seleccionador argentino logró dos proezas: que un equipo mayor fuera eliminado en primera ronda de un Mundial y ganar un oro olímpico. Luego llevó a Chile a Sudáfrica y consiguió para la roja la mejor performance en décadas. Este libro apasionado, al que Román Iucht ha dedicado años de trabajo, muestra a Bielsa desde todos los ángulos posibles, que es lo mismo que decir que lo retrata desde el único flanco que realmente lo desvive: la locura por el fútbol. Desde anécdotas de la infancia hasta la actualidad, pasando por sus exitosas campañas en Newell’s y Vélez, sus maratones por la Argentina en busca de jugadores, su tensión permanente con los poderes que rigen el fútbol y su sinfonía agridulce al frente de la Selección argentina, el que aparece, siempre, es ese mismo «loco» Bielsa que tiene al respeto como mandamiento y el amor a la tarea como principio. Román Iucht La vida por el fútbol Marcelo Bielsa, el último romántico ePub r1.0 lenny 15.07.13 Título original: La vida por el fútbol. Marcelo Bielsa, el último romántico Román Iucht, 2010 Retoque de portada: lenny Editor digital: lenny ePub base r1.0 A Martina y Franco, la luz de mi vida. Ahora sólo me falta plantar el árbol. A Florencia, por su paciencia y su apoyo incondicional. A mi viejo Luis y a la memoria de mi vieja Elisa. A mi abuelo Mauricio, por transmitirme la pasión por el deporte. EL MEJOR BIELSA ESTÁ POR VENIR por EZEQUIEL FERNÁNDEZ MOORES Siempre me pareció una exageración que se bautizara a una calle, plaza o estadio con el nombre de una persona cuya obra está en pleno desarrollo. Podría, sí, comprender por qué Argentinos Juniors puso a su nuevo estadio el nombre de Diego Armando Maradona. Maradona, para bien o para mal, siempre fue un mundo aparte. Comprendí menos que la nueva dirigencia de Newell’s Old Boys bautizara al estadio del Parque Independencia con el nombre de Marcelo Bielsa. Recuerdo que el propio Bielsa, en su momento, consideró «injusta y desmedida» esa distinción. La aceptó, según dijo, porque «uno termina sometiéndose a las reglas del corazón». No fue falsa modestia ni demagogia. No es el estilo de Bielsa. Por supuesto que sé de la importancia de Bielsa para Newell’s. Y creo comprender también el significado de ponerle el nombre de Bielsa al estadio de un club que venía de sufrir el manejo despótico del ex presidente Eduardo López. Aún así, me parecía demasiado. Hasta que Román Iucht me pasó los primeros capítulos de su libro. El relato sobre los viajes de una punta a otra del país en un precario Fiat 147, o seiscientos kilómetros parado en un micro de línea, como le pasó alguna vez, buscando pibes para el club, reflejan apenas una parte de lo que Bielsa hizo por Newell’s. Esas páginas me ayudaron a comprender mejor la decisión del club y la aceptación de Bielsa. Román nos habla allí de una historia de amor. Y de lo que ese amor implica: vínculo, pasión y compromiso. El fútbol argentino debe agradecerle a Newell’s. Porque amando a Newell’s, Bielsa aprendió a amar al fútbol. Y así el fútbol argentino conoció a una persona que puso vínculo, pasión y compromiso en cada lugar que estuvo, no sólo en Newell’s. Román indaga sobre los orígenes. Sobre como empezó todo. Esa búsqueda se hace más profunda cuando llega a los inicios del Bielsa entrenador. Al que ya comenzaba a llenar la cancha de conitos en su primer trabajo como técnico de la Selección de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Tenía apenas 27 años. La crónica se preocupa en mostrarnos a un tipo coherente. En su palabra y en su obra. Que puso el mismo compromiso en su amado Newell’s, en las selecciones de Argentina y Chile… y también en la Selección de la UBA. De aquel inicio en la UBA Bielsa llegó a dirigir en mundiales por su capacidad. Porque le interesó el camino siempre más arduo del crecimiento. Jamás el atajo de la fama. El límite que le puso a las empresas de periodismo le generó enormes problemas. ¿Acaso no cuentan que hay un periodista famoso