ANÓNIMO de Esther Díaz Llanillo

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ANÓNIMO de Esther Díaz Llanillo Aquella mañana se levantó temprano y, sin calzarse, casi dormido, avanzó hacia la cocina hambriento. Era la suya una habitación peculiar: vivía en una buhardilla, al final de una larga escalera que trepaba por la parte posterior de la casa, como una culebra; los peldaños eran tan estrechos que uno temía haber sobrepasado las proporciones normales de un ser humano, pues podía resbalar y caerse con suma facilidad, por otra parte, la escalera vibraba sospechosamente a cada paso y esto, unido a la insegura barandilla de hierro, hacía pensar que la vida del que se atrevía a utilizarla se hallaba en constante peligro. Como el cartero no compartía esos arrestos, ni por vocación de su oficio, solía dejarle la correspondencia junto al primer apartamento de la planta baja del edificio, en una cajita de madera incrustada en la pared. Le gustaba vivir allí, donde nadie lo molestaba, ni ruidos ni personas. No me atravería a asegurar que aquello pudiera considerarse un hogar en el sentido exacto de la palabra: un cuadrilátero aprisionado entre cuatro paredes; dentro de él, a la izquierda de la puerta, otro cuadrilátero más pequeño hacía de baño en condiciones tan reducidas que nos asombraba que cupiera en él un ser humano. Al final de un rectángulo, con pretensiones de corredor, estaba la sala-cuarto-cocina. De primera intención lo que se percibía era una hornilla eléctrica sobre una mesa donde se amontonaban platos, cubiertos, un vaso, una taza con lápices, un portarretrato con el asombroso perfil de Michèle Morgan y una fina capa de polvo de varios días. La cama era a la vez sofá. En las paredes de madera había fotografías de otras actrices, un cartel de propaganda y programas de teatro. Cuando me dieron aquella noticia de él, traté de reconstruir los hechos colocándome en su lugar; me basé en lo que pude adivinar en él en tan poco tiempo, pues trabajamos juntos en la misma oficina durante cuatro meses, ambos como mecanógrafos, y no creo que este trabajo nos diera grandes oportunidades de conocernos. Sin embargo, creo poder reconstruir lo que pasó en aquellos días. .. Esa mañana se levantó temprano, según dije. Al encender la hornilla para calentar el café, le asombró descubrir un pequeño sobre blanco debajo de la puerta. Le extrañó que alguien se hubiera tomado el trabajo de subirlo hasta allí. Cogió el sobre y leyó: "Sr. Juan Ugarte Ruedas", escrito a mano, con una letra temblorosa e irregular. Inmediatamente rompió uno de los extremos y extrajo la carta, que decía con la misma letra del sobre: "Nombre: Juan Ugarte Ruedas. Edad: 34 años. Señas: Una pequeña marca tras la oreja derecha producto de una caída cuando niño. Gustos: Prefiere leer al acostarse; suele tardar en dormirse imaginando todas las peripecias de un viaje a Francia que en realidad no puede costear. Detalle: Ayer, alrededor de las once p.m., se cortó levemente el índice de la mano derecha tratando de abrir una
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This note was uploaded on 09/18/2011 for the course HISP 2049 taught by Professor Lucia during the Fall '11 term at McGill.

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