Vargas Llosa, Mario - El hablador

Vargas Llosa, Mario - El hablador - 2 EL HABLADOR MARIO...

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2 2 EL HABLADOR MARIO VARGAS LLOSA A Luis Llosa Ureta, en su silencio, y a los kenkitsatatsirira machiguengas. I VINE a Firenze para olvidarme por un tiempo del Perú y de los peruanos y he aquí que el mal- hadado país me salió al encuentro esta mañana de la manera más inesperada. Había visitado la recons- truida casa de Dante, la iglesita de San Martino del Vescovo y la callejuela donde la leyenda dice que aquél vio por primera vez a Beatrice, cuando, en el pasaje de Santa Margherita, una vitrina me paró en seco: arcos, flechas, un remo labrado, un cántaro con dibujos geométricos y un maniquí embutido en una cushma de algodón silvestre. Pero fueron tres o cuatro fotografías las que me devolvieron, de gol- pe, el sabor de la selva peruana. Los anchos ríos, los corpulentos árboles, las frágiles canoas, las ende- bles cabañas sobre pilotes y los almácigos de hombres y mujeres, semidesnudos y pintarrajeados, con- templándome fijamente desde sus cartulinas brillantes. Naturalmente, entré. Con un extraño cosquilleo y el presentimiento de estar haciendo una estu- pidez, arriesgándome por una curiosidad trivial a frustrar de algún modo el proyecto tan bien planeado y ejecutado hasta ahora –leer a Dante y Machiavelli y ver pintura renacentista durante un par de me- ses, en irreductible soledad–, a provocar una de esas discretas hecatombes que, de tanto en tanto, po- nen mi vida de cabeza. Pero, naturalmente, entré. La galería era minúscula. Un solo cuarto de techo bajo en el que, para poder exhibir todas las fo- tografías, habían añadido dos paneles, atiborrados también de imágenes por ambos lados. Una mucha- cha flaca, de anteojos, sentada detrás de una mesita, me miró. ¿Se podía visitar la exposición «I nativi della foresta amazónica»? –Ceno. Avanti, avanti. No había objetos en el interior de la galería, sólo fotos, lo menos una cincuentena, la mayoría bastante grandes. Carecían de leyendas, pero alguien, acaso el mismo Gabriele Malfatti, había escrito un par de cuartillas indicando que las fotografías fueron tomadas en el curso de un viaje de dos sema- nas por la región amazónica de los departamentos del Cusco y de Madre de Dios, en el Oriente perua- no. El artista se había propuesto describir, «sin demagogia ni esteticismo», la existencia cotidiana de una tribu que, hasta hacía pocos años, vivía casi sin contacto con la civilización, diseminada en unida- des de una o dos familias. Sólo en nuestros días comenzaba a agruparse en esos lugares documentados por la muestra, pero muchos permanecían aún en los bosques. El nombre de la tribu estaba castellani- zado sin errores: los machiguengas. Las fotos materializaban bastante bien el propósito de Malfatti. Allí estaban los machiguengas lanzando el arpón desde la orilla del río, o, semiocultos en la maleza, preparando el arco en pos del ronsoco o la huangana; allí estaban, recolectando yucas en los diminutos sembríos desparramados en torno a sus flamantes aldeas –acaso las primeras de su larga historia–, rozando el monte a machetazos
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