Salaam tabiiba matilde la paz doctora matilde matilde

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“Salaam, tabiiba Matilde” (“La paz, doctora Matilde”). Matilde supo más tarde que el saludo de los judíos, shalom , también significaba paz. Con el paso de los días, se daba cuenta de que esas gentes, tan enemistadas, tenían más en común de lo que creían. De la antipatía de Mara también la compensaban sus compañeros en el hospital, los médicos y las enfermeras gazatíes, y los de los dispensarios que Manos Que Curan mantenía en los campos de refugiados de Al-Shatti y Khan Yunis. Sin embargo, le faltaba Juana y su espíritu optimista, y sus bromas, y sus palabrotas, y sus ocurrencias, como también sus juicios lapidarios; a veces creía que Juana era la voz de su conciencia. Se comunicaban a menudo, por teléfono, cuando la empresa israelí de comunicaciones se dignaba a prestar el servicio en la Franja, o por correo electrónico. La dueña del cibercafé le había tomado afecto y le mandaba aviso al Hospital Al-Shifa, que quedaba cerca, cuando Internet funcionaba. Del mismo modo, se comunicaba con Ezequiel y con sus tías, Sofía y Enriqueta. En cuanto a su padre, había recibido una carta tiempo atrás, fechada el 29 de septiembre, donde le aseguraba que estaba bien, que no se preocupase, que pronto volverían a verse; no le indicaba por qué había desaparecido ni dónde se encontraba. Cada tanto, Matilde la extraía de su billetera para observar la familiar caligrafía de Aldo y releer sus palabras. Solía demorarse en la fecha, 29 de septiembre, el día de los Arcángeles, el mismo en que N’Yanda le había asegurado que Jérôme se encontraba bien; ella no lo juzgaba una coincidencia. A poco de empezar, Matilde conoció varias palabras en árabe, una de ellas, nakba , que significa “catástrofe”, vocablo con que los palestinos se refieren a lo ocurrido en 1948, cuando la creación de Israel les cambió la vida. A pesar de que habían transcurrido cincuenta años desde la partición del viejo Mandato Británico de Palestina, aun los más jóvenes recordaban el evento y lo llamaban “catástrofe”. En honor a la verdad, no olvidaban porque la herida se mantenía abierta; nadie perdonaba, el rencor crecía, los israelíes ajustaban el torniquete sobre la Franja, los terroristas palestinos se inmolaban y las ilusiones nacidas junto con los Acuerdos de Oslo se desvanecían después de cinco de años de esperar por una mejora en sus vidas. Intissar Al-Atar, la enfermera palestina del Hospital Al-Shifa con quien más afinidad sentía, le manifestó en una ocasión: —Todos estaban exultantes con los Acuerdos de Oslo, pero El Silencioso ya nos advertía de que el tiempo terminaría por demostrar que eran un desastre. —¿El Silencioso? —preguntó Matilde, porque había creído entender mal en el inglés duro y cortado de Intissar.
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