Me quedé estupefacta no est� bien visto que un marido acompañe a su esposa por

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deseo, me prometió, sin más, acompañarme al día siguiente. Me quedé estupefacta; no está bien visto que un marido acompañe a su esposa por la calle. Ahora también estoy acostumbrada a eso. Al día siguiente, tal como se había convenido, fuimos a la visita. Mi marido mostróse muy amable conmigo, aunque más de una vez me confundió, dándome la preferencia al entrar en una u otra habitación. No estaba todavía al corriente de esta costumbre, y él tuvo que explicarla al regresar a casa. — Así se hace en Occidente — me dijo. — ¿Por qué? ¿Acaso se debe a que, como hemos oído decir, los hombres son allí inferiores a las mujeres? — No, ésa es otra tontería. Y me explicó. La preferencia dada a las mujeres provenía de una costumbre que perdíase en los tiempos antiguos... ¿Antiguos? La palabra me asombró. Yo no había oído nunca hablar de países con un lejano pasado. Únicamente nosotros, pueblo civilizado, habíamos tenido una Antigüedad. Pero he aquí que, según parece, los pueblos extranjeros tuvieron también un pasado y una cultura; eso significa que no eran del todo bárbaros. Además, mi marido me
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ha prometido leerme los libros donde se habla de ellos. ¡Cuan feliz fui aquella noche! Ser un poco más moderna: ¡qué gran cosa! En efecto, aquel día no tan sólo había llevado mis zapatos de cuero, sino que dejé de pintarme la cara y no me adorné los cabellos. Mi marido debió de advertir que me parecía mucho a la señora Liú. Desde el momento en que, por mi voluntad, operóse el cambio, me pareció renacer a una vida nueva, más completa. Cada noche, mi marido hablaba conmigo, y su conversación parecíame llena de encantos: él sobre todo. ¡Ah, si supieras las cosas curiosas de que me informaba a propósito de los países extranjeros y sus habitantes! ¡Y qué carcajadas motivaban mis atónitas exclamaciones! — ¡Qué ridículos son! ¡Qué gente tan estrafalaria! — No son mucho más estrafalarios — contestaba él, muy divertido — de lo que nosotros aparecemos a sus ojos. — ¿Cómo? ¿Nos consideran estrafalarios? — ¡Naturalmente! — decía mi marido riendo — ¡Si les oyeses hablar! A sus ojos, nuestras costumbres son ridículas, nuestro rostro también, y lo que comemos y todo lo que hacemos. No les cabe en la mente que podamos tener el aspecto que tenemos y nos comportemos como nos comportamos, siendo tan humanos como ellos. Aquello era demasiado fuerte. ¿Cómo podían considerar su modo de vestir, su aspecto y maneras tan humanas como las nuestras? — Pero nosotros — observé dignamente —, las cosas que siempre hemos hecho, nuestra urbanidad y el tipo físico, son cosas que datan de tiempos antiquísimos. 1 Exacto..., o por lo menos, tan antiguos como los suyos. — 2 Siempre he creído que los extranjeros venían aquí para adquirir un poco de civilización. Mi madre así me lo decía. —Y tu madre se equivocaba. Es todo lo contrario: han venido aquí creyendo poder civilizarnos. Es cierto que nosotros les podemos enseñar muchas cosas; pero ellos no están persuadi dos de eso, lo mismo que tú no te persuades de que debemos
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aprender mucho de ellos.
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  • Fall '19
  • Vida, Verdad, Niño, Varón, Parto, Miedo

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