Antropologia las representaciones de sí mismo_Capítulo 1

El color rojo parece aquejado de una polisemia que

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Unformatted text preview: te agradable la supervivencia. Uno se reconoce en sus formas, y sabe quién es por ellas. Las aprende porque los demás le tratan, se amoldan y le configuran a uno según ellas. El sí mismo se manifiesta y se refleja en esas formas propias que se definen y asumen en los ritos, que son desde luego más de tres. El hombre sabe que tiene y que es su cara, su sexo y sus manos, y la mujer, también. El hombre se expresa y se refleja hacia los demás, en los demás, que son muchos. Los otros le devuelven una o muchas imágenes de sí mismo que pueden ser más o menos unitarias y congruentes, reales o ficticias, verdaderas o falsas, pero que tienen siempre, por definición, una cierta carga especulativa. El sí mismo puede no reconocerse en sus expresiones, perderse en ellas. Puede perder la diferencia con sus lados, creer que es uno de ellos, o ninguno, que no tiene lados, o incluso creer que es un espejo'". Los prehistoriadores aceptan que el homo sapiens usa herramientas y adornos desde el principio, relacionan esos adornos con diversas formas de expresión y de lenguaje, y piensan que además es mediante ellos como llega a constituirse propiamente en h umano'^ Por supuesto, frecuentemente discrepan sobre el significado.de las herramientas y los adornos, y tienen que ponerse de acuerdo acerca de quiénes son humanos y en qué consiste serlo. Por ejemplo, no hay acuerdo sobre si el ocre rojo era un símbolo de la vida y en qué grados. El ocre rojo se podía utilizar para pintarse al ir de caza; para teñir el suelo de la cueva como «espolvoreado ritual del espacio habitado»; para representar la «caverna madre», símbolo femenino recurrente; y para espolvorearlo sobre los muertos'^. El color rojo parece aquejado de una polisemia que plantea problemas hermenéuticos no resueltos, entre los cuales está el de si se puede llamar «adorno». Cfr. G . H . M ead, Espíritu, persona y sociedad, Barcelona, Paidós, 1 982. Para el m ismo tema desde diferentes perspectivas sociológicas, cfr. A. Pérez-Agote e I. Sánchez de k Yncera, Complejidad y teoría social, M adrid, G IS, 1 996; para las perspectivas psicológicas, cfr. J . G . S nodgrassy R. L .Thompson, The Self across Psychology. Self-recognition, Self awareness, and the Self Concept Annals of The New York Academy ofSciences, vol. 8 18, N ueva York, 1997. " Cfr. G . Clark, La prehistoria, M adrid, Alianza, 1 987, págs. 4 4-45 y 5 48-551. Cfr. A . L eroi-Gourham, Símbolos, artes y creeencias de la prehistoria, M adrid, Istmo, 1 984, págs. 6 19-621. 32 Jacinto Choza Para los primeros sapiens, el ocre rojo podría considerarse un adorno en un sentido análogo a como en la actualidad pueden considerarse «adornos» una parcela de cesped, una pista de baile, un título de licenciado en medicina y cirugía, un pasaporte en el que consta el nombre, la cara, el sexo y el estado civil, y una vivienda amueblada. D e todas formas, parece claro que el ocre rojo se colocaba donde previamente no lo había, y que con ese rito se expresaba o se significaba algo no solamente sobre el espacio, sino, más en concreto, sobre el lugar, las actividades y las cosas que pertenecían «naturalmente» a él. Mediante los ritos, el espacio y los lugares emergían del caos y se articulaban de un m odo comprensible o sea, transitable, conmensurable con los movimientos del propio cuerpo. Pintarse la cara y el cuerpo para salir de caza o ir a la guerra...
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