que lo amenazó apenas se enteró de que no tendría su palabra en exclusiva porque Bielsa sólo hablaría en conferencias de prensa? «Así como te puse también te puedo sacar», le dijo el periodista. Bielsa, por suerte, siguió su camino. Pero hoy el show ganó hace tiempo la batalla a la información. Bielsa, acaso a su pesar, se convirtió igualmente en «personaje». Y las reglas de juego ya se conocen: el «personaje» vale mientras gana. Si pierde, que se lo coman los leones. Sin el establishment de la prensa y sin prestarse nunca al negocio de la compra y venta de jugadores, Bielsa precisó como pocos del resultado para que no se lo coman los leones. Justo él, que siempre despreció a los que evalúan un proceso sólo por su resultado final, sin mirar el recorrido. La eliminación en primera rueda del Mundial 2002 fue uno de los peores resultados en la historia de la Selección argentina. Buena parte de la prensa sacó los cuchillos que tenía guardados. Me impresionó en ese momento la dignidad que tuvo su equipo ante la derrota. No hubo ratas huyendo del barco, como también nos cuenta Román en este libro. No hubo acusaciones de unos contra otros. Ni vendedoras «intimidades» o «confesiones» a través de las cuales la prensa pudiera esclarecernos. Titular «Por qué perdimos». Mostrar un culpable. Bielsa se confirmó allí como conductor de grupo. Lo hizo sin necesidad de promocionar «códigos de vestuario», consejos paternalistas, asados ni operaciones mediáticas. Ayudó a mostrar una infrecuente cara digna del fútbol. Y lo hizo en la derrota. Todos estamos siempre desnudos. Pero una derrota en primera rueda de Mundial, sabemos, nos deja completamente en pelotas. Pocos técnicos de fútbol o personas relevantes del deporte argentino habrán hablado como Bielsa de lo aleccionador de la derrota. Lo formativo del fracaso y lo deformante, por lo engañoso, del éxito. «Te adulan por haber ganado, no porque mereciste ganar.» Por momentos, me pareció que Bielsa, amigo de las exageraciones, se excedía en esa postura. Cuando todos en los momentos dulces de sus equipos sólo le regalan elogios, él comienza a advertir sobre la derrota. Nunca me gustó esa parte del himno que dice «o juremos con gloria morir». Lo entiendo, claro. Pero no me gusta. «Morir con las botas puestas» es una de las frases más usadas en el fútbol. También la entiendo, por supuesto. Pero tampoco me gusta. Lo digo porque, como muchos, advertí cierta tozudez en Bielsa en la inesperada eliminación del Mundial 2002. Los rivales parecían haberle tomado la mano a su Selección. Me pareció que él eligió «morir con las botas puestas». Algo similar vi en el último Mundial de Sudáfrica con Chile. Cuando salió a jugarle de igual a igual a Brasil en octavos de final. El Brasil especulador de Dunga ya había dado señales de lo bien que aprovechaba la audacia ofensiva del Chile de Bielsa. Le había ganado siempre, y en algunos casos con baile. Pero Bielsa, sin importarle siquiera que le faltaba su mejor defensa, salió otra vez a matar o morir. Entiendo que su seguridad pasa por tener un equipo siempre protagónico, en las circunstancias que fuere. Y que un esquema diferente tampoco era garantía de triunfo. Ningún esquema lo es. Pero, confieso, me hubiese gustado ver a un Chile que se hiciera valiente en la paciencia. No en el ida y vuelta. Román Iucht, un periodista que sigue eligiendo la información antes que el show, me contó su proyecto antes de que Bielsa se convirtiera en el entrenador más respetado por sus pares en Sudáfrica, tras clasificar a Chile a la segunda rueda del Mundial. Sé de sus viajes a Rosario, de sus numerosas entrevistas y de su búsqueda incansable. Forman parte de su profesionalismo. De su modo de entender al periodismo. Su libro es un homenaje al trabajo de Bielsa. A su decencia. A su compromiso con el fútbol. Todos lo conocemos como un DT que privilegia la obsesión y el cálculo. Que jamás quiere dejar de aprender. El hombre exigente en sus contratos. Y que