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El príncipe se irguió como una gran águila oscura

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"El príncipe se irguió como una gran águila oscura; su capa ondeó como en un vértigo de alas; y todos los hombres supieron que una ira más allá del lenguaje había hecho de él un hombre de acción. Ni siquiera se dirigió al mariscal; a través de él, con voz al- ta, habló al jefe de Estado Mayor, general von Zenner, un hom- bre opaco, de cuadrada cabeza, que había permanecido en segundo término, quieto como una piedra. "—¿Quién tiene el mejor caballo de su división? ¿Quién es el mejor jinete? "—Arnold von Schacht tiene un caballo que vencería a los de carrera —respondió en seguida el general—. Y es un admirable ji- nete. Es de los Húsares Blancos. "—Muy bien —dijo el príncipe, con la misma decisión en su voz—. Que inmediatamente salga en persecución del hombre con
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302 G. K. Chesterton esa orden absurda, y que lo detenga. Yo le daré una autorización que el eminente mariscal no discutirá. Traigan papel y tinta. "Sentóse, desplegando la capa; le trajeron lo pedido, escribió fir- memente y rubricó la orden que anulaba todas las otras y asegura- ba el indulto y la libertad de Petrovski, el polaco. "Después, en un silencio de muerte, que von Grock aguantó sin pestañear, como un ídolo bárbaro, el príncipe salió de la estancia, con su capa y su espada. Estaba tan disgustado, que nadie se atre- vió a recordarle la revista de las tropas. Arnold von Schacht, un muchacho ágil, de aire de niño, pero con más de una medalla en su blanco uniforme de húsar, juntó los talones, recibió la orden del príncipe y, afuera, saltó a caballo y se perdió por el alto camino, como, una exhalación .o como una flecha de plata. "Con lenta serenidad el viejo mariscal volvió a la tienda; con len- ta serenidad se quitó el casco y los anteojos y los puso en la mesa. Luego llamó a un asistente y le ordenó buscar al sargento Schwarz, de los Húsares Blancos. "Un minuto después se presentó ante el mariscal un hombre ca- davérico y alto, con una cicatriz en la mandíbula, muy moreno para alemán, como si el color de su tez hubiera sido oscurecido por años de humo, de batallas y de tormentas. Hizo la venia y se cua- dró mientras el mariscal alzaba lentamente los ojos. Y aunque era muy vasto el abismo entre el mariscal del imperio, con generales a sus órdenes, y aquel sufrido suboficial, lo cierto es que de todos los hombres que han hablado en este cuento, sólo estos dos se miraron y se comprendieron sin palabras. "—Sargento —dijo secamente el mariscal—, ya lo he visto dos veces. Una, creo, cuando ganó el primer premio del Ejército en el certamen de tiro. "El sargento hizo la venia, silencioso. "—La otra —continuó el mariscal— cuando lo acusaron de ma- tar de un tiro a esa vieja que se negó a informar sobre la embosca- da. El incidente dio mucho que hablar, aun en nuestros círculos.
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  • Fall '18
  • Vida, Verdad, Sentimiento, G. K. Chesterton, Adolfo Bioy Casares, Ficciones

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