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En su alma inconstante y en su falso corazón era

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En su «alma inconstante» y en su «falso corazón» era fácil reconocer la
doblez y la perfidia que parecen ser de algún modo inseparables de la naturaleza artística, lo mismo que en su amor por el encomio, ese deseo del reconocimiento inmediato que caracteriza a todos los actores. Willie Hughes, sin embargo, más afortunado a este respecto que otros, iba a conocer algo de la inmortalidad. Inseparablemente relacionado con las obras de Shakespeare, había de vivir en ellas: Tu nombre aquí vida inmortal tendrá, aunque yo para todos morir deba: la tierra me dará tumba común, mas tu tumba ha de ser de ojos humanos. Tu monumento será mi tierno verso, que ojos aún no creados leerán, y otras lenguas de tu ser repetirán cuando todos los vivos estén muertos. Había también alusiones interminables al poder que ejercía Willie Hughes sobre su auditorio —los «contempladores», como Shakespeare los llamaba—; pero quizá la descripción más perfecta de su admirable dominio del arte de la escena esté en La queja del amante, en que Shakespeare dice de él: La plenitud de la sutil materia recibe en él las formas más extrañas, de rubores ardientes, o de llanto, palidez de desmayo; y toma y deja, acertados los dos, para el engaño, rojo al habla soez, en llanto al duelo, lividez de desmayo a la tragedia. Así en la punta de su lengua altiva todo argumento e interrogante hondos, toda réplica pronta y razón fuerte, a su elección durmieron, despertaron, para que el triste ría y llore el riente. El dialecto tenía y varios modos de la pasión, en su arte a voluntad.
Una vez creí que realmente había encontrado a Willie Hughes en la literatura isabelina. En un relato sorprendentemente gráfico de los últimos días del gran conde de Essex, nos cuenta su capellán, Thomas Knell, que la noche que precedió a su muerte, el conde «llamó a William Hews, que era músico, para que tocara en el virginal y cantara. “Toca —dijo— mi canción, Will Hews, y yo la cantaré por lo bajo”. Así lo hizo, con el mayor gozo, no como el cisne que lanza un alarido y que, bajando la mirada, gime porque ha llegado su fin, sino que, como una dulce alondra, levantando las manos a su Dios y fijando en Él los ojos, remontó así el firmamento de cristal y alcanzó con su lengua no abatida lo más alto de los altos cielos». Seguramente, el muchacho que tocaba el virginal para el padre moribundo de la Stella de Sidney no era otro que el Will Hews a quien dedicó Shakespeare los Sonetos, y quien —nos dice— era en sí mismo dulce «música para el oído». Sin embargo, lord Essex murió en 1576, cuando Shakespeare no tenía más que doce años. Era imposible que su músico pudiera haber sido el míster W. H. de los Sonetos. ¿Tal vez el joven amigo de Shakespeare era hijo del que tocaba el virginal? Al menos algo era el haber descubierto que Will Hews era un nombre isabelino.

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