luego trabaja con espíritu amateur. Amateur, «el que ama lo que hace». Estoy seguro que el mejor Bielsa está por venir. El que acaso deje de mirar algún día la computadora y confíe más en su sabiduría. En su experiencia. Acaso habrá otros que, llegado ese momento, querrán bautizar estadios para reconocer sus eventuales éxitos futuros. Será imposible. Newell’s, su querido Newell’s, ya les ganó de mano. Y allí, al hombre de «la Máscara de Hierro», se sabe, le ganaron «las reglas del corazón». LOS OJOS DEL LOCO por EDUARDO SACHERI Cuando Román me invitó a redactar un prólogo para su libro sobre Marcelo Bielsa me asaltaron sensaciones contradictorias: satisfacción, pudor, cierto nerviosismo. Pudor porque uno teme no estar a la altura del texto que le piden que introduzca, y nerviosismo porque tiendo a pensar que el lector debe estar ávido de llegar a la pulpa de esta obra y, por lo tanto, puede resultarle tedioso tener que atravesar esta suerte de cáscara. Pero la invitación de Román me generó, también, satisfacción. Y como me parece que, de las tres emociones suscitadas, ésta es la más valiosa, en ella voy a detenerme. Como escritor suelen asaltarme imágenes que me piden ser escritas. Los temas de mis textos aparecen así, como imágenes abruptas, repentinas, que requieren ser explicadas luego a lo largo de las páginas. Pues bien, ésta no es la excepción. Y la imagen que primero me viene a la cabeza es una de Bielsa. No demasiado antigua. Se remonta al Mundial de Sudáfrica. El equipo que dirige, Chile, está perdiendo con Brasil por octavos de final. No pierde uno a cero. Ni pierde dos a cero. Pierde tres a cero y falta apenas un rato para que el partido termine. Bielsa está en cuclillas muy cerca de la línea del lateral. Está en cuclillas y mira. La cámara —una de las numerosas cámaras— le hace un primerísimo plano. No ya de su cara, sino de sus ojos. Toda la pantalla son los ojos de Bielsa. ¿Qué están diciendo los ojos de Bielsa mientras mira ese partido definido? Dicen muchas cosas. Llevan adheridos un montón de sentimientos. Bielsa clava los ojos en ese partido con una concentración rotunda. Bielsa se enoja con cada error de los suyos, con cada desatención, con cada chambonada. Bielsa se entusiasma cuando los hombres de rojo hilvanan unos cuantos toques, cuando progresan hacia el arco de Brasil. Bielsa no habla. Bielsa no gesticula. Bielsa suelta rayos y centellas por los ojos. Lo veo hacer y pienso en un titiritero manco. Bielsa no puede, desde allí, dirigir los movimientos de los suyos. Sabe lo que sus dirigidos tienen que hacer. Pero no puede hacerlo por ellos. Tiene una recóndita belleza ese ceño fruncido, ese incendio de bronca, esa impotencia. Es la imagen de un hombre que está convencido de lo que piensa y de lo que siente. Y sigue convencido más allá de que, para otros hombres, las cosas ya den lo mismo. Porque Chile pierde tres a cero, y porque no hay fuerza de este mundo que pueda torcer ese destino. Pero Bielsa sigue jugando. Mientras haya partido, Bielsa lo juega. Porque para Bielsa —y eso se le nota en los ojos— importa mucho más el cómo que el cuánto. Ahí están sus ideas. Ahí están sus principios. En ese Chile que sale a hacer lo que Bielsa siente y piensa que hay que hacer. No importa si tiene razón o no en jugar así. Su razón pasa por otro lado. Bielsa tiene razón porque dice lo que piensa y hace lo que dice. Y esa coherencia (en mi pueblo también la llamamos honradez) lo hace digno. Digno de ganar y de perder. Pero siempre digno de jugar. Y me voy a otra imagen. Esta no es visual, sino auditiva. Es una imagen de radio. También tiene que ver con el Mundial de Sudáfrica. Argentina acaba de derrotar a México, también por octavos de final, por tres a uno. En el campo de juego, todo es algarabía. Aquí, en Ituzaingó, empiezan a sonar las bocinas. En lo personal suspiro aliviado por el pitazo final. Cruzo un par de comentarios con mi hijo. Estamos raros. Felices por el triunfo, pero