Antropologia las representaciones de sí mismo_Capítulo 1

Pero aunque esos dos trminos nos proporcionen a

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Unformatted text preview: risible». L a risa implica confianza en sí mismo y en la propia situación frente a peligros presagiados, y por eso es también una modalidad de la autoconciencia, del saber y del poder, como lo son el pudor y el aderezo del propio cuerpo. L a risa, el pudor y el atavío son manifestaciones de una conciencia que no aparece en Vild ni en la horda de homínidos, que se esboza débilmente en Victor y en los sapiens preparlantes, y que se encuentra de m odo pleno en Hellen Keller y en la tribu de los sapiens parlantes. L a conciencia es una actividad por la cual uno se refiere a algo (se da cuenta de algo) de lo que, a la vez, se distancia o se diferencia, y eso crea un espacio interior, una intimidad, que es tanto más amplia cuanto mayor es la diversidad de lo percibido y comprendido. Cuando lo que se comprende es un doble sentido que produce risa, la comprensión se refiere a las representaciones intelectuales y a su sentido, puesto que a la vez se comprende que, según una interpretación posible, lo que ocurre es que en un lado hay realidad temible, y en el otro lo que hay es pura irrealidad. La conciencia de la propia situación y del propio organismo es autoconciencia en una de sus formas elementales, es una manera de mirarse en un espejo y de crear un escenario para uno mismo; es un tipo de especulación, de reflexión. A partir del siglo x viii, la conciencia se relaciona casi inmediatamente con la subjetividad y la persona, de manera que tener conciencia y ser persona se consideran sinónimos en algunos contextos. Pero aunque esos dos términos nos proporcionen a nosotros ahora los analogados primeros de ambas realidades, el concepto de persona y de conciencia y las realidades designadas con esos nombres se han alterado históricamente, y el m odo de signarlas y designarlas también. Entre las formas embrionarias de la reflexión, mediante las que los hombres se reconocieron a sí mismos y entre ellos, está el mirarse unos a otros a la cara, al cuerpo, a las manos. Pero no se dieron cuenta de que tenían cara, nariz, pies y manos al mirarlos, sino al marcárselos. Los ritos de pintarse la cara unos a otros o a cada uno a sí mismo, hacerse marcas en ella con colores, heridas, perforaciones, incrustaciones, etc., son los actos de signarse, pre-signarse, tomar posesión, saber lo que es de uno, conocer y reconocer lo propio. Así hacen suyas sus caras, las elaboran y se las apropian, así hacen propia su voz los niños con el balbuceo y hacen propio su territorio los animales con sus 30 Jacinto Choza excrementos y secreciones. Es muy difícil, si no imposible, hacerse cargo de lo que uno no ha elaborado, de aquello en lo que no se ha dejado un rastro que lo confiera de nuevo a uno. C omo si las cosas sólo se hicieran «naturales» según una versión «familiar», como si conocer hiera reconocer una marca o una forma conferida con anterioridad^. La experiencia del balbuceo, del juego voz-sonido, garganta-oído, como la experiencia del eco, o como la de la territorialización animal, no es antes una experiencia de conocimiento y luego una experiencia de posesión, ni luego una experiencia de poder. La experiencia de poaer es en...
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