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err a tuvi er on los trópicos como escenario. Esto nos obliga a explorar las otras dos alternativas. La más extraña de ellas es la que pr opone una alteración de la inclinación de la Ti er ra en el espacio. ¿A quién se le ocurriría sugerir que la T ierra cabecea tan profunda- m ent e que su eje de r ot ación puede pasar de una inclina- ci ón como la actual (24°) a ot ra próxima a los 60°? ¿Cuál sería la causa de este cambio, y mediante qué mecanismo adopta el planeta su postura actual? ¿ Hay alguna demos- tr ación de que tales cambios son po sibles? ¿Yde que han sucedido realm ent e? UN PO CO DE CIE NCIA TE ÓRICA En 1861, poco después de publicar Sob re el orig en de las especies, Charles Darwin escribió: « Hace tr einta años se decía siempre que los geólogos sólo deberían observar, y no te or izar; y recuerdo muy bien a al gu ien planteando como ideal que un geólogo, p or ejemplo, fuese a una gravera, contase los guijarros y anotase los colores. Cuán extraño me parece que alguien no se dé cuenta de que, para que sea de alguna utilidad, cualqui er observación de- be efectuarse a fav or o en contra de una opini ón pr evia». !JO
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LA U)AD ADULTA La metodología científica que Darwin estaba criticando se llama inducción, y defiende que las hip óte sis se de- ben proponer sólo al final del proceso científico. Por el contrario, el gran biólogo sabía que en el mundo real a los científicos se les ocurr en ideas que intentan com- probar construyendo aparatos y experimentando con ellos en un laboratorio (esto es lo usual ent re químicos y físicos), o bien llevando a cabo observaciones dirigidas (caso más frecuente entre los biólogos y geólogos). Es- ta metodología, llamada hipotético-deductiva, quedó perfectamente ilustrada con el caso de Alfred Wegener, al que le llamó la atención el encaje geométrico de Áfri- ca y Surarn érica, y se dedicó luego a buscar datos a favor de su teoría de la deriva continental. Recordemos, sin embargo, que en el simposio de Nueva York, Wegener había sido acusado de no actuar como un científico, si- no como un abogado, seleccionando tan sólo los argu- mentos favorables a su tesis e ignorando los adversos. ¿S e puede ser imparcial, cuando se busca confirmar una hipóte sis? La respuesta a esta pregunta es afirmativa; sin em- bargo, hay que añadir enseguida que la imparcialidad no es una plaza de fácil conquista. Los ejemplos son dema- siado abundantes: en la mayoría de las polémicas que se han descrito, hemos visto cómo cada científico se encas- tilla en sus ideas e int enta tener razón hasta el final, con frecuencia despreciando la opinión de sus contendien- tes. Esto conduce a veces a situaciones patéticas, que tie- nen mu y poco que ver con la ciencia, y mucho con la soberbia humana, que afecta en diversa medida a cientí- ficos y no científicos. Pero la cosa no es simple: ¿debió Wegener renunciar a sus ideas por absurdas, como le re- clamaba la mayoría de los geólogos de su época? Ho y 1] 1
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  • Fall '19
  • Vida, Luna, Sistema solar, Viento solar

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