raros. Tenemos la sensación de que hay algo que anda mal. Algo que está por detrás o por debajo de tanta algarabía. Una sombra. Una acechanza. Como siempre, estoy viéndolo en la tele pero escuchándolo por la radio. Y aparece la voz de Román Iucht para el comentario final del partido. A medida que lo escucho, voy poniéndole las palabras —las de Román— a las sensaciones —las mías—. Entiendo los motivos de mi desazón, las razones de mi inquietud. Lo que acaba de suceder encaja en mi ánimo. Calza con mi experiencia. No es un misterio, porque Román es uno de los tipos que mejor ve el fútbol. Y que mejor lo cuenta. Ni más ni menos. Una última idea, y ya los dejo en paz para que sigan libro adelante: más de una vez me pregunto qué es lo que lleva a ciertas personas a vincularse con otras. Supongo que afinidades, que es como llamamos a los hilos secretos que nos tejen a ciertos prójimos. No tengo certeza —no se lo he preguntado— acerca de qué lo llevó a Román a interesarse por escribir esta biografía de Marcelo Bielsa. Pero tengo mi hipótesis. En lo personal, no tengo una visión demasiado optimista del género humano. Tiendo a pensar que abundan más la mediocridad, la avaricia, la pereza, que la inteligencia, la honestidad, la convicción o la integridad. No es que crea que no existen las buenas personas. Simplemente pienso que son menos abundantes que las malas. Pues bien, a fuerza de ser pocos, tengo la impresión de que los buenos tienden a conectarse entre ellos. A establecer puentes, solidaridades, tácitas complicidades que les permiten auxiliarse en un mundo en el que los buenos llevan las de perder, y no las de ganar. Creo que es por eso que a Román se le ocurre escribir este libro. No abundan los inteligentes. Más aún escasean los buenos. Éste es un libro que reúne a dos que cumplen ambos requisitos. Releo la última frase, de la que estoy absolutamente convencido, y me doy cuenta de que mi temor inicial estaba más que justificado. En este libro, las únicas páginas prescindibles son este prólogo. Las demás, las que ha escrito Román Iucht contando la vida de Marcelo Bielsa, les aseguro que son absolutamente deseables y necesarias. CAPÍTULO I Rosario «Los momentos de mi vida en los que yo he crecido tienen que ver con los fracasos; los momentos de mi vida en los que yo he empeorado, tienen que ver con el éxito. El éxito es deformante, relaja, engaña, nos vuelve peores, nos ayuda a enamorarnos excesivamente de nosotros mismos; el fracaso es todo lo contrario, es formativo, nos vuelve sólidos, nos acerca a las convicciones, nos vuelve coherentes. Si bien competimos para ganar, y trabajo de lo que trabajo porque quiero ganar cuanto compito, si no distinguiera qué es lo realmente formativo y qué es secundario, me estaría equivocando.» EL DUEÑO DE LA PELOTA Para el chico era un córner decisivo. Acomodó el balón sobre ese empedrado abrasador que recordaba la altísima temperatura de la tarde de verano. Los gritos pidiendo la pelota en el lugar preciso de los que atacaban se fundían con los sonidos del arquero reclamando concentración en la marca. No parecía un partido de niños. Se jugaba con pasión y orgullo. Los transeúntes no alcanzaban a alterar el ritmo de esas inolvidables contiendas; en todo caso, se transformaban en observadores de lujo de aquellos grandes encuentros. La quietud de la tarde, con su siesta, sólo se veía vulnerada por el fútbol. Rosario siempre fue una ciudad importante, pero jamás logró abandonar algunas costumbres de pueblo. Cada tanto pasaba algún auto que se ganaba el odio de los jugadores, pero en el fondo era la excusa ideal para mojarse la cabeza y seguir. El ejecutante puso la pelota gastada justo sobre un adoquín elegido con precisión, para darle todavía más altura al envío. En la esquina de Mitre y Viamonte estaban depositadas las esperanzas de triunfo. Tomó carrera y en el camino analizó si mandar un tiro al montón o ubicar la pelota para el anticipo en el primer palo. La referencia de