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Los que acusaban a las narraciones de fernán y de

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una novela de clave. Los que acusaban a las narraciones de «Fernán» y de Trueba de falsas por su visión dulzona y sentimental de la vida, no siempre pudieron hacer los mismos reproches a Coloma, que escribe en unos años en los que el realismo se hermanaba ya con el naturalismo, con todas sus consecuencias 3 . Por eso, algún crítico tan severo como «Clarín» elogió alguna vez el ingenio narrativo del novelista jesuita. No obstante, frente a quienes creían que, tras la muerte de Alarcón podía considerarse sucesor suyo a Coloma, «Clarín» precisó lo mucho que iba «de una esperanza a un maestro» 4 . Con todo su intuitivismo romántico, Alarcón resulta un narrador más organizado y responsable que, el tantas veces difuso Coloma. En este parecen pervivir o prolongarse algunos de los descuidos o prejuicios de «Fernán». Así tanto en la autora de La Gaviota como en el de Pequeneces, no siempre resulta fácil deslindar novela, de novela corta, relación, cuento, etc.; aunque en líneas generales Coloma, como antes Cecilia Bóhl de Faber, parece preferir el término relación para las historias de corte realista y verídico, y cuento para los de carácter popular, tradicional y fantástico. Así, en el que llegó a ser su tomo I de sus Lecturas recreativas y en el Prólogo de los agrupados como Cuadros de costumbres populares, dice «este modesto tomito de Relaciones novelescas, ciertamente en su forma, pero basados todos en hechos históricos, que los hacen diferir esencialmente de la novela, cuyo argumento siempre parte 3 Ello no significa, ni mucho menos, que Coloma se pasase a un movimiento, el naturalismo, tan sospechoso ideológicamente, pero sí que, en ocasiones, no vacile en servirse de «su mismo grosero lenguaje» —en el prólogo de Pequeneces dice el autor que el actúa como un predicador que se dirige a los que van al templo, «hablándoles para que bien lo entiendan, su mismo grosero lenguaje»— o de elaborar descripciones caracterizadas por cierta tonalidad naturalista (muy relativo, por supuesto). Así, en la novela corta ¡Era un santo! se lee en el cap. I: «Hallábase el viejo a medio vestir, tendido boca arriba sobre las ropas de la cama, con el rostro lívido y amoratado a trechos, inclinado violentamente hacia el lado izquierdo; un ronquido angustioso salía de su boca abierta y torcida, y en uno de sus brazos desnudo hasta el codo, mostraba la señal de la lanceta. Veíanse en una jofaina, abandonada en el suelo, algunas gotas de sangre; más lejos, tres ladrillos calientes, botijos de agua hirviendo, sinapismos esparcidos, y entre brotes de cosméticos y coldeream, frascos de amoníaco abiertos sobre un lavabo en el que se veían aun las navajas de afeitar fuera del estuche, y la espuma fresca del jabón en el agua y la brocha» (Coloma, Obras completas ed. cit., pág. 349b). 4 «Clarín», Ensayos y revistas, Madrid, 1892, págs. 325 y ss.
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EL CUENTO ESPAÑOL: DEL ROMANTICISMO AL REALISMO 81 de la fantasía. Sólo una de estas Relaciones, El primer baile, es una narración fingida de mil episodios verdaderos» 5 .
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  • España, Edad Media, Relato, Siglo XIX, Romanticismo, Emilia Pardo Bazán

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