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Unformatted text preview: ALFONSO TORRES CARRILLO Profesor Titular Universidad Pedagógica Nacional EL RETORNO A LA COMUNIDAD Problemas, debates y desafíos de vivir juntos 1 ISBN: Primera edición: 2013 © Autor: Alfonso Torres Carrillo Editores: CINDE EL BÚHO Diagramación e impresión: ARFO Editores e Impresores Ltda. Carrera 15 No. 54-32 Tels.: 2494753 - 2177415 [email protected] Bogotá, D. C. 2 Índice Pág. Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5 1. La comunidad como campo problemático . . . . . . . . . . . . . . . 1.1. La Torre de Babel comunitaria. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 1.2. Comunidad como resistencia y utopía . . . . . . . . . . . . . . 1.3. La comunidad como problema recurrente en el pensamiento social. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 1.4. El síntoma comunitario y su diagnóstico . . . . . . . . . . . . 1.5. Las coordenadas del debate actual . . . . . . . . . . . . . . . . 1.6. Cuestiones abiertas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11 11 13 15 18 23 25 2. La comunidad en la tradición sociológica moderna. . . . . . . . 2.1. Breve referencia al contexto de la emergencia de la idea de comunidad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 2.2. Los conceptos de sociedad y comunidad en Tönnies. 2.3. La comunidad en las obras de Weber, Durkheim y Simmel . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 2.4. La comunidad en la escuela de Chicago . . . . . . . . . . . . 27 27 31 41 49 3. La crítica comunitarista al liberalismo y su concepto de comunidad. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3.1. El sujeto en el comunitarismo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53 58 4. La comunidad en sospecha: Touraine y Bauman . . . . . . . . . . 4.1. Alain Touraine y su crítica a los comunitarismos. . . . . . . 4.2. Zigmunt Bauman y la comunidad sólida . . . . . . . . . . . . 5. La comunidad en la modernidad reflexiva y en la postmodernidad. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5.1. Scott Lash y las comunidades reflexivas. . . . . . . . . . . . . 5.2. Las comunidades emocionales de Maffesoli. . . . . . . . . . 69 70 78 101 101 111 3 6. La “extraña” comunidad de la actual filosofía moral y política. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 6.1. Nancy y la comunidad desobrada. . . . . . . . . . . . . . . . . 6.2. Roberto Espósito y la communitas . . . . . . . . . . . . . . . . . 7. La comunidad como modo de vida y movimiento en América Latina. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7.1. Las comunidades indígenas: entre resistencia y rebelión y alter-nativa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7.2. La comunidad en el movimiento zapatista mexicano. . .. 7.3. La presencia y la emergencia de comunidad en territorios urbanos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7.4. Las comunidades urbanas instituyentes. . . . . . . . . . . . . . 125 126 138 147 148 156 164 166 8. La comunalidad de los intelectuales indígenas . . . . . . . . . . . . 8.1. El “sistema comunal” de Félix Patzi Paco. . . . . . . . . . . . 8.2. La comunalidad para los intelectuales indígenas de Oaxaca . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 173 173 9. Pensar hoy la comunidad desde su potencial instituyente. . . . 9.1. La comunidad como interpelación y alternativa al capitalismo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9.2. La comunidad como vínculo y sentido inmanente . . . . . 9.3. Comunidad como potencia instituyente . . . . . . . . . . . . . 9.4. La comunidad como política. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9.5. El sujeto de la comunidad. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9.6. Lo comunitario como opción política y ética emancipadora. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 195 199 203 206 210 213 218 Bibliografía consultada y citada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 225 4 178 Introducción Este libro es el resultado de una investigación realizada en el contexto del año sabático otorgado por la Universidad Pedagógica Nacional que tuve entre los años 2011 y 2012, mediante Resolución # 014 de 2011. Su publicación fue posible gracias al generoso apoyo de la Fundación Centro Internacional de Educación y Desarrollo Humano, CINDE, y a la acogida de la Editorial El Búho. La problemática abordada responde a una inquietud intelectual y política sobre la que he venido indagando desde cuando me vinculé como docente investigador de la maestría en Educación Comunitaria de la UPN, hace ya dos décadas. ¿Tiene algún sentido la comunidad en la época actual, cuando la mundialización del capitalismo y sus secuelas desarticuladoras de los vínculos sociales han invadido todas las dimensiones de la vida social? ¿Puede ser la comunidad portadora de sentidos políticos y éticos emancipadores, cuando la expresión ha sido utilizada por las más diversas