iOh secretos designios de la Buena Fe Mi noble corcel susurra al o\u00eddo del asno

Ioh secretos designios de la buena fe mi noble corcel

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ter hospitalario! iOh secretos designios de la Buena Fe! Mi noble corcel susurra al oído del asno y ambos 7 conciertan inmediatamente mi ruina. Temen sin duda por su ración al verme acercarme al pesebre; y, con las orejas gachas, se lanzan rabiosos contra mí a coces 8 despiadadas. Me echaron muy lejos de la cebada que la noche anterior habían servido mis propias manos a aquel queridísimo servidor. 27. Maltratado de este modo y condenado a la soledad, me había quedado arrinconado en un extremo de la cuadra. Yo reflexionaba allí sobre la impertinen- cia de mis colegas y preparaba la venganza que iba a tomar contra el pérfido caballo al día siguiente, cuan- do por obra y gracia de las rosas volviera yo a ser LIBRO 111 1 07 otra vez Lucio. En esto me fijo en el pilar central que 2 sostenía la techumbre de la cuadra; justamente a la mitad de su altura había una imagen de la diosa Epona9, colocada en un nicho cuidadosamente ador- nado con coronas de rosas recién cogidas. Al reconocer 3 en ellas la receta saludable, me dejé llevar en alas de la esperanza; extendiendo mis patas delanteras en busca de un punto de apoyo, me estiro vigorosamente, alargo el cuello y les labios todo lo que dan de sí y hago un supremo esfuerzo por alcanzar las coronas. Pero es evidente que no cabe peor suerte que la mía: 4 inesperadamente me sorprendió en la tarea mi lacayo, que siempre había tenido a su cargo el cuidado del caballo; se levanta indignado y exclama: «¿Hasta 5 cuándo hemos de aguantar a ese burro maldito? Hace un momento se tiraba a la comida de nuestros anima- les y ahora hostiga hasta las imágenes de los dioses. Basta ya: voy a triturarlo, voy a molerle las patas a 6 ese sacrílego». Y al punto, buscando un arma, topa casualmente con un haz de leña que allí había, elige 7 una frondosa fusta, la mayor de todas, y se pone a sacudirme sin compasión; no hubiera parado si no hubiera oído golpes en la puerta con fuerte griterío y prolongado estrépito; había cundido la alarma entre el vecindario que gritaba: « ¡Ladrones! D. El lacayo huyó asustado. 28. Al instante se abre la puerta violentamente: una escuadra de ladrones invade todo el recinto; una sección armada rodea cada pabellón de la morada mientras otros, desplegados en guerrilla, hacen frente a la gente que de todas partes acude en socorro. 39 Epona o Hipona es la diosa de las caballerías o carre- teros; sus estatuas o imágenes solían figurar en las cuadras y se colocaban en humildes nichos dispuestos al efecto en las paredes o pilastras (cf. JUVENAL, VI11 157).
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108 EL ASNO DE ORO 2 Provistos todos ellos de espadas y antorchas, la noche se ilumina, el fuego y el hierro resplandecen como 3 el sol naciente. Había un almacén protegido por sóli- das paredes y gruesas cerraduras; ocupaba la parte central del edificio y en él se amontonaban los tesoros de Milón; abren una brecha sirviéndose de potentes 4 hachas. Después de forzar la entrada, se llevan todas las riquezas empaquetándolas y repartiéndoselas rápi- 5 damente entre todos. Pero el peso de la mercancía
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  • Fall '19
  • Vida, España, Imperio romano, Barroco, Autobiografía

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