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Se miraron honda y comprensivamente hasta que ella

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Se miraron honda y comprensivamente, hasta que ella bajó la vista en la que él creyó adivinar la satisfacción de su mejoría. Ella veía al joven un poco demacrado y pálido, más rucio que pálido, por la cama de tres días, y sin embargo le parecía bello. Estaba enamorada, sin duda. Junto a él perdía aquel dulce miedo instintivo para los hombres, que antes la mortificaba tanto. Jamás había dado a nadie un beso de amor, no sabía hacerlo, pero creía que podría en esos momentos. Tan femenina como era, y no siendo costumbre descubrirse a los hombres, no se atrevía a tomar iniciativa abierta. Esperaba sencillamente, porque había oído decir que es un gran don el saber esperar. Sin mirarlo, rompió a hablar con voz melodiosa, igual que una caricia, con aquella voz de contralto que tanto le agradaba a él. —La santa de mi devoción es muy milagrosa, nunca me niega nada. En estas noches le pedí que le sanara a usted, y me lo ha concedido. —Ignoraba que usted se interesara tanto por mi salud. No sabe cuánto es el bien que me hace, Evita. Se incorporó en el lecho y prosiguió, deseándola a su lado: —¿Es que acaso usted siente lo mismo que yo? —No me lo pregunte, Antuco. Antonio comprendió —no podía ser más claro—, y fue hacia la chica. La besó con ternura agradecida y con pasión creciente. Ella permanecía pasiva, pero estremeciéndose al contacto del hombre amado. Poco a poco fue devolviendo las caricias. Una tibieza arrobadora e incitante despedía su cuerpo, que Antonio descubría al contacto de carnes duras y elásticas, cual un andullo de caucho. Don Clemente tosió y llamó a su nieta, la que se despidió asus tada y salió presurosa, arreglándose el cabello desordenado, y sin tiéndose como ingrávida, aérea. Más atrás apareció, ante los ojos de don Clemente, Antonio, completamente restablecido y saludando. El viejo le contestó: —Me alegro de verlo ya fuera de peligro. —Gracias a usted, don Clemente. —No tanto. Ya hubiera querido ser como uno de esos curan deros experimentados que saben haber. Lo cogen al picado, le dan tres nalgadas y le dicen: «Andá a bañarte», y al momento lo dejan
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buenito y sano. —Parece imposible. —Es que ellos ya tienen la mano curada con toda contra. Y fí jese, al buen curandero nunca le pica víbora. Lo mismo que a la mujer preñada. CAPÍTULO XIII NO HAY COMO LOS TIEMPOS DE ANTES OIDO Y OJO DE LA SELVA Hubo una lluvia de oro sobre los guayacanes florecidos, que iba dorando las lomas montañosas. Cabezas de negros descomunales. Locos verdores del trópico mío en el sexo velludo del planeta. ¿A quién no le llega la emoción de su paisaje' Sacudiendo sus alas, cantó un coro de guacharacas madrugueras en la sombra. El viento jugaba con sus plumas, color de zanahoria y su cloqueo conocido a la distancia, tenía una interpretación: —Trabajáaaa-trabajáaaa, piden las hembras —Para quéee, para quéee, replican los machos.
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