políticas hegemónicas? ¿Se justifica una “educación comunitaria”, que aporte algo nuevo a la ya existente educación popular? Estos eran algunos de los interrogantes que me planteaba en ese entonces al entrar a participar en un programa de maestría en educación, que se adjetivaba “comunitario”, pero que no había problematizado su potencial sentido. Lo mismo sucedía con otras prácticas e instituciones sociales con denominaciones similares como desarrollo comunitario, organización comunitaria y participación comunitaria. En éstas, lo “comunitario” se había también naturalizado, bajo el supuesto de que su calificativo respondía a que actuaban con “comunidades”, o se llevaban a cabo en contextos no institucionalizados; por ejemplo, es comunitaria la educación que se realiza en contextos no escolares. 5 Esta ausencia de reflexión o naturalización frente a “lo comunitario” me inquietaba, más aún cuando para ese entonces y desde la década de los sesenta, muchos de los programas y de las políticas estatales orientados hacia las clases subalternas asumían esa denominación. Así, lo comunitario aparecía como lo funcional e integrador al orden establecido, e incluso, como contención a las ideologías y propuestas de transformación radical de la sociedad, consideradas por el establecimiento como “subversivas”1. Y eso que no se había llegado al extremo de nombrar como “Estado comunitario” a todo un plan de desarrollo nacional, como pasó una década después, por parte de un mandatario colombiano de extrema derecha y neoliberal. En mi condición de novel integrante del equipo docente que provenía de la educación popular, una corriente pedagógica crítica, más allá de inquietarme intelectualmente, me parecía grave políticamente. Socializada la preocupación, creamos un seminario interno para abordar el problema de lo comunitario y avanzar en la definición del campo de la educación comunitaria. Con un apoyo de la OEA y el ICETEX organizamos el curso internacional “Educación comunitaria en América Latina”, en el que participó Hugo Lovisolo del Instituto Getulio Vargas de Brasil, quien nos compartió el libro Os filosofos sociais (Nisbet, 1990). Su lectura me permitió reconocer la densidad del debate sobre la comunidad que se había iniciado desde la Grecia clásica, retomado en las edades media y moderna, e incorporado como contenido de la naciente sociología a fines del siglo XIX. En ese contexto, me propuse hacer una revisión bibliográfica que identificara los sentidos y usos de la “comunidad” y lo “comunitario” dentro del campo de las ciencias sociales y el pensamiento político. Para mi sorpresa, desde la década del 80 se había reactivado en Europa continental y los países anglosajones el interés por el tema, preocupación que hacía sus primeros ecos en algunos intelectuales de América Latina. Como resultado de ese balance, escribí el artículo “Modernidad y nuevos sentidos de lo comunitario” (Torres, 1 Ya en 1972, Orlando Fals Borda había hecho una crítica a este tipo de políticas y programas en su libro El reformismo por dentro en América Latina. 6 1997), que amplié un lustro después al incorporar aportes provenientes de nuevas lecturas y mis estudios sobre luchas populares y constitución de sujetos y subjetividades sociales (Torres, 2002). Esta inquietud intelectual en torno a las preguntas por lo comunitario se mantuvo en mi trasegar intelectual y mi quehacer investigativo en el mundo académico y fuera de él, en el acompañamiento a experiencias organizativas y educativas populares, algunas de las cuales reivindican un sentido afirmativo de lo comunitario. Ello me ha llevado, desde ese entonces, a estar “a la caza” de la literatura reciente referida a lo comunitario, ya sea como referente de diversas problemáticas y prácticas sociales, o como campo de debate intelectual y político. Al iniciar el proyecto de investigación cuyos resultados presento en este libro, poseía una “biblioteca” especializada en el tema de comunidad de casi un centenar de libros; cantidad que se duplicó a lo largo del estudio, dado el crecimiento exponencial de publicaciones al respecto. Ello me permitió confirmar que “el tema-problema de la “comunidad” sigue siendo un leitmotiv para legiones de cultores de las ciencias sociales y humanas, radicales pensadores impolíticos, pretendidamente asépticos consultores de los poderes públicos o modestos profesores universitarios… así lo atestiguan innumerables publicaciones, seminarios, proyectos, programas de política pública, ONG y dependencias estatales, que cargan en sus títulos y nombres el sustantivo de “comunidad” o el adjetivo de “lo comunitario” (De Marinis, 2010: 349). En este maremágnum de publicaciones que se ocupan de la comunidad o lo comunitario en las últimas tres décadas, identifiqué tres campos de conocimiento de mayor producción: el de los estudios sociológicos, el de la filosofía política y moral, y el de las investigaciones y reflexiones sobre y desde problemáticas propias de América