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Úrsula había resuelto que se llamara remedios al cabo

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determinación de que se llamara Renata, como su madre. Úrsula había resueltoque se llamara Remedios. Al cabo de una tensa controversia, en la que AurelianoSegundo actuó como mediador divertido, la bautizaron con el nombre de RenataRemedios, pero Fernanda la siguió llamando Renata a secas, mientras la familiade su marido y todo el pueblo siguieron llamándola Meme, diminutivo deRemedios.Al principio, Fernanda no hablaba de su familia, pero con el tiempo empezó aidealizar a su padre. Hablaba de él en la mesa como un ser excepcional quehabía renunciado a toda forma de vanidad, y se estaba convirtiendo en santo.Aureliano Segundo, asombrado de la intempestiva magnificación del suegro, noresistía a la tentación de hacer pequeñas burlas a espaldas de su esposa. El restode la familia siguió el ejemplo. La propia Úrsula, que era en extremo celosa dela armonía familiar y que sufría en secreto con las fricciones domésticas, sepermitió decir alguna vez que el pequeño tataranieto tenía asegurado su porvenirpontifical, porque era « nieto de santo e hijo de reina y de cuatrero» . A pesar deaquella sonriente conspiración, los niños se acostumbraron a pensar en el abuelocomo en un ser legendario, que les transcribía versos piadosos en las cartas y lesmandaba en cada Navidad un cajón de regalos que apenas si cabía por la puertade la calle. Eran, en realidad, los últimos desperdicios del patrimonio señorial.Con ellos se construyó en el dormitorio de los niños un altar con santos de tamañonatural, cuyos ojos de vidrio les imprimían una inquietante apariencia de vida ycuyas ropas de paño artísticamente bordadas eran mejores que las usadas jamáspor ningún habitante de Macondo. Poco a poco, el esplendor funerario de laantigua y helada mansión se fue trasladando a la luminosa casa de los Buendía.« Ya nos han mandado todo el cementerio familiar» , comentó AurelianoSegundo en cierta ocasión. « Sólo faltan los sauces y las losas sepulcrales» .Aunque en los cajones no llegó nunca nada que sirviera a los niños para jugar,éstos pasaban el año esperando a diciembre, porque al fin y al cabo losanticuados y siempre imprevisibles regalos constituían una novedad en la casa.En la décima Navidad, cuando ya el pequeño José Arcadio se preparaba paraviajar al seminario, llegó con más anticipación que en los años anteriores elenorme cajón del abuelo, muy bien clavado e impermeabilizado con brea, ydirigido con el habitual letrero de caracteres góticos a la muy distinguida señora
doña Fernanda del Carpio de Buendía. Mientras ella leía la carta en el dormitorio,los niños se apresuraron a abrir la caja. Ayudados como de costumbre porAureliano Segundo, rasparon los sellos de brea, desclavaron la tapa, sacaron elaserrín protector, y encontraron dentro un largo cofre de plomo cerrado conpernos de cobre. Aureliano Segundo quitó los ocho pernos, ante la impaciencia delos niños, y apenas tuvo tiempo de lanzar un grito y hacerlos a un lado, cuando

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Term
Summer
Professor
MZ
Tags
Chronicle of a Death Foretold, One Hundred Years of Solitude, Vida, Noche, Miedo, Cien a os de soledad, Magia

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