Además si las fotografías están viejas veladas

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Además, si las fotografías están viejas, veladas, desteñidas, o si se trata de fotos de personas ya desaparecidas, la transformación de una miserable cartulina en un brillante retrato al óleo satisface todas las ambiciones. En Buenos Aires hay varios estudios dedicados a esa industria. Inclusive, en los mejores, le pueden hacer un retrato en el estilo de algún pintor famoso, el que más le guste. —¿Usted también puede? —Je, je. Claro que sí. Yo me especializo en la escuela inglesa. Tenía un cliente que era loco por 96El poeta francés, de origen polaco, Gillaume Apollinaire (1880-1918) renovó la poesía simbolista. En sus Calligrammesdio muestras de las dimensiones grafico-estéticas del poema.97El dibujante y grabador japonés Katsushika Hokusai (1769-1849), autor de estampas e ilustraciones de libros que, en su momento, asombraron al público europeo y americano.108
Rosaura a las diez Marco DeneviReynolds98. Me entregó quince fotografías de otros tantos familiares, para que yo se las convirtiese en quince retratos al estilo de Reynolds. Quedó muy satisfecho y me pagó bien. Pero no me dejó firmar con mi nombre, “Camille”, que es mi nombre artístico. Tuve que poner “Canegate”, porque quería hacer creer a sus amigos que los retratos los habían traído de Londres, donde, durante un viaje que había hecho a Inglaterra, se los había pintado cierto famoso retratista del Soho99. —¿Así que usted sabe imitar a cualquiera de ésos? —Imitar, je, je, imitar no es difícil. —Cómo no va a ser difícil. Y es capaz que si le pone al pie del cuadro la firma del otro, todo el mundo se engaña. —¿Sabe que, alguna vez, hubo quien me lo pidió? Quería que, en una imitación perfecta que hice de Bonington100, imitase también la firma. —¿Y usted no lo hizo? —Je, je. No. —Si el propio cliente se lo pedía… —No, no. —Total, me imagino que ese Bonington estará muerto. —Sí, pero lo mismo. —No había nada de malo. —Je, je, ¿le parece? —No sé, digo yo. ¿O no lo hizo por amor a la pintura? —¿Por amor? ¿Sentiría yo amor por la pintura, en aquel entonces? —Cómo, ¿lo duda? —Sí, porque ahora, de pronto, descubro que la aborrezco. —¿La aborrece? Y, sin embargo, se ha pasado la vida pintando. No, pintando, no. Peor aún: repintando lo que otro pintó. —Es que sólo ahora, le repito, descubro que la aborrezco. —¿Ahora? ¿Por qué ahora? Y en tantos años, ¿nunca se dio cuenta? —Ah, eran años en que yo aceptaba lo que me venía de la vida, de los demás, como algo irremediable, como algo irrevocable. Mi padre me puso a trabajar en su taller, y yo ya no pensé si me gustaba o no me gustaba. —Su padre, y permítame la pregunta, su padre sería un hombre severo, ¿eh? —Oh, sí. Severo y silencioso. Era capaz de pasar todo un día sin hablarme. Pero me manejaba con la mirada.

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