So 349 350 a un adorador de cibeles 519 a un molinero

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so (349-350), a un adorador de Cibeles (519), a un molinero (439) y a esclavos (199, 324). Destacan especialmente los epitafios fune- rarios ficticios de escritores del pasado, una práctica que se remon- ta a los primeros epigramatistas helenísticos40. Asi, se escriben epigramas funerarios para los líricos arcaicos -—Alemán (87), Hiponacte (447) y Safo (687, 691)—, para los autores dramáticos —Esquilo (88, 377), Eurípides (287), Aristófanes (376) y Menan- dro (379)— y para otros autores, como Sócrates (152), Diógenes (153) y los oradores Antípatro (124) y Etio (491). A veces el epigrama se centra no tanto en recordar al difunto, sino en recrear su muerte, como la de Hermocratea, dichosa madre de veintinueve hijos (142); la del bebé Hermonacte, que encontró la muerte por culpa de unas abejas (145); el suicidio de Aristides (143-144, 459) y la muerte del hijo de Aristipo, que fue alcanzado por un rayo tras escapar de un incendio (210). Y no sólo se esceni- fica el fallecimiento de hombres, sino también de animales, como el del perro Lampón (146), de unos ciervos (211), de un ave de co- rral (624), de un grajo (650), de una cigarra (651), de un delfín (451, 652), de un ratón (593) y de un cervatillo recién parido (692). 39 Cf el lamento por la muerte del novio, una variante inusual de este tó- pico, en epigr. 138 y 370. 40 Léase M. G a b a t h u l e r , Hellenistische Epigramme auf Dichter, Diss., Basilea, 1937.
26 ANTOLOGÍA PALATINA Son especialmente recurrentes los epigramas funerarios dedi- cados a náufragos41 y a naufragios en general (54, 132, 306, 385, 595), pues, sin duda, al igual que en la vida de todo griego, el mar es una constante en la epigramática griega. En ocasiones se ensalza su poder, dejándose llevar por la admiración (27), o se advierte de sus peligros (90, 92, 108, 355). Otras, se maldice y se lamenta la invención de la navegación y se censura a su inventor, un tema tradicional en la literatura grecolatina (53, 109, 134, 369 )42, o se compara con la vida de campo en beneficio de ésta última, aunque en ocasiones el gusto por el contraste hace que se elogie el mar frente a la tierra (353). Abundan también los epigramas descriptivos, en especial los que se centran en la écfrasis de pinturas y esculturas43, llamando la atención el gusto por la descripción de miniaturas y de objetos ex- traños con alguna peculiaridad que los pone en el punto de mira del epigramatista (10, 39,44, 261, 382, 589, 660). Además de la descripción de obras de arte, es recurrente el elogio de los artistas, ya sea pintores y escultores o poetas. Así, se rememora a los grandes pintores y escultores de épocas pasadas, insistiéndose una y otra vez en resaltar la verosimilitud y el rea- lismo de las obras de arte (160, 480, 492, 527). Lo mismo ocurre con los poetas, especialmente con el maestro de todos ellos, Ho- mero (58, 469, 625). Con él se compara a Safo en el epigrama 149, y el siguiente, el epigrama 150, se dedica al heredero de su alma, a 41 Cf epigrs. 72, 89-90, 133, 135-136, 193, 202-205, 209, 245-246, 275, 361, 363, 395, 438, 443, 445, 533, 555, 609, 642, 684-685, y léase G o n z á - l e z G o n z á l e z , «Epitafios de náufragos...», Mem. Hist. Ant. 13-14 (1992- 1993), 33-42; C a m p e t e l l a , « G li epigrammi per i morti...», Ann. Facolt.

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