Latina. La sociología –luego de cierto abandono del tema en las décadas siguientes a la segunda postguerra– retoma la preocupación por la comunidad desde, por lo menos, tres preocupaciones diferentes. Algunos como De Ipola (1998), de Marinis (2005 y 2010) y Ro7 jas (2010), se plantean la pregunta por la naturaleza del vínculo social en la sociedad actual, retomando aportes de autores clásicos como Tönnies y Durkheim. Otros pensadores sociales, como Sennet, Touraine y Bauman, abordan la proliferación de experiencias y discursos comunitaristas, interpretándolas como conductas de escape o salidas sectarias frente a los desajustes generados por la globalización. Finalmente, sociólogos como Maffesoli (1990) y Lash (2001) ven en estas nuevas formas de sociabilidad basadas en referentes emocionales y estéticos, una expresión del declive de la modernidad. Un segundo campo de estudios que ha retomado la comunidad como problema de reflexión y debate ha sido la filosofía contemporánea, en torno a por lo menos 3 líneas problemáticas; por un lado, el debate que se inicia desde la década de los 80 en el mundo anglosajón entre liberales y comunitaristas, frente a la defensa o cuestionamiento de la vigencia del proyecto liberal racionalista en las sociedades actuales, en las que coexisten diferentes mundos morales y proyectos de buen vivir (Colo 1995). Por otro lado, autores como Mouffe (1999), Barcelona (1992) y Marinas (1996) reivindican lo comunitario como base ética de una democracia pluralista, retomando aportes de pensadores como Benjamin y Arendt. Por otro lado, la pregunta por el ser y estar en común, propia de los seres humanos, ha posibilitado que autores como Blanchot (2002), Nancy (2001), Agamben (2006), Derrida (1994) y Espósito (2003 y 2009), se planteen en nuevos términos la pregunta por la comunidad, alejándose del supuesto de identificarla con la posesión o pertenencia de propiedades “comunes”. En este sentido exploran el potencial subversivo de la comunidad, vista como heterogeneidad, diferencia, pluralidad y deuda. Estos campos de debate en torno a la comunidad empiezan a cruzarse, en obras de balance o síntesis, como los libros de Nisbet (1990 y 1996), Honnet (1999), Fistetti (2004) y Marinas (2006). También han sido retomadas desde las preocupaciones localizadas desde América Latina en autores como Lechner (1993), Brunner (1995), Bengoa (1996), Torres (1997 Y 2002) y Villoro (2003). Estos autores analizan los alcances y límites de estas reflexiones he8 chas en el Norte, para reconocer las presencias y posibilidades de lo comunitario en el contexto de las problemáticas y emergencias sociales y políticas del Sur. También América Latina es escenario de una renovada preocupación sobre la comunidad, expresada en las investigaciones y reflexiones sobre movimientos y luchas sociales y políticas en algunos países de la región como el neo-zapatismo en México, los movimientos indígenas y campesinos de los países andinos y la emergente acción colectiva en algunas ciudades. Tanto los estudios como las reflexiones generadas al interior de los movimientos, ponen en evidencia su base comunitaria y la persistencia de tradiciones, valores y horizontes comunitarios. Desde este primer reconocimiento del panorama inicial de la riqueza del debate actual sobre la comunidad, los dos objetivos que orientaron este estudio fueron: en primer lugar, caracterizar las discusiones acerca de lo comunitario como categoría descriptiva y analítica para abordar y encauzar ciertos modos de estar y actuar juntos en las sociedades contemporáneas; para, en un segundo momento, aportar, desde una perspectiva latinoamericana, ideas sobre la potencialidad de la comunidad como categoría analítica y política para comprender y encauzar procesos y proyectos comunitarios en uno horizonte emancipatorio. Por ello, considero que este estado de la cuestión y esta apuesta de pensamiento sobre la comunidad, además de su evidente relevancia académica, resultan pertinentes dentro de prácticas políticas y sociales alternativas en Colombia y otras realidades del Sur, que incorporan lo comunitario como uno de sus referentes. Finalmente agradezco y dedico este libro a las diferentes personas y colectivos con quienes he venido compartiendo estas preocupaciones y reflexiones sobre el potencial emancipador de la comunidad y lo comunitario. Por un lado, a quienes se mueven en el mundo académico, como los docentes de la maestría y de la licenciatura en Educación Comunitaria de la UPN, y algunos colegas de escuelas y facultades de trabajo social de las Universidades del Valle, Nacional, de Antioquia, UNIMINUTO, Monserrate y Mayor 9 de Cundinamarca, quienes me han invitado a dialogar y escribir en sus revistas sobre el tema. Por el otro, a quienes se mueven más en el mundo de los compromisos y las luchas sociales, para que otros mundos sean posibles, en particular a mis amigas y amigos de la Coordinadora Distrital de Educación Popular, Pepaso, Corpohunza, Centro de Promoción y Cultura, Avesol, La Cometa, Ices, Coordinadora de organizaciones por los derechos de los niños y las niñas, Copevisa, Oldhu, Asamblea Sur - Agrópolis y Casa de Derechos de Engativá. 