la lata que hacía las veces de poste lo ayudaba en el cálculo. No había tiempo. Todos esperaban ansiosos. De repente y como si un pasadizo secreto se hubiese abierto desde debajo de la tierra, el móvil del Comando Radioeléctrico apareció por la esquina sin ser invitado a la fiesta. La señal fue automática y la reacción, inmediata. Ninguna vecina quisquillosa generaba semejante estampida: con ellas siempre se podía negociar cuando la pelota se iba a un patio ajeno. Y si de última algún vidrio era víctima de un pelotazo, el carnicero Chanín, de la esquina de Mitre y La Paz, se hacía cargo de los reclamos y transformaba el mostrador en un improvisado libro de quejas. La reacción del pibe frente al patrullero fue insólita. Nadie lo podía creer. —¡Córrase que tengo que patear el córner! —¡Qué córrase ni qué córner! ¡Vamos! —¿Adónde vamos? —¡A la comisaría! Los muchachos del «cuartito azul» (Rosario dixit) lo subieron al celular y lo llevaron a la comisaría. Él estaba convencido de que sólo se trataría de un trámite, agarró la pelota y cumplió con el pedido. Asomó la cabeza por la ventanilla y con su flequillo morocho al viento anunció con firmeza a la barra: —Tranquilos, espérenme que enseguida vuelvo. Cuando la patrulla recortó su figura en la distancia, varios de los muchachos apuraron el paso para avisar de la mala nueva. El gordo José Falabella tomó coraje y tocó el timbre de la casa de Mitre 2320. Era la hora de la siesta, pero la urgencia obligaba al sacrilegio. «Don Bielsa, estábamos jugando el picado y cayó la patrulla… ¡Se lo llevaron a Marcelo!», dijo el gordo con voz de susto. El padre, protestando, puso rumbo a la seccional. Allí se encontró con un chico tranquilo, convencido de que la situación se resolvería en instantes. —Bueno Marcelo, listo, vamos para casa. —¿Y la pelota? —¿Qué pelota, hijo? —¡La pelota papá, la pelota con la que estábamos jugando! —¡No, no, el comisario dijo que basta, que se terminó la pelota! —¿Cómo que se terminó? Andá a decirle que te devuelva la pelota… —No, Marcelo. —Si no te devuelve la pelota yo no me voy de acá. Rafael sabía que si no accedía al pedido podían llegar a quedarse ahí eternamente. Acudió a la oficina del comisario y cumplió con el mandato de su hijo. Al minuto estaban atravesando la puerta del lugar y volviendo a casa. Los muchachos de la barra lo estaban esperando, y al verlo llegar con el balón, como quién carga con un bebé en custodia, supieron que estaba garantizada la continuidad del partido. El chiquilín de no más de doce años había cumplido su promesa. Ambos estaban de vuelta. Él y la «Pulpo» naranja y amarilla. Marcelo Bielsa ya mostraba su esencia: convicciones firmes, sentido de la justicia, alta personalidad… Y por sobre todas las cosas, un desvelo: que sus equipos tuvieran la pelota. LOS SÁBADOS DEL ESTRELLA AZUL Para Marcelo Bielsa jugar al fútbol no era lo más importante; era lo único. Hiciera frío o hiciera calor, iba tachando las horas que faltaban para salir del colegio, el Nacional Normal N°3, ubicado en la calle Entre Ríos. El objetivo: volver a su casa y organizar los partidos de cada tarde. Era un tipo querible, naturalmente simpático, espontáneo y absolutamente imprevisible. Cualquier excusa era buena para pensar en pegarle un rato a la pelota. Los pibes de la cuadra lo querían por su nobleza y su personalidad sin dobleces. Jugaba cada partido como si se tratara de una final, con tremendo orgullo. Competitivo y hasta calentón, se enojaba tanto cuando detectaba que algún rival era capaz de hacer trampa como en los casos en los que su equipo no mostraba buen nivel. Pasaba varias horas por día fuera de casa, ya que no se respiraba en el hogar un sentimiento profundo por el deporte. La calle era su hábitat, al menos hasta que empezaba a caer la noche y llegaba el llamado de su padre para presentarse a la cena. El fútbol era su religión y la misa, claro, tenía lugar todos los f...
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