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Sin duda fue por política son unos imbéciles cuando

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Sin duda fue por política. Son unosimbéciles. Cuando se les sube el alcohola la cabeza no saben más que gritarabajos a los godos o a los cachiporros, yentonces vienen los puños, los tiros, losbotellazos…Un grupo se destacó por el caminoque conducía a las distantes veredas deTimbalí. Eran tres hombres y una mujer.
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Uno de ellos llevaba la cabeza rota, y lasangre le empapaba el rostro. Susmaldiciones y sus injurias vibraban en elaire como dardos sonoros. La mujertrataba de calmarlo. Lloraba. Conducíaa sus espaldas un chiquillo, y en la manoun costal medio lleno con verduras yfrutas. Pasaron junto a las chozas.Cándida saludó con la mano a uno de losdel grupo. Él le contestó en la mismaforma. Luego todos cuatro se perdierontras del arbolado marchito, opaco, queocultaba el camino.Iba cayendo ya la noche. Parecíacomo un enjambre de abejas negras quebajaran de las colinas extendiendo sus
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alas sobre el valle. De repente la luzsurgió en todas las calles, en losportones de las casas, en las ventanas.Se iluminaron las instalaciones de lamontaña en donde los obreros llenabanlas góndolas en la boca de las minas.Rudecindo contemplo, absorto, comoiban naciendo estrellas amarillas en lafalda de la cordillera.Y allí, en su rústico albergue, lasoledad, la sombra. Y el frío también.Porque de los cerros bajaba unvientecillo helado y cortante, como uncuchillo.En la charca vecina empezaron lasranas su canto monótono. Era un solo
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acorde, sostenido hasta el fastidio. Aveces las chicharras cantaban, ocultasentre las ramas secas y polvorientas delos árboles vecinos.—Ya es tarde —dijo Rudecindo.—¿Quieren irse a dormir? preguntó Cándida.—Todavía no, señora. Podemosestarnos aquí otro momentico…Neco empezó a toser. La madre sedespidió y les prometió fabricar al díasiguiente una buena cantidad deaguadepanela que alcanzara para todos.Se lo agradecieron. Dios no los dejabasolos. Pensó Rudecindo que la mujer
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que los amparaba era una prostituta.Pero las circunstancias… En fin, no sedetuvo a meditarlo.—Metámonos al rancho, mija. Haceun frío aterrador.Allí estaban protegidos parcialmentedel viento. Este se colaba por losintersticios de la puerta y por lasrendija; de las paredes desiguales.Pronto una claridad blanca fuedifundiéndose calladamente sobre elvalle, como un perfume. La luna llenaacababa de aparecer sobre la montaña,allá en donde quedaba la mina de LaPintada, de la que le hablara un
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compañero.Guardaron silencio. Sólo se oía elcroar de las ranas en el charco. Elviento silbaba monótono, lúgubre.Entonces se estremecía Mariena. Eracomo si oyera palabras imprecisas,como si la sombra tuviera pupilasmúltiples. Nuevamente la martirizaronlos deseos de llorar. Allí en laoscuridad nadie advertiría sus lágrimas.
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