Asimismo un estudio publicado en Proceedings of the Royal Society B el pasado

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Asimismo, un estudio publicado en Proceedings of the Royal Society B el pasado marzo demuestra la existencia de monoga- mia en los miriquinás; se trata de la primera confirmación genética en un primate no humano. El ADN obtenido de va- rios grupos reveló que todas las hembras y todos los machos, menos uno, integrantes de 17 parejas eran los progenitores de 35 descendientes. «Llegan hasta el final y se comprometen en una relación monógama en términos genéticos», afirma uno de los autores del estudio, Eduardo Fernández-Duque, inves- tigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina y profesor en la Universidad Yale. Los lazos maritales de los miriquinás duran en promedio nueve años, y los monos que permanecen con la misma pareja tienen mayor éxito reproductivo, el objetivo último de todo sistema de apareamiento. ¿Qué tienen que decir los dos estudios estadísticos recientes acerca de la hipótesis del cuidado paterno? Ambos concluyen que, entre las tres hipótesis, esta predeciría peor el origen de la monogamia. No obstante, Lukas sostiene que el cuidado paterno podría explicar por qué una especie sigue siendo monógama. SE NECESITA UNA COMUNIDAD La monogamia de los progenitores no basta para criar un simio tan inteligente y social como el hombre, asegura la antropóloga Sarah Hrdy, de la Universidad de California en Davis. El bebé humano consume unos 13 millones de calorías en el largo pe- ríodo que separa el nacimiento de la madurez, una pesada carga para la madre, aun con la ayuda de la pareja. Esa alta demanda tal vez explique por qué en tantas socie- dades humanas las madres delegan una parte de los cuidados y de la alimentación de los hijos en «aloprogenitores» (como los parientes maternos o paternos u otros miembros del grupo). «Las madres humanas dejan que otros cuiden de sus bebés desde el mismo momento del nacimiento. Esto es algo asom- broso y nada propio de los simios superiores», aclara Hrdy. En ningún simio superior se observa un papel siquiera similar al de los aloprogenitores. Hrdy sostiene que la crianza cooperativa, un sistema social en el que los aloprogenitores participan en el cuidado de los retoños, apareció por primera vez hace casi dos millones de años en H. erectus . Este poseía un cuerpo y un cerebro mucho mayores que sus antecesores; un cálculo cifra que precisaba un 40 por ciento más de energía metabólica para mantener el cuerpo que los homininos anteriores. Si H. erectus inició la senda humana del lento crecimiento y la larga dependencia, los aloprogenitores tal vez se volvieron imprescindibles para satisfacer la demanda energética que suponía criar bebés con un cerebro voluminoso [ véase «La receta humana de la crianza», por Ana Mateos, en este mismo número ].
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