Sí que te eché de menos suspiró moses sobre los

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—¡Sí que te eché de menos! —suspiró Moses sobre los labios de Juana. —¡Gracias por invitarme! El vuelo estuvo magnífico. ¡Nunca imaginé que alguna vez en mi vida viajaría en primera clase! El comentario provocó una risotada a Shiloah, que la apretujó contra su cuerpo e inspiró su aroma. Se apartaron para mirarse. A Juana la admiraron sus ojos ambarinos, y la pasmó la belleza de sus pestañas tan vueltas y negras. Fijó la vista en su boca, brillante de saliva, y añoró volver a besarla. —Te deseo tanto —confesó él. Ese hombre era otro Shiloah, menos retozón, más sensual. Juana sonrió, dichosa, y se puso en puntas de pie para susurrarle: —¿Qué estamos esperando? Vamos a hacer el amor. De regreso del Aeropuerto Charles de Gaulle, Al-Saud se impuso olvidar la conversación telefónica con Ruud Kok. Desde un principio había sabido que, en la guerra por doblegar al gobierno de Israel, existirían daños colaterales. ¿Por qué lo asaltaban los remordimientos? Ésa era la
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naturaleza del negocio que tanto lo apasionaba; existían riesgos, víctimas, peligros. En ese contexto, una conciencia puntillosa no sólo resultaba incongruente sino imperdonable. Frenó en un semáforo y movió la cabeza para observar a Matilde, tan serena y plácida junto a él. Su pureza lo conmovió. Poseía la mirada franca y clara de quien tiene un corazón bondadoso. En ocasiones, cuando la descubría envuelta en ese halo de mansedumbre, se le daba por pensar que no la merecía, y una sensación angustiosa se apoderaba de su ánimo y se convertía en una presión en la parte alta del estómago. ¿Cómo reaccionaría cuando le confesara lo que era? Se había formulado muchas veces ese cuestionamiento, sin hallar una respuesta. En verdad, lo que tenía que hallar era valor para confesárselo. Extendió la mano y le sujetó el mentón para obligarla a mirarlo. “¿Por qué no me miras? ¿Qué hay fuera que tanto te atrae? ¿Por qué no soy yo el centro continuo de tu atención?” Sus celos, su sentido de la propiedad sobre ella y el amor obsesivo que le inspiraba no acababan de convencerlo; detestaba ese desasosiego permanente, la necesidad de ganarse su cariño. Se ponía feliz cuando ella lo besaba de modo espontáneo, o cuando le confesaba que ansiaba que le hiciera el amor. No obstante, esa felicidad terminaba por herir su vanidad, que, en opinión de Takumi sensei , era desmesurada, como se suponía que debía ser en un Caballo de Fuego. Y la hería porque se suponía que él no mendigaba la devoción de las mujeres; la padecía. ¡Estaba cansado del mismo discurso! Parecía disco rayado. Y un idiota por no resolver la situación. Embrasse-moi, Matilde —le pidió, y ella se quitó el cinturón de seguridad para complacerlo y besarlo.
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  • Fall '17
  • Juan Gomez

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    Jill Tulane University ‘16, Course Hero Intern