Seguridad detectó el retorno de aquel trasnochador

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seguridad— detectó el retorno de aquel trasnochador. Pero los sobresaltos —en elfondo soy un ingenuo— seguirían llegando…Y, feliz, me dispuse a descansar. Me planté ante la puerta de la habitación y,de pronto, medio mundo se vino abajo: había olvidado la llave en conserjería.—¡Ésta sí que es buena!…No supe si reír o llorar. El nuevo registro de las ropas fue tan inútil como elprimero. ¡Increíble! En segundos, la euforia se transformó en cólera. Los que meconocen saben que ya sólo me indigno conmigo mismo. Pues bien, ésa fue una
buena ocasión para ejercitar una de mis actividades predilectas: maldecir misombra y mi proverbial despiste.Pujé por hallar un remedio. Todo menos bajar y delatar mi presencia.También era posible que no ocurriera nada, pero ¿y si ocurría?El análisis de la situación ofreció dos únicas alternativas. Una: ingeniármelaspara forzar la puerta. Dos: acomodarse en el pasillo y resistir hasta el alba. Laúltima no fue de mi agrado. Así que, malhumorado, hice inventario de cuantollevaba encima. El recuento no me estimuló: la cartera, el pasaporte, tabaco, unencendedor, el « cuentapasos» , una batería de rotuladores —a los que soy tanaficionado— y el cuaderno « de campo» , con tres o cuatro hojas sueltas,repletas de nombres y direcciones y prendidas a la masa del bloc mediantesendos clips labiados de acero inoxidable.—¡Escaso arsenal! —me lamenté—. Si al menos el mechero hubiera sido degasolina…Como ya había « practicado» en otras locas peripecias, bastaba con inyectarel combustible en el ojo de la cerradura y prenderle fuego. En general,dependiendo, claro está, del tipo de engranaje, el pequeño incendio-explosiónterminaba por descomponer el mecanismo. Éste no era el caso. Sólo cabía unasolución: los « clips» . Desbaraté uno de ellos, y con el alambre resultante,confeccioné una ganzúa. Fue absurdo que mirase a uno y otro lado del solitariocorredor. ¿Quién podía estar observando a tan intempestiva hora?La rústica « llave» hurgó en los entresijos del pomo, a la búsqueda delpestillo. A la tercera o cuarta acometida, un musical clic vino a recompensarme,franqueando el paso.El Destino, aunque uno ya no sabe qué pensar, lo tenía todo calculado.Incluso, que yo no recogiera la llave de mi habitación, dando a entender quehabía pasado la noche fuera.Lo suponía. A primerísima hora de la mañana del viernes, cuando medisponía a salir, sonó el teléfono. Imaginé el origen de la llamada y, haciendocaso omiso, escapé de la habitación, abriendo así la operación planeada porMarcos.De momento creí oportuno seguir ocultando mi presencia en el hotel. Así que,con el fin de soslayar engorrosos encuentros, me dirigí directamente alaparcamiento subterráneo. Allí me aguardaba otra sorpresa. Conforme ganaba lasalida, uno de los vehículos —aparcado a escasa distancia de la barrera decontrol— reclamó mi interés. Al poco, alerta, fui a ocultarme al amparo de unade las columnas. No cabía duda. ¡Era el Mercedes 300-D! Escudriñé temeroso suinterior. Nadie lo ocupaba. Tampoco en los alrededores había rastro de losagentes. Era obvio que la ubicación del vehículo en el sótano —tan

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Term
Spring
Professor
N/A
Tags
Vida, Verdad, Espa a, Jes s de Nazaret, Belen

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