10 1. La Comunidad como campo problemático 1.1. La Torre de Babel comunitaria “Un nuevo fantasma recorre la modernidad líquida: la comunidad”. Pablo de Marinis (2010) Lo primero que salta a la vista es la vastedad de usos que asumen los términos “comunidad” y “comunitario”, tanto en el lenguaje común y cotidiano de diferentes sectores de la población, como en el lenguaje de las políticas institucionales (gubernamentales o no) orientadas a poblaciones pobres o en alguna condición de exclusión. En unas y otras narrativas, la comunidad es una de esas palabras que parecen naturales y transparentes y que, por tanto, no requieren mayor aclaración, así se refiera a esferas y escalas de realidad disímiles. En el primer ámbito, la palabra comunidad se usa como sustantivo en expresiones como “comunidad local”, “comunidad escolar”, “comunidad religiosa”, “comunidad LGBT”, “comunidad universitaria”, “comunidad científica”, “comunidad nacional”, “comunidad europea” y “comunidad global” y que pretenden representar realidades evidentes. En el segundo caso, se usa como adjetivo para calificar diferentes retóricas, políticas y acciones tales como: “desarrollo comunitario”, “participación comunitaria”, “promoción comunitaria”, “práctica comunitaria” o “educación comunitaria”; en este caso, adquiere su significado del estar destinado a grupos concretos de pobladores (representados como comunidades), objeto de sus “intervenciones”. 11 ¿Por qué tal abundancia y redundancia de comunidad? Dicho significante circula fácilmente en diferentes contextos y es usada para nombrar diferentes realidades de la vida social, porque remite a un significado positivo de “unión”, “comunión”, “solidaridad” y “vecindad”, etc., dicha palabra también transmite una sensación agradable, un sentimiento acogedor (Bauman, 2003a: 7). Puede haber personas malvadas o buenas, tener buenas o malas compañías o se puede tener una mala compañía, o vivir en una mala sociedad, pero la comunidad siempre es vista como buena, como cálida o acogedora; dentro de ella no hay extraños, todos somos conocidos, y podemos contar con una buena voluntad mutua. El sentido irreflexivo más corriente de la palabra “comunidad”, la identifica con formas unitarias y homogéneas de vida social en las que prevalecen rasgos, intereses y fines comunes. Por lo general se le asocia a un territorio pequeño (barrio, localidad) o una población homogénea (pobladores, beneficiarios de un programa, usuarios de un servicio), generalmente pobre o marginal, que comparte alguna propiedad (necesidades, intereses, ideales). Dicha imagen unitaria y esencialista de comunidad, invisibiliza las diferencias, tensiones y conflictos propios de todo colectivo o entidad social. Esta simplificación de significado también sirve para justificar la aplicación de políticas, programas y acciones de “intervención” sobre dichas “comunidades”, por parte de instituciones gubernamentales, eclesiales, políticas, universitarias, filantrópicas y las acciones de acompañamiento y organización impulsadas por activistas políticos y sociales. “Los agentes estatales consideran a la comunidad como un grupo constituido por los iguales, comunes y rústicos” (Velázquez, 1985: 11); representación que es compartida por algunas agencias internacionales de cooperación, organizaciones no gubernamentales, instituciones de caridad y colectivos “alternativos” que pretenden ayudar, promover o movilizar a tales comunidades. Por ello, la expresión “comunidad”, para muchos intelectuales contemporáneos, genera sospecha y escepticismo, al ver en ella, ya sea un lastre de las formaciones sociales precapitalistas, una operación instrumental del Estado, una imagen heredada de un cristianismo 12 ingenuo (Velásquez, 1985), un remanente engañoso del populismo romántico (Sennet, 2001 y 2002), una expresión de regímenes totalitarios o integristas (Touraine, 1997) o una ingenua iniciativa para huir de la sociedad (Bauman, 2003 y 2003a). Tales posiciones escépticas y críticas frente a la comunidad están atrapadas en la misma imagen unitaria y simplificadora de quienes la celebran, al identificarla con poblaciones que comparten “esquemas de vida o interacción social propios de aquellos grupos tradicionales en los cuales se considera que las relaciones entre sus miembros pueden desarrollarse con mayor intensidad y compromiso afectivo” (Jaramillo 1987: 53). 1.2. Comunidad como resistencia y utopa Paradójicamente, diversos grupos poblacionales (territoriales o no) también se autorreconocen como “comunidades” (ancestrales o emergentes) y nombran a sus prácticas de afirmación y proyección de sus valores culturales, formas sociales e ideales políticos como “comunitarios”, en la mayoría